‘No temáis, ya estáis en el infierno’.
La frase indica una de las claves del temor: la expectación, la
incertidumbre, tensa, de lo por venir, la duda sobre lo favorable o desfavorable
de lo que nos espera. Es como si los acontecimientos estuvieran fijados (idea
fatalista), se cree que las circunstancias no se "arman" construyéndose
por actos presentes, sino que "ya están determinadas", que son una
sucesión de hechos por los que (como un mapa) "debe pasar el hombre",
como si obstáculos y facilitaciones (premios y castigos) ya estuvieran diseñados
de antemano. Esto es un pensamiento religioso:
1) Algo o alguien planea las cosas.
2) Hay un orden
3) Hay una finalidad, un propósito
4) Esta "voluntad" es superior al individuo
5) En consecuencia, el individuo poco puede hacer para evitar lo por venir
(esto es raíz griega de la relación dioses-hombres).
"Ya estás en el infierno"
Significa que nada peor puede pasar.
Lo peor es presente, se lo vive.
Lo futuro no puede ser más dañoso que este presente vivido, por eso el
encabezado de la oración : no temáis.
El presente se sufre, el futuro se teme, el pasado se llora. Esta sería la
frase de un melancólico.
El temor hacia el futuro, en la virtualidad del pensamiento, es una de las
funciones esenciales del pensar. Planificar, inventar, crear circunstancias
posibles y ubicarlas temporalmente en un mañana. Jugar a armar con imágenes lo
que vendrá.
Pero la vivencia de realidad no engaña al individuo. Sabe lo "que
pasa" y lo diferencia de lo imaginario, lo no existente aún, de lo que de
cree "que pasará".
Este no estar seguro de lo que "realmente" nos espera, genera tensión,
displacer.
Esta tensión duele psíquica y corporalmente. El sufrir actualizado, estar
pasando el dolor, el ser consciente de cada segundo, el estar ocupado totalmente
en la conciencia por el estímulo doloroso, conlleva su gasto energético
centrado en lo perceptivo. El dolor tiene existencia, localización e
intensidad. Es y está ahí y de tal manera.
Y se lo valora por contraste, por el no dolor (por la experiencia del no
dolor). Así es que los que padecen dolor por largo tiempo (cancerosos)
"aprenden" a tolerar el dolor, a elevar su umbral de tolerancia. El
dolor existe, está ahí y se lo sufre ("ya está, esto es lo que
tengo").
Si a lo físico actual se le agrega la expectación de que lo que viene es
peor (más dolor), hay una doble acción: sufrimos por lo que tenemos y por lo
que vendrá. Es decir que al dolor le agregamos la angustia (la forma dolorosa
del temor).
Narran de un padre que no castigaba en el momento de la travesura al niño.
No estaba el acto inmediato de enterase de la transgresión y someter al dolor
al transgresor. Decía: "mañana temprano te castigaré" y lo
castigaba corporalmente, con rigor, a la mañana siguiente y esto el niño lo
sabía (por su experiencia). Pasaba toda la noche expectante, temeroso,
angustiado por el castigo que le esperaba. Por esto el castigo era doble, al
dolor intenso de los golpes, se le agregaba toda la angustia, el dolor psíquico,
de cómo viviría esos minutos de dolor físico ocho horas después, siete horas
después, seis horas después, dentro de una hora, el sentir el movimiento de la
mañana y saber que el castigo esa inminente, tal vez, y esto es peor, imagina
por momentos que el castigo no se producirá, que algo o alguien (tal vez la
madre) haría desistir al padre del castigo.
Este juego mental de la imaginación de "cómo" será el dolor, cómo
lo sufriré, esta virtualidad del dolor a futuro, genera el tipo de dolor
presente que llamamos angustia, temor. La angustia tiene su presente doloroso
porque "la sentimos" corporalmente, está aquí, ahora, haciéndonos
sufrir. Por eso el castigo es doble.
La advertencia "no temáis, ya estáis en el infierno" es un acto
de misericordia, es el informar, el hacer saber, el quitar la incertidumbre,
sobre lo que vendrá: no será peor. Es decir, elimina la angustia, se trata de
un solo dolor, el presente. La cuota de sufrimiento es sólo física.
En un sentido estricto, el dolor sí o sí es sólo físico, porque hay que
"sentirlo", percibirlo, darse cuenta de que se está sufriendo, tener
la percepción y la vía nerviosa involucrada que nos anoticia del sufrimiento.
La no conciencia del dolor (anestesia) no es dolor. El estímulo sin
conciencia, no es dolor.
La repetición del dolor o la angustia nos hace "aprender" a
sufrir. Hay un "ya sabemos" como es. Por eso los cancerosos toleran
dolores intensos y los depresivos angustias intensas.
La mente trabaja incluyendo esa cuota de dolor. Parte de ese umbral de
displacer. Y hace "lugar", da entrada a nuevas vivencias. Puede
"convivir" con el dolor.
Esto es más llevadero si "sabe", "intuye" que el dolor
que le espera mañana por su dolencia será como el de hoy y el de ayer. Y sabe
de su resistencia. Es decir, aprende la forma del dolor, su intensidad, duración
y su resistencia del mismo y lo incorpora a su vivir. No temen, tienen el
control.
Este aprendizaje del sufrir lo vemos también en el melancólico, en el fóbico,
que conviven con su quantum de angustia.
Lo que desequilibra esta ecuación es la incertidumbre, la imaginación y la
esperanza de que no ocurra.
Si indefectiblemente va a ocurrir, uno se resigna, se entrega a los hechos y
sólo se padece, deja la expectación, deja uno de los dolores.
El individuo siempre trata de controlar los variables que lo pueden llevar a
una situación dañosa. Procura conocer el entorno, sus reglas, y así saber
moverse para evitar lo dañoso.
Si él cree que consigue este control estará tranquilo (es decir, no
expectante). Si no la controla estará temeroso (lo que ocurrirá depende de
otros).
Se pueden aprender las "posibilidades" de lo dañoso a través de
los patrones que se repiten. Es decir, aprender que las posibilidades del dolor
existen, pero también las posibilidades de que lo dañoso no se produzca, es
decir, se puede tener esperanza (el esperar algo favorable, que es la
contrapartida de la angustia, esperar algo desfavorable)
Esperanza
Resultante
Angustia
Este doble juego entre la angustia y la esperanza (estas dos tensiones a
futuro) genera una resultante que se desprende de la intensidad de esas dos
fuerzas psíquicas que determinan el estado afectivo del individuo: temeroso,
ilusionado, resignado, derrumbado y su traducción expresiva: triste, miedoso,
alegre, indiferente, etc.
En la "Lista de Schlinder", película que hipotetizaba un campo de
concentración nazi, se daba la siguiente escena: el jefe del campo practicaba tiro
al judío en cualquier momento del día y bajo cualquier circunstancia y
sobre cualquiera.
O sea que, para los prisioneros, la muerte era azarosa, no dependía de
ninguna regla que ellos pudieran prever (y así evitarla).
La vivencia sería la siguiente:
1) vas a morir sí o sí.
2) si te portás mal morís ahora.
3) si te portás bien morirás en algún momento del futuro o
4) ahora cuando te alcance el tiro del Jefe.
Es decir, el prisionero no podía controlar ninguna variable que le
permitiera sobrevivir más o menos tiempo. Esto genera un tipo especial de
resignación (no expectación) del derrumbe de la esperanza que genera un estado
de indiferencia por agotamiento de la tensión, una entrega a las
circunstancias, a vivir a la deriva.
Así el individuo puede optar por "morir psíquicamente"
(adelantarse a lo peor), a fabricarse una ilusión por sobre las circunstancias,
por sobre su información real sobre su entorno y sobre sí mismo en relación a
ese entorno.
Se daría un escape psíquico por una de las dos vías: la esperanza
artificial de los trascendente (Dios) o la magnificación del pasado, el
recuerdo como sostenedor del presente. Buscar en lo experimentado lo
satisfactorio, traerlo al presente y revivenciarlo (esto es lo que hacía Víctor
Frankl y lo relata en "El hombre en busca del sentido").
La resignación, el abandonarse a las circunstancias, es generada por la
indefensión. Los conductistas suelen hacer el siguiente experimento: colocan a
una rata en un jarrón de vidrio con agua. La rata nada buscando un sostén o de
dónde agarrarse. Mientras la rata evalúa que tiene posibilidades de no
ahogarse (una maderita, alguna fisura del recipiente donde sostenerse) nada,
lucha por su vida. Pero si su juicio le indica que no tiene posibilidades, que
no tiene cómo defenderse, entra en un estado especial de resignación que
llamaron indefensión, donde la rata deja de luchar, deja de nadar, (no hay
esperanza) y se ahoga.
La Divina Comedia habla de un lugar, en donde los castigados no podían
esperar nada, ni el dolor ni el placer, ni lo malo ni lo bueno y ese, según
Dante, era el peor lugar del infierno