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La
mosquita
Hugo R. Marietán
Nota:
Este cuento obtuvo la primera de las diez el menciones
especiales, sobre 2.200 presentaciones, en el Concurso
Cuentos Breves de Terror, Organizado por el Diario La
Razón y Metrovías, octubre de 2005
La
mosquita revoloteó por encima de la cabeza distrayéndolo de la
lectura; un manotazo se perdió en el aire ante la gambeta del
insecto que continúo circunvolándolo. Al rato lo sintió en su
nuca, la levedad de las patitas se perdía entre los pelos,
acordoneó la nuca y la hizo girar sobre su eje antes de
pasarse los dedos por el pelo. Luego pasó por delante de sus
ojos y se paró sobre el marco del anteojo, así que la vio
borrosa y agigantada. Una vez se posó sobre el libro y otra
sobre su hombro derecho y así. Lo distraía a pesar de que no
era ruidosa, ni picaba, ni era grande. A lo mejor lo que
estaba leyendo no era tan interesante después de todo. Igual
fue en busca del Raid y esperó pacientemente que estuviera a
distancia porque el spray del matamoscas lo hacía estornudar.
Fue simple. Se fue a dormir y mientras bostezaba antes de
apagar la luz, con los ojos llenos de lágrimas de sueño, la
vio difusa apoyada en la pared.
Por
la mañana al colocar la mermelada en la tostada la mosquita se
apoyó en su mano derecha y otra volaba cerca de su brazo.
Entonces dejó la tostada con la mermelada y se quedó quieto.
Rato después llegó a la conclusión de que el dulce no era el
objetivo. La tenían con él. Tampoco eran caseras, al subir al
auto, allí estaba las dos apoyadas en el parabrisas. Luego lo
acompañaron en sus horas de trabajo y al volver a su casa. El
gesto mecanizado de levantar los brazos para espantarlas ya se
había automatizado. Pensó en el perfume y trató de recordar si
había cambiado el tipo de jabón o champú o la ropa, intentaba
encontrar qué les atraía.
Así
que al tercer día no le llamó la atención que fueran cinco su
nuevas acompañantes. Cambió de colonia, de ropa, pero nada. El
Raid era más efectivo haciéndolo estornudar que disminuyendo
su número, aunque morían. Cuando una cayó sobre el papel se
quedó observándola con detenimiento, incluso con una lupa: era
una mosca, pero chiquita, se dijo reconociendo su ignorancia
casi total en el tema moscas. Decidió pedir ayuda cuando ya
pasaban de diez y eran francamente molestas. El tema era
vergonzoso, ridículo, pero igual consultó con un dermatólogo,
llevando en una cajita de plástico el ejemplar muerto. Lejos
de reírse el médico le indicó que sobre ectoparásitos debía
consultar en el Instituto Malbrán y que no notaba nada extraño
en su piel. No habían entrado, por el olor del consultorio
pensó, pero al salir, de nuevo las tenía sobre su cuerpo. En
el Malbrán el especialista en moscas la estudió cuidadosamente
sobre un microscopio largo tiempo. De vez en cuando apartaba
la mirada del instrumento y lo miraba. Las otras moscas se
habían quedado en el pasillo. Bien, preguntó el experto, dónde
encontró esta mosca. Le contó. Qué raro, dijo pensativo,
bueno, este tipo de moscas son las primeras que aparecen al
iniciarse la putrefacción del cadáver, después vienen los
gusanos. No se sorprendió, ni se angustió. Salió del
laboratorio y se encontró con sus acompañantes que lo rodearon
amorosamente. Había dejado de contarlas, eran muchas y cada
vez se tomaban más confianza. Tampoco él las espantaba
demasiado, sólo cuando le impedían ver televisión por apoyarse
en las lentes. Las múltiples patitas que le caminaban por la
piel pasó a ser parte de sus sensaciones comunes. Sus
compañeros de trabajo parecían no notar el fenómeno y lo
trataban como siempre. Las moscas se apoyaban en alguno de
ellos cuando estaban cerca de él, y luego lo abandonaban
cuando se alejaban a unos tres metros. Aunque para él era casi
un enjambre, a los otros parecía que no importarles. Una vez
comentó algo, como al pasar, sobre las moscas con un amigo,
pero este se rió y no siguió la conversación.
Él
nunca le había encontrado demasiado sentido a su vida, así que
tampoco le encontraba mucho a su muerte. Sí le pareció curioso
la manera de anunciarse, o de adelantarse porque teóricamente
éste era un fenómeno posterior a la muerte. Pensándolo bien,
cuándo fue la ultima vez que se sintió vivo. Sí, algún
recuerdo había, lejano. Entonces estaba bien, sólo era
cuestión de formalismo.
A la
semana luchó tanto por sacarse las moscas del cuerpo que al
final decidió ponerse la camisa igual, aunque quedaran muchas
atrapadas y fuera molesto sentirlas debajo de la ropa. Sentado
en su escritorio, al mirar a un costado, vio de pronto que su
compañera se espantaba moscas y parecían, por la persistencia,
que eran propias. Che, le dijo, fuiste al médico. No, por qué.
Por nada, siempre es bueno hacerse un chequeo. Y se calló,
porque se dio cuenta que cuando aparecían las moscas ya no
había nada que hacer, sólo esperar. Pero esta mujer es joven
pensó estúpidamente sabiendo de antemano que no hay edad para
morir.
Ordenó algunos papeles, regaló pertenencias y tuvo algunas
charlas que le habían quedado pendientes. Fue a algunos sitios
que por el constante estar ocupado, había postergado. Todo
apaciblemente, protocolar. Sentado en el banco de una plaza
miraba los árboles, los pájaros, la gente. Algunos con su
mosquerío caminaban como si nada. Solo algunos chicos y bebés
le despertaban un poco de pena que neutralizaba rápidamente
pensando que se salvaban de tener una vida como la suya.
La
mañana que se levanto todo cubierto de moscas, que tuvo que
escupir algunas y reventar varias para poder abrir los ojos,
se dio cuenta que esto no daba para mucho. Ya ni el mate podía
tomar sin tragar algunas de ellas, y las tostadas eran de
mermeladas y moscas. Tampoco tenía mucho apetito en verdad.
Así que dejó de comer y tomar agua. Por la tarde estaba
sentado y descubrió que una zona de su piel estaba libre de
moscas. Era de color verdoso amarillento, de unos diez
centímetros cuadrados, tenía un franco olor a podrido, pero un
olor dulzón, le dio una arcada, pero al abrir la boca varias
moscas entraron y lo hicieron toser y escupir unos minutos.
Cuando volvió a mirar la mancha vio que emergían los primeros
gusanos. Es suficiente se dijo, buscó el revolver y apuntó
cuidadosamente debajo de la mandíbula. Sabía que era mejor
colocárselo en la boca, pero sospechó que las moscas no lo
iban a dejar tranquilo hacer su acto final. Mientras su dedo
deslizaba el gatillo pensó que en realidad no estaba en sus
planes eliminarse, pero el espectáculo lo había superado. Y
eso fue todo.
Buenos Aires, 30 de
abril de 2000.