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Delirios
Clínica y tratamiento
Dr. Daniel
Alberto Vidal
Sumario
En este
trabajo se describe la evolución histórico-clínica de los
delirios, enfatizando en los aportes de los máximos
exponentes de las escuelas alemana y francesa desde el siglo
pasado a la actualidad. Se señalan sus conceptos
fundamentales, sus equivalencias y disidencias. Se analiza
el papel de la psiquiatría norteamericana en la
conceptualización de los delirios y los criterios del DSM-IV
para el trastorno delirante. Dadas las frecuentes
discusiones nosológicas que han caracterizado esta temática
desde todos los tiempos, se realiza un enfoque “nosográfico”
proponiendo un estudio semiológico (modificado de los
autores clásicos) para la mayor comprensión de este
controvertido tema. Se presentan casos clínicos de
diferentes cuadros delirantes y se hacen consideraciones
psicopatológicas. Se considera el diagnóstico diferencial y
se exponen pautas para el tratamiento de este tipo de
psicosis.
Palabras clave
Delirio,
psicosis.
Introducción
El
problema del delirio ha sido históricamente uno de los más
fascinantes y fundamentales que ha planteado la
psicopatología general. Etimológicamente la palabra
“delirio” deriva del latín “delirare”, que significa “fuera
del surco”, refiriéndose al surco que se realiza en el campo
al labrarlo, es decir que, aplicado al pensamiento humano,
sería el pensar fuera del surco normal.
Esta
manera de pensar morbosa se ha considerado desde todos los
tiempos como equivalente a enfermedad mental, ya que el
delirante, el hombre que delira, es siempre un enfermo
psíquico.
El
término “delirio” se puede utilizar en dos sentidos:
– Como
resultado de una mutación en las relaciones yo-mundo, que se
acompaña de un cambio en las convicciones y significaciones
de la realidad y por ello se ha considerado como un
trastorno del contenido del pensamiento;
– Un
síndrome con afectación de la conciencia, desorientación,
agitación, pseudopercepciones e ideas delirantes (por
ejemplo, “delirium tremens”).
El
delirio es un fenómeno humano y sólo el hombre es capaz de
alterar la significación de la realidad y por ello puede
imaginar, alucinar o delirar. Decía Ortega: “El hombre es un
fabricante nato de universos”, necesita encontrar sentidos,
formarse convicciones respecto del mundo y asimismo vive en
un universo de símbolos y significaciones.
En el
hombre, el mundo de la fantasía, de las simbolizaciones, de
la imaginación, no está enteramente ligado a los sistemas o
códigos de significación convencionales, por eso el hombre
inventa, imagina, crea, descubre e interpreta y ésa es la
condición básica antropológica que posibilita el delirio.
El
delirio, como veremos, no es una manera de ignorar la
realidad: es otra manera de percibirla y vivirla.
Idea delirante
La idea
delirante es:
– Un
“error” patológico y persistente,
–
Producto de un juicio desviado,
–
Irreductible a los argumentos más convincentes de la lógica,
–
Condiciona la conducta total o parcialmente.
La
diferencia con el error simple es que este último es el
resultado de una idea estructurada sobre bases y elementos
falsos de la realidad. Razón ésta que, en la mayoría de los
casos, cuando esta idea es sometida a una crítica seria, se
rectifica en el sentido de ponerla acorde con la realidad.
El error simple es pues reductible y permeable a los
argumentos de la lógica.
Caracteres externos de la idea delirante:
–
Intensa convicción subjetiva,
–
Ininfluenciabilidad,
–
Incorregibilidad.
Para
Minkowski la convicción delirante es la que hace el delirio.
Este autor ha sostenido que tal convicción crea una barrera
infranqueable entre el delirante y el común de los mortales,
considerando la palabra “barrera” como equivalente a “puerta
cerrada”. Esta convicción subjetiva de “estar en la verdad”
es una de las características externas más destacadas de la
idea delirante y, precisamente por ella, la idea delirante
es ininfluenciable a cualquier razonamiento o actitud ajena,
e incorregible.
Características generales del delirio
Siguiendo a Cabaleiro, el delirio presenta las siguientes
características primordiales:
1) Pérdida del juicio de realidad:
El
juicio de realidad es la capacidad humana para discernir
entre lo real y lo irreal. En virtud de esta capacidad
podemos separar lo que es la verdadera realidad de aquello
que es fruto de nuestra imaginación o fantasía. El juicio de
la realidad está estructurado sobre nuestra propia razón y
experiencias de la realidad.
En el
hombre delirante la pérdida del juicio de realidad es
expresión de una profunda alteración de la personalidad que
lo lleva, irremediablemente, a la ruptura de sus relaciones
con la realidad. En última instancia el delirio no es más
que eso. La realidad se halla para el delirante,
transformada, mutada, razón por la cual la relación con ella
se encuentra alterada. De ahí que su realidad no sea la
nuestra, sino otra distinta. El hombre presa de un delirio
nos muestra con gran claridad una alteración de su “estar en
el mundo”, ya que las relaciones entre el delirante y el
mundo se hallan profundamente modificadas, no sólo porque el
mundo se le muestra cambiado, sino además porque el
delirante ha modificado su concepción del mundo.
2) Contenido casi siempre imposible
e irreal:
El
contenido o tema del delirio suele mostrarse, bajo un examen
detenido y riguroso, la mayor parte de las veces como
imposible e irreal. El delirante, precisamente por esa
pérdida del juicio de la realidad a la que aludíamos,
encontrará en su delirio frecuentes contradicciones internas
que no será capaz de utilizar para desvanecer sus falsas
ideas, sino que se aferrará a ellas para afirmar su delirio.
Contradicciones éstas que al observador le mostrarán la
irrealidad de tales ideas. A veces, al precio de una
distorsión psicótica, el enfermo encuentra cumplido su deseo
en el delirio: el delirio se convierte en una realidad
sustitutiva.
Una joven de 23 años, empleada doméstica,
cree que un diplomático de alto rango residente en Europa la
pretende. No lo ha visto jamás, pero se pone en comunicación
con ella mediante intermediarios y señales. Oye su voz y
pueden hablarse a través de la radio.
3) Se convierte en el eje de la
vida:
El
delirio, una vez puesto en marcha, se convierte, para el
hombre que lo padece, en el eje de su vida y su existencia.
Gradualmente todo va girando en torno a su sistema
delirante, ya que al ir desplegándose éste, va gravitando,
con intensidad creciente, sobre todos y cada uno de sus
sentimientos, pensamientos y actos. Este carácter de
despliegue del delirio es una de sus manifestaciones más
típicas.
Después
de este breve examen de aquellas características
primordiales del delirio, vamos a sintetizar su concepto
para que a partir de él podamos estudiar su problemática
general psicopatológica.
El delirio
Es el
resultado de una profunda alteración de la personalidad que
produce una pérdida del juicio de la realidad, lo que hace
que una idea errónea sea aceptada como verdadera, con
intensa convicción subjetiva, ininfluenciable e
incorregible, desplegándose hasta constituir un auténtico
sistema de ideas que se convierten en el eje de la vida y de
la existencia del delirante.
Estudio semiológico de los delirios
Dadas
las frecuentes discusiones nosológicas que históricamente
han caracterizado a esta temática, creemos oportuno realizar
en principio un enfoque “nosográfico”. Pensamos que el
estudio de los caracteres semiológicos y clínicos es
insoslayable para la comprensión de estos cuadros.
Consideramos prioritario, “saber cómo es” un delirio, para
sólo entonces saber “cómo se llama”.
En este
estudio se deberán tener en cuenta:
1)
Evolución: se dividen en agudos y crónicos.
Los
agudos evolucionan en breve tiempo: días, algunas
semanas o a lo sumo un par de meses.
Los
crónicos evolucionan a lo largo de extensos períodos,
pudiendo abarcar la totalidad de la vida del paciente.
Ejemplo
de los primeros lo constituye la “bouffée” delirante de los
deficientes mentales, y de los segundos, los delirios
crónicos de persecución y también los delirios de
interpretación o de reivindicación.
2)
Origen: de acuerdo con su origen los delirios pueden ser
primitivos o esenciales y secundarios o sintomáticos.
Los
primitivos representan el comienzo mismo de la
enfermedad y, por lo tanto constituyen toda la afección. Es
un ejemplo típico de estos delirios la “experiencia
delirante primaria de la esquizofrenia”, y también los
delirios crónicos, sean alucinatorios o no.
Los
delirios secundarios o sintomáticos, en cambio,
aparecen consecutivamente a una enfermedad previa, psíquica
o somática. Son expresión de estos delirios la reacción
paranoide y también los postinfecciosos, postraumáticos y
los de origen tóxico, vascular y tumoral.
3)
Estructura: representa la forma en que se teje y
organiza la trama del delirio. Se han establecido dos tipos:
sistematizados y no sistematizados.
Sistematizados:
“sistema” quiere decir “unidad” y también coherencia. Para
Kraepelin y Magnan delirio sistematizado significa:
– Unidad
del núcleo delirante.
–
Invariabilidad del tema.
–
Continuidad en el tiempo.
–
Irreductibilidad ante cualquier intento de persuasión
respecto de lo erróneo del pensamiento sustentado.
–
Verosimilitud del relato (en razón de su naturaleza
vivencial).
–
Organización coherente de todo el conjunto delirante.
Estos
delirios sistematizados se caracterizan por ser de marcha
lenta y por constituir un tema único, con ideas que se
mantienen en el tiempo, marchando siempre en un sentido
determinado, inamovible, coherente y verosímil.
El
planteo del delirio es silogístico, claramente deductivo,
pero siempre edificado sobre una base errónea que el enfermo
no admite. De ahí su inamovilidad.
No
sistematizados:
contrariamente a los anteriores, carecen de cohesión y de
unidad.
Kraepelin y Magnan dan como características de los delirios
asistemáticos a las siguientes:
–
Multiplicidad de núcleos o “constelaciones” delirantes.
–
Variabilidad del tema.
–
Versatilidad de las ideas.
–
Reductibilidad transitoria por efectos de la
sugestionabilidad o influencia de terceros.
–
Absurdidez del relato, pese a lo cual resulta comprensible.
Estos
delirios son, en otros términos, mala o nulamente
estructurados, y de allí que también sean denominados
“polimorfos”. Las ideas delirantes (persecutorias,
megalómanas, celotípicas, hipocondríacas, etcétera), tan
pronto coexisten como se suceden las unas a las otras.
4)
Mecanismos: dentro del estudio semiológico de los
delirios deben considerarse los elementos básicos por los
cuales se realiza la elaboración del delirio.
Mecanismo interpretativo:
la personalidad humana puede actuar en dos planos diferentes
cuando elabora el pensamiento. El primero de ellos sería el
de la lógica intelectual, cuando el juicio no es interferido
por la afectividad; el segundo sería el de la lógica
afectiva cuando lo catatímico prevalece y preside a la
crítica. Cuando, en condiciones normales, la razón llama a
la realidad, la catatimia pasa a segundo plano y la lógica
intelectual se impone.
En el
delirio paranoico o interpretativo, la carga afectiva que lo
vigoriza y lo mantiene se particulariza, no sólo por su
intensidad, sino por su gran estabilidad, como bien sostiene
Bleuler: “Esta superación de la lógica por los afectos
presupone que, en el delirante interpretativo, la
afectividad tiene que poseer una fuerza conmutadora
demasiado intensa en relación con la firmeza de las
asociaciones lógicas”. El delirante interpretativo realiza
entonces falsas interpretaciones de hechos reales (miradas,
sonrisas, conversaciones, actitudes, etcétera), obedeciendo
a la lógica afectiva y desplazando la lógica intelectual.
Cuando
se habla de delirio interpretativo es porque predomina el
razonamiento lógico. La lógica interna se conserva
completamente, por ello los relatos resultan verosímiles.
Son, por lo tanto, discursos lógicos y creíbles. Estos
delirantes interpretativos, cuando no están reticentes,
tienden a mostrar su delirio en forma pormenorizada con
mucha vehemencia, seguridad y autosuficiencia. Lo que el
paciente expresa es creíble, lógico y verosímil, pero es
falso. El paciente jamás admite esta posibilidad: para él
siempre tiene irreductible y definitivamente certeza de
verdad.
El
mecanismo interpretativo, como único mecanismo delirante, es
patrimonio de los delirios que evolucionan con escaso o nulo
deterioro de la personalidad.
Mecanismo alucinatorio:
las alucinaciones sensoriales y cenestésicas desempeñan un
papel importante en el mecanismo de los delirios. El
mecanismo alucinatorio como productor del delirio es más
frecuente en los estados agudos, especialmente tóxicos. En
las formas delirantes crónicas, en cambio, si bien
interviene en la elaboración y mantenimiento de la actividad
delirante no constituye su factor determinante. En estos
cuadros crónicos, las alucinaciones, frecuentemente
auditivas, condicionan el contenido de los delirios así como
el estado de ánimo de los enfermos. En general las
alucinaciones auditivas son desagradables, desencadenando
las concepciones delirantes de perjuicio y persecución. Las
alucinaciones cenestésicas también son comunes en estos
cuadros crónicos, a través de las cuales nacen ideas
delirantes hipocondríacas, pudiéndose llegar a elaborar el
“delirio hipocondríaco”.
Corrientemente la alucinación no se presenta como único
mecanismo del delirio; suele asociarse a otros mecanismos
delirantes.
Mecanismo imaginativo:
este mecanismo está determinado por la exaltación patológica
de la imaginación. Ésta por sí sola no alcanza para explicar
el delirio: se requiere además la ausencia de la crítica
judicativa que determina la aceptación, sin revisión, de
todo lo imaginado como una realidad que no admite discusión
alguna. Mientras el interpretativo “trabaja” sobre hechos
objetivos y reales, pero falseados por su desviación
judicativa, el imaginativo “transporta” al mundo circundante
sus invenciones espontáneas, a las que confiere absoluta
certeza.
Mecanismo intuitivo:
las intuiciones, normalmente suelen ser de aparición súbita
y guardan toda la apariencia de una verdad pura. Sometidas
al examen crítico, serán aceptadas o no como una verdad.
Cuando la desviación del juicio desencadena la actividad
delirante, ya no se ejerce una discriminación lógica y todo
lo que es intuido por el enfermo pasa a integrar el
contenido patológico del pensamiento.
El hecho
de que las intuiciones sean aceptadas sin reservas como
verdades irrefutables indica que el vigor psíquico del
enfermo está en déficit.
Mecanismo ilusorio:
se puede hablar de un mecanismo ilusorio cuando las
ilusiones contribuyen a la progresión de la actividad
delirante.
En
realidad, en la mayoría de los casos constituye un mecanismo
accesorio y a menudo accidental que se acopla a otros
mecanismos de mayor jerarquía.
Mecanismo sugestivo:
este mecanismo consiste en la elaboración confabulatoria
realizada por el enfermo ante una simple sugerencia o
insinuación. Es expresión de un psiquismo insuficiente o en
franco deterioro.
Mecanismo onírico:
es patrimonio de los delirios agudos con enturbiamiento
patológico de la conciencia a causa de factores tóxicos,
infecciosos, traumáticos.
Las
alucinaciones visuales, auditivas y cenestésicas son muy
frecuentes. Las primeras, especialmente importantes por lo
numerosas, suelen ser de gran nitidez, de carácter
caleidoscópico, de variable escenografía, gran vivacidad y
colorido.
Otro de
los caracteres importantes del onirismo es la intervención
de una fuerte carga afectiva, acorde con la calidad de las
alucinaciones y con la organización delirante que encauzan.
El miedo, la cólera suelen angustiar o aterrorizar al
enfermo durante el incesante “desfile” alucinatorio.
Mediante
el mecanismo onírico, con la mencionada base alucinatoria y
la consiguiente exaltación afectiva, se organiza el delirio
agudo intensamente vivido por el individuo, que actúa como
en un ensueño, pero en estado de vigilia. No son
infrecuentes las ideas fijas postoníricas.
El
delirium tremens (confusión mental onírico agitada) en el
alcoholismo crónico y los delirios “ocupacionales”, donde el
delirante cree estar en su puesto de trabajo, son ejemplos
de este tipo de delirio.
5)
Contenido: la temática constituye el argumento elaborado
por la actividad delirante, la novela que el delirante crea
y considera no el fruto de su ficción, sino la fiel
expresión de la auténtica realidad, su verdad, a la cual se
aferra con intensa convicción subjetiva.
Detrás
de este contenido está el profundo trastorno generador del
delirio. Es a través de esta temática que deberemos penetrar
para poder captar la alteración de la compleja estructura
del pensar, del actuar, del sufrir, del hombre delirante.
Semiológicamente proponemos estudiar el contenido delirante
de acuerdo con el:
a) Tono
afectivo de la idea delirante.
b)
Número de ideas.
c) Grado
de verosimilitud.
De
acuerdo con el tono afectivo de la idea delirante,
distinguimos los placenteros (altruistas, megalómanos,
mesiánicos, místicos, etcétera) y los displacenteros
(hipocondríacos, de negación, de ruina, de culpabilidad y
una amplia gama de delirios persecutorios).
En
cuanto al número de ideas, podemos observar las ideas
delirantes únicas, propias de los delirios sistematizados
uniformes, caracterizados a lo largo de su crónica evolución
por la invariabilidad y continuidad temática. Por el
contrario, en los delirios asistemáticos o “polimorfos”, las
ideas delirantes son múltiples, coexistiendo o sucediéndose
entre ellas.
La
verosimilitud del delirio está en relación con su
organización “sistemática”; en los delirios firmemente
estructurados su fuente de origen suele hallarse en
vivencias ambientales y en circunstancias aparentemente
reales, lo que precisamente hace que sean verosímiles. Por
el contrario, en los delirios asistemáticos o “polimorfos”,
sin núcleo central fijo y, por lo tanto, móviles y
proteiformes, suelen caracterizarse por contenidos absurdos
y hasta fantásticos.
6)
Grado de deterioro de la personalidad: cuando se puede
seguir la evolución de la enfermedad a través de un largo
período, es dado observar modificaciones notorias en la
sintomatología de algunos cuadros delirantes. Se puede
comprobar que un paciente que comienza desarrollando una
actividad delirante con un núcleo vigoroso, una sólida
organización y gran verosimilitud, gradualmente, a través
del tiempo, desciende a un nivel inferior; va perdiendo la
sistematización y la jerarquía de sus concepciones para dar
paso a elaboraciones absurdas, con participación de
múltiples mecanismos, todo lo cual denota el empobrecimiento
de la personalidad con la aparición de formas de pensamiento
mágico o primitivo. Esta evolución defectual es
característica del delirio esquizofrénico de clara
naturaleza procesual. Por el contrario, existen cuadros
delirantes crónicos sistematizados, organizados en un
sistema delirante bien construido, con una temática
uniforme, de apariencia lógica y verosímil, que evolucionan
a lo largo de los años con indemnidad de las capacidades
afectivo volitivas del sujeto, que están puestas en todo su
potencial al servicio del delirio. Estos cuadros delirantes,
que evolucionan sin deterioro de la personalidad,
corresponden a lo que Emil Kraepelin denominó “paranoia”.
7)
Resonancia afectiva frente al delirio: esta resonancia
está en íntima correspondencia con el tono placentero o
displacentero de la idea delirante, con el momento evolutivo
del delirio y con el grado de deterioro de la personalidad.
La expresa el paciente al relatar su delirio y no debe ser
confundida con el aspecto psíquico del paciente que traduce
el tono afectivo de éste a la observación directa, sin haber
iniciado, aún, el diálogo con él. Es así que un paciente de
aspecto psíquico sereno y tranquilo, al relatar su delirio
puede tornarse excitado, eufórico, depresivo, expectante,
etcétera, de acuerdo con las características de la idea
delirante.
En los
delirios procesuales esquizofrénicos, caracterizados por
evolucionar con grave deterioro de la personalidad, la
resonancia afectiva languidece en el tiempo, ganando lugar
la indiferencia.

Etiología de los delirios
Partiendo de sus respectivas etiologías, en una primera
aproximación podemos clasificar los delirios en tres grupos:
1)
Delirios en las psicosis con fundamento somático:
–
Exógenos,
–
Orgánicos.
Este
agrupamiento está fundamentado en el hecho de la indudable
base somática de la psicosis en la que estos delirios se
presentan. En los delirios exógenos o reacciones
exógenas (como les llamó Bonhoeffer), lo prevalente es un
acusado trastorno de la conciencia, mientras que en los
delirios orgánicos lo fundamental es el síndrome
psicoorgánico. Si bien la génesis de estos delirios es
diferente, veremos como en los exógenos en primer plano y en
los orgánicos como trastorno asociado, siempre está presente
la alteración de la conciencia.
Delirios exógenos (“delirium” de la psiquiatría clásica):
son delirios agudos a mecanismo onírico, es decir que,
aparte de la confusión con la consiguiente desorientación
temporo-espacial, presentan marcada actividad alucinatoria,
especialmente visual. Tales alucinaciones, como hemos visto,
son frecuentemente coloreadas, de carácter caleidoscópico,
con imágenes de animales e insectos, liliputienses,
etcétera, y gran resonancia afectiva, con excitación motriz
(“agitación delirante”, característica del onirismo). Pueden
agregarse alucinaciones auditivas y cenestésicas.
Los
temas de estos delirios son variados, yendo desde los de
tipo terrorífico a los “ocupacionales” y hasta místicos y
eróticos.
El
paciente suele presentar una amnesia, total o parcial, del
episodio, y no es raro que al remitir el cuadro queden ideas
fijas o “residuos oníricos” durante un tiempo.
La gran
mayoría de los casos obedecen a causas tóxicas, como el
alcoholismo (“delirium tremens”), las toxicomanías, y a
causas infecciosas.
Además
pueden observarse en procesos vasculares cerebrales
(espasmos, hemorragias, etcétera), en la epilepsia y más
raramente en traumas psíquicos violentos capaces de provocar
una desestructuración de la conciencia.
Delirios orgánicos:
muestran una estructura cuya base es el síndrome
psicoorgánico o el debilitamiento de la personalidad. Se
entremezclan elementos confusionales y alucinatorios con
aquellos provenientes del síndrome psicoorgánico, dando
lugar a delirios mal sistematizados y polimorfos; se agregan
frecuentes confabulaciones en los de tipo amnésico con el
fin de rellenar las amnesias lacunares típicas de estos
cuadros.
Estos
delirios orgánicos se pueden presentar en la demencia senil
y arterioesclerótica, presenil (Pick—Alzheimer), en la
presbiofrenia de Wernicke, PGP, epilepsia, traumatismos
craneocerebrales y tumores cerebrales.
2)
Delirios en las psicosis endógenas:
–
Delirios procesales:
Esquizoparanoide,
Parafrenias.
–
Delirios afectivos:
Depresión melancólica,
Manía.
3)
Delirios reactivo-situacionales:
–
Reacciones delirantes,
–
Desarrollos delirantes.
Esta
clasificación orientativa no debe hacerse corresponder con
etiologías simplificadas: psicógenas, endógenas o exógenas
de los trastornos delirantes. Al respecto Ruiz Ogara
sostiene: “Una cosa son las causas y condiciones
desencadenantes de una alteración psíquica, por ejemplo los
tóxicos, y otra el hecho de que estas causas expliquen la
eclosión delirante con su temáticas y contenidos”. Castilla
del Pino confirma esta opinión cuando habla de la génesis de
las alteraciones psíquicas: “Hay alteraciones psíquicas cuya
condición necesaria es una perturbación orgánica del
cerebro”, y agrega: “Aun cuando la alteración cerebral sea
imprescindible para la psicosis, aquella no da cuenta de la
totalidad de la estructura y contenido del síntoma
psíquico”.
Por lo
tanto se deberá considerar siempre la multiplicidad de
factores etiológicos que convergen en la construcción de un
trastorno delirante.
Estos
factores pueden ser:
–
Genético-constitucionales,
–
Bioquícos,
–
Lesionales,
–
Psicodinámicos,
–
Situacionales.
El delirio en la psicopatología
clásica
Escuela Psiquiátrica Alemana
La casi
totalidad de los autores alemanes, a partir de la iniciación
del estudio científico de los delirios, fueran éstos agudos
o crónicos, alucinatorios o no, los agruparon bajo el título
de “paranoia”, término propuesto por Vogel en 1772,
abandonando otros vocablos que, hasta entonces, habían sido
correctamente utilizados tales como “Wahnsinn” (delirio) o
“Verücktheit” (locura- demencia).
Kahlbaum
(1863) es el primero que aplica el término “paranoia” a los
pacientes delirantes sin deterioro del afecto o de la
función intelectual, afirmando que se trata de una forma de
“locura parcial”.
Kraft-Ebing
(1879) expone en su tratado el concepto de paranoia tal cual
era concebida por la psiquiatría alemana de su época. La
define así: “Enfermedad psíquica crónica que se desarrolla
en medio o a expensas de neurosis constitucionales y cuyo
síntoma principal es la existencia de ideas delirantes.
Estas ideas son primitivas, sistemáticas, formadas por
operaciones de conclusión y de juicio, y que de esta forma
construyen un verdadero edificio de ilusiones”.
Cuando
Emile Kraepelin comienza su monumental obra de ordenamiento
en el campo de los delirios, se encuentra con que del 70 a
80% de los alienados internados se hallaban rotulados como
“paranoias”, ya que por entonces (1883) bastaba que el
enfermo presentara algunas ideas delirantes o alucinaciones
para que fuera encasillado de tal modo.
En
consecuencia, en ese momento la “paranoia” reunía no sólo
formas delirantes crónicas, sino también agudas y
periódicas.
Kraepelin se opone a este estado de cosas y sostiene que es
un grave error no haber hecho intervenir el aspecto
evolutivo. Critica Kraepelin: “No se llegará a nada si se
busca el criterio en el estudio puramente sintomático de la
enfermedad y en la oposición artificial de las enfermedades
de la inteligencia y las del sentimiento. En ausencia del
criterio anatomopatológico no hay mejor criterio que el
evolutivo y la forma de terminación de la psicosis”.
Con la
difusión de la obra de Kraepelin a principios de este siglo,
la preocupación nosológica sobrepasa los estudios
propiamente psicopatológicos o fenomenológicos de los
delirios.
De este
modo, y luego de varias revisiones realizadas por el mismo
autor a través de las ocho ediciones de su tratado
(1883-1895), quedaron delimitadas tres entidades
psiquiátricas con netos caracteres clínicos:
1)
Paranoia: delirio de comienzo insidioso y evolución
crónica, de origen endógeno, bien sistematizado, carente de
alucinaciones a mecanismo interpretativo, sin deterioro de
la personalidad.
Al
atribuirle un origen endógeno, Kraepelin intentó distinguir
la paranoia de las psicosis psicógenas reactivas, en tanto
que por sus manifestaciones clínicas y la ausencia de
deterioro de la personalidad, las separó del delirio de la
demencia precoz y de las parafrenias. Las clasificó en:
–
Delirio de persecución,
–
Delirio de celos,
–
Delirio hipocondríaco,
–
Delirio de grandeza.
2)
Parafrenias: este grupo fue creado por Kraepelin en
1913, como una forma intermedia o “cuña” entre la paranoia y
las formas paranoides de la esquizofrenia. Está constituido
por un delirio crónico inverosímil, pero coherente, casi
siempre con alucinaciones e ideas delirantes polimorfas, que
evoluciona lentamente con relativa conservación de la
personalidad.
Respecto
de este grupo Bleuler expresó: “El tiempo dirá si son formas
atenuadas de esquizofrenia o algo diferente a la
esquizofrenia”.
Para
Bumke todas las parafrenias son, de modo evidente o
analógico, esquizofrenias. Cabaleiro Goas opina en cambio
que se trata de esquizofrenias tardías.
3)
Delirio paranoide de la demencia precoz: caracterizado
por un delirio alucinatorio y pseudoalucinatorio, no
sistematizado, y que termina en la disgregación
pseudodemencial de la esquizofrenia actual.
Cuando
aparece la obra de Karl Jaspers (1913) y posteriormente de
exponentes de la escuela de Heidelberg (principalmente
Gruhle, Mayer Gross, Carl y Kurt Schneider), se despierta un
nuevo interés por el estudio de las modalidades
psicopatológicas de los fenómenos delirantes.
Un
aporte trascendente para la comprensión de los delirios,
desde un enfoque fenomenológico, fueron los conceptos de
Jaspers sobre proceso, desarrollo y reacción. Para este
autor el proceso psíquico (típicamente esquizofrénico) surge
como algo “enteramente nuevo”, irrumpiendo en el hombre
bruscamente, cambiando la estructura de su ser y
determinando la ruptura de la unidad histórica-significativa
del individuo. El proceso es incomprensible genéticamente,
porque las vivencias morbosas brotan autóctonamente del
trastorno procesal fundamental, y en ese carácter estas
vivencias son primarias, inderivables e irreductibles.
El
proceso lleva a la limitación o deterioro de la
personalidad.
En
cambio, para que el desarrollo pueda darse, de acuerdo con
la óptica fenomenológica, deben cumplirse tres hechos
fundamentales:
– La
existencia de una personalidad previa con determinados
contenidos o caracteres capaces de ser desplegados.
– Lo que
López Ibor llama “posibilidades implícitas”, de base
somatobiológica, que hacen posible que dichos contenidos de
la personalidad puedan desplegarse.
– Una
circunstancia o acontecimiento vital de resonancia afectiva
capaz de movilizar el despliegue de esos contenidos.
La
personalidad previa es, fundamentalmente, la personalidad
anormal paranoide o psicópata paranoide o estructura
paranoica o caracteropatía paranoica, base y plataforma de
lanzamiento de muchos cuadros delirantes paranoides agudos y
crónicos. Los elementos que la conforman son los siguientes:
desconfianza con suspicacia permanente, psicorrigidez,
susceptibilidad, egocentrismo, tendencia al
autorreferimiento (lo que la lleva a vivir los
acontecimientos persecutoriamente), escasa autocrítica,
arrogancia y soberbia.
El
desarrollo, a diferencia del proceso, es por lo tanto
comprensible genéticamente y no provoca deterioro de la
personalidad.
La
personalidad durante el desarrollo cambia su rumbo
manteniendo su estructura.
Para la
óptica fenomenológica la paranoia es un típico desarrollo
delirante en absoluto desacuerdo con el origen endógeno
constitucional que le atribuyera la concepción de Kraepelin.
La
reacción delirante, como reacción vivencial anormal (por su
intensidad y duración desproporcionadas en relación con el
motivo desencadenante) requiere de la conjunción de la
predisposición personal y de los factores externos
desencadenantes, que son los que determinan este modo de
respuesta de esa personalidad. Pero en este caso no existe
un “despliegue” de los contenidos o caracteres de la
personalidad, sino una simple respuesta de ésta de tipo
delirante, frente a una concreta situación vital capaz de
provocarla.
Si en el
delirio procesual, es el propio proceso el que “hace
delirante” a la personalidad, en el desarrollo es la propia
personalidad la que “se hace delirante”; mientras que en la
reacción la personalidad, ante una situación vital concreta
“responde” de un modo delirante.
Proceso
y desarrollo implican, en este sentido, cronicidad del
delirio, mientras la reacción expresa su transitoriedad
condicionada por el factor desencadenante.
En
correspondencia con estas ideas jasperianas se atribuyó un
valor fundamental a la distinción entre:
– Ideas
delirantes primarias, no derivadas de otros hechos
patológicos, y que no pueden ponerse en relación
comprensible con acontecimientos o situaciones previas, tal
como aparecen, en el proceso esquizofrénico.
– Ideas
delirantes secundarias que comprendían a aquellas que tienen
una relación comprensible con sucesos o situaciones que
desencadenan un desarrollo o una reacción paranoide, o las
derivables de otros fenómenos patológicos anteriores, como
por ejemplo, las ideas delirantes consecutivas a la tristeza
de la melancolía.
K.
Schneider estima que entre el delirio esquizofrénico y el
delirio vivencial, existen profundas diferencias
psiquiátricas, considerando que solamente al primero
corresponde la denominación de “delirio”; en cambio los
delirios con relación causal y, por lo tanto, comprensibles,
deben denominarse “deliroides”. El delirio propiamente dicho
resulta siempre incomprensible para terceros, mientras que,
en cambio, lo “deliroide” es comprensible, aunque no
admisible por los demás.
Las
experiencias delirantes primarias:
Jaspers
describió, en relación con el delirio primario, las
denominadas “vivencias delirantes primarias”, para este
autor el dato común a todas estas vivencias es el asignar
sin motivo adecuado una significación anormal a una
percepción, representación o cognición; surgiendo así las
tres modalidades básicas de estas vivencias, que serían:
–
Percepciones delirantes,
–
Representaciones delirantes,
–
Cogniciones delirantes.
Tales
vivencias son primarias por su carácter original,
inderivable y surgidas autóctonamente del trastorno procesal
fundamental que es del grupo de las psicosis
esquizofrénicas.
A la
percepción delirante se le pueden asignar las siguientes
características:
Atribuir
un significado anormal a una percepción real: así, un objeto
que se rompe adquiere el significado anormal de
aniquilamiento, de que van a acabar con la vida del sujeto.
(Un paciente esquizofrénico nos decía: “Todo tiene una
terrible significación para mí”).
Inexistencia de un motivo comprensible que la produzca.
Generalmente la percepción tiene sentido autorreferencial y
centrípeto (la intencionalidad de aniquilamiento proviene
del mundo exterior hacia el propio sujeto).
La
significación es extraña, pero siempre impuesta desde afuera
de la propia personalidad.
Carácter
de “aviso”, “señal” o “revelación” de que algo va a suceder.
La
“extrañeza” es doble, para el enfermo y para el observador.
Para el primero es algo “especial”, para el segundo es
ilógico e incomprensible.
Para
Castilla del Pino los puntos fundamentales son: lo que se
refiere al significado anormal y a la imposición desde el
mundo exterior, irrumpiendo entonces en el mundo interno del
enfermo, llevándolo al autorreferimiento.
Un paciente esquizofrénico de 27 años
observando pasar por la ventana de su habitación un camión
con simpatizantes de un club de fútbol portando una bandera
roja, interpretó el “aviso o señal” como que “ríos de sangre
inundarán a mi familia y a mi vida”, “ellos festejan lo que
va a ser mi caos, mi tormento”.
Las
representaciones y cogniciones delirantes son producto de
datos internos derivados de la imaginación o de la memoria y
que surgen en forma súbita con toda la característica de una
verdad irrefutable. Son menos frecuentes como experiencias
delirantes primarias que la percepción delirante. Schneider
niega las cogniciones delirantes de Jaspers y aplica la
denominación de ocurrencia a las representaciones
delirantes.
Es decir
que para este autor las experiencias delirantes primarias
son:
–
Percepciones delirantes,
–
Ocurrencias delirantes.
López
Ibor cambia la denominación de “ocurrencia” por la de
“inspiración delirante”, por considerarla en la lengua
castellana como más idónea. Lo cierto es que en la
ocurrencia o inspiración delirante el enfermo, inmotivada y
autóctonamente, dice sentirse llamado en forma súbita a
realizar un determinado acto, trascendente o heroico,
absurdo e incomprensible para el hombre normal, que surge
como una inspiración u ocurrencia y que se siente obligado
en forma irrefrenable a realizarlo.
M.L.A., de 25 años, sin antecedentes de
episodios psicóticos anteriores, empleada en una imprenta,
mientras se encontraba en plena tarea, sin que nada lo
hiciera prever, en forma súbita hace abandono de la misma.
Expresa que se siente convocada “por una fuerza suprema para
combatir a los enemigos del bien”; se dirige a una Iglesia
de la zona y pretende reunir a todo el vecindario para
formar “una cruzada contra el mal”, “soy la reencarnación de
Juana de Arco y debo cumplir mi misión”.
Gruhle,
Conrad y López Ibor señalaron que estas vivencias delirantes
primarias eran precedidas por una modificación básica del
estado de ánimo: el llamado “temple” o “humor delirante
esquizofrénico”.
Conrad
en su intento de sistematización gestáltica de la totalidad
vivencial delirante esquizofrénica, llamó a esta fase
“trema”, que puede manifestarse como angustia, distimia
depresiva, vivencias de cambio con desconfianza, suspicacia
y amenaza, como si el enfermo viviese una atmósfera kafkiana.
Alonso
Fernández, en concordancia con López Ibor, señala desde el
punto de vista fenomenológico-estructural que el humor
delirante es la estructura básica del delirio que precede
siempre a las percepciones y ocurrencias delirantes; en base
a esto podría hablarse de un humor o temple predelirante o
de predelirio, que siempre tendrá una base afectiva, por ser
la función psíquica más inmediatamente comprometida.
Lo
cierto es que entre el temple o humor delirante y la
percepción u ocurrencia delirante existe una gradación
espectral cuyo colorido vivenciable oscila mucho. Este
temple o humor delirante, como estructura básica del
delirio, puede o no ser vivenciable por el enfermo, y cuando
así ocurre, lo es siempre en forma vaga, imprecisa e
indeterminada. Por ello, Alonso Fernández considera que los
elementos fenomenológicamente más específicos del estado
predelirante no son los del temple o humor delirante, por la
vaguedad y dificultades de captación de sus manifestaciones.
Señala otros elementos que, según su opinión, hacen más
concreto el predelirio, refiriéndose a:
–
Vivencia de vaga significación; es algo extraño que acontece
alrededor del enfermo y que no puede identificar;
–
Vivencia de lo puesto, es la convicción de la vivencia
anterior. Así, determinados objetos que lo rodean han sido
puestos predeterminadamente para vigilarlo o controlarlo;
–
Presentimientos vagos, sensación de que algo significativo o
terrible le va a ocurrir;
–
Sospechas oscuras, por ejemplo de tener una filiación
distinta a la aceptada y conocida.
Según
este mismo autor el estado de ánimo especial que precede a
la percepción delirante suele acompañarse de la vivencia de
vaga significación y de la vivencia de lo opuesto. Los
elementos predecesores de la inspiración u ocurrencia
delirante son los presentimientos vagos y las oscuras
sospechas. Debe puntualizarse, finalmente, que entre el
predelirio y el delirio no existe una línea nítida de
separación, sino una franja de gradual transición (véase el
Gráfico 2).
De
acuerdo con el criterio fenomenológico, podemos entonces
distinguir los:
1)
Delirios procesales:
–
Delirios esquizofrénicos paranoides,
–
Delirios parafrénicos.
2)
Delirios no procesales:
–
Desarrollos paranoides o paranoicos,
–
Reacciones delirantes o paranoides.
El delirio esquizofrénico paranoide
Se
caracteriza por ser primario, procesal y por lo tanto,
incomprensible genéticamente, con inicio en edades jóvenes,
elaborado a partir de una vivencia delirante primaria —casi
siempre una percepción delirante—, mal sistematizado, de
mecanismo variado (interpretativo, alucinatorio, intuitivo,
etcétera) con contenidos polimorfos e ilógicos, sin
tendencia a la propagación social, evolucionando con grave
deterioro de la personalidad, siendo vivido por el enfermo
cada vez con mayor indiferencia.
P.L.H., al ingresar al Hospital
Neuropsiquiátrico tiene 33 años; anteriormente estuvo
internado en una Clínica Psiquiátrica a los 24 y 28 años por
“episodios de excitación” (oía voces amenazadoras y
agraviantes). En el primer episodio fue detenido por la
policía, cuando salió desnudo a la calle.
Padre alcohólico y un tío alienado. Se
carecen de otros antecedentes de valor.
En el momento de la entrevista ofrece cierta
resistencia a entrar a nuestro consultorio. Lo hace con las
ropas en orden, no mira al interlocutor, mueve impaciente
las manos. La tonalidad afectiva es triste, tiene expresión
fisonómica de disgusto, habla en voz baja y con lentitud,
hay neologismos y algunas neosignificaciones. Por momentos
presenta risas inmotivadas y soliloquios, expresión de su
actividad alucinatoria. Oye voces que le dicen: “Ya te vamos
a encontrar”, “Hay que llevarlo al sótano y descuartizarlo
con serrucho”. Ha visto hombres “con escafandras luminosas y
bengalas en las manos, venían en grupo de cuatro o cinco
para asesinarme”. También presenta pseudoalucinaciones:
“Ellos saben lo que pienso, lo adivinan, por eso no puedo
escapar”, e ideas delirantes: “He mandado a masacrar a 3 mil
jesuitas y 500 franciscanos”, “Ahora quieren matarme a mí
por orden del Papa y Santa Bernardina”.
Atribuye ciertas perturbaciones cenestésicas
a experiencias que se realizan con él a gran distancia: “Me
reemplazaron el cerebro y los intestinos por cables
magnéticos, así pueden controlarme desde otra galaxia”.
Llama la atención la variabilidad, el
polimorfismo e inconsistencia de las ideas delirantes, hay
franca hipobulia e indiferencia afectiva. Contrasta el
dramatismo de las voces y contenidos delirantes con la
escasa resonancia afectiva del paciente. No hay empeño en
persuadir a los demás y no apela a procesos razonados o
deductivos para demostrar sus ideas.
Delirios parafrénicos
Como
hemos mencionado, Kraepelin, describe estos delirios como
una forma intermedia o “cuña” entre la paranoia y las formas
paranoides de la demencia precoz.
Los
síntomas más destacables son los siguientes:
– De
comienzo tardío, siempre después de los 30 años de edad.
– Es un
delirio primario, no siendo consecuencia de ninguna otra
afección mental preexistente; crónico y mal sistematizado;
polimorfo, pero girando alrededor de tres ideas
fundamentales: persecución, erotismo y megalomanía. Si bien
absurdo y por momentos fantástico, no resulta totalmente
incoherente como el delirio esquizofrénico.
–
Alucinaciones: sensoriales y pseudoalucinaciones. Hubo una
época en que el delirio parafrénico fue considerado como
fundamentalmente alucinatorio, en cuyo caso habría de ser
calificado de delirio secundario. Posteriormente se
consideró a la parafrenia como un delirio fundamentalmente
de base imaginativa; precisamente en este intenso componente
imaginativo reside el terreno que favorece la aparición del
síndrome alucinatorio. Este síndrome alucinatorio que lo
acompaña no como génesis de este delirio, sino como un medio
de expresión, tiene en el parafrénico mayor importancia que
en el delirio esquizofrénico, precisamente porque la
naturaleza imaginativa del delirio parafrénico constituye un
factor que facilita la presencia de alucinaciones. La
imaginación le es tan vital a la parafrenia como el
razonamiento y la pasión a la paranoia.
–
Bipolaridad: el parafrénico se caracteriza por la
coexistencia dicotómica del pensamiento real y delirante,
que no coarta la actividad laboral o profesional. El
individuo normal subordina lo fantástico a lo real, mientras
que en el parafrénico dicha subordinación se haya abolida,
cabalgando simultáneamente en dos mundos: el de la realidad
y el de la fantasía. Por ello Ey habla de “diplopía de la
existencia”.
–
Deterioro de la personalidad: pueden dejar al final de la
evolución un ligero defecto, pero sin provocar el grado de
deterioro propio del delirio esquizofrénico. Al respecto,
dice Pereyra que cuando se habla de deterioro en las
parafrenias es algo “sui generis”, ya que afecta más el
vigor de las ideas delirantes que las aptitudes generales
del sujeto.
R.V., al ingresar al Hospital
Neuropsiquiátrico tiene 44 años. Soltero, de profesión
carpintero, sus antecedentes personales y familiares no son
significativos. Los datos recogidos del propio paciente
hacen sospechar que la enfermedad data de un tiempo atrás y
que su comienzo se caracterizó por un período de inquietud,
con ideas persecutorias e hipocondríacas, estas últimas muy
probablemente condicionadas por perturbaciones cenestésicas.
Lúcido, bien orientado auto y alopsíquicamente, en general
se muestra tranquilo y accesible. Confiesa alteraciones
sensoperceptivas, auditivas y cenestésicas, que sin embargo
parecen tener un papel secundario en su delirio, que más
parece expresión de una profusa imaginación, con un frondoso
delirio, absurdo, ilógico y polimorfo, en base a ideas
persecutorias, de grandeza, de daño e invención, ideas éstas
que se fundan esencialmente en su fantasía, ya que nunca
invoca lo que oyó o experimentó en su cuerpo para sostener
sus creencias.
Lo persiguen de 16 países para extraerle sus
poderes. Es buscado por la CIA y emisarios de la
constelación de Venus y Mercurio. Ha realizado cursos de
postgrado en la Sorbona y Norte América. Ha dado
conferencias sobre la atmósfera y el cáncer. Programa la
construcción de un tren supersónico que funcione por el
aire.
Ilustra con dibujos y abundante producción
escrita sus pintorescas hipótesis.
Defiende su delirio desde lo intelectual más
que desde lo afectivo, y fuera del delirio mantiene con
lucidez y coherencia diálogos sobre temas de actualidad,
siendo a su vez confiable colaborar en las tareas de la sala
(bipolaridad).
Kraepelin admitió cuatro variedades o formas clínicas de
parafrenia:
–
Sistemática: representada por un delirio de persecución
progresivo al que más tarde se agregan contenidos
megalómanos. Las alucinaciones más frecuentes son las
auditivas (fonemas) presentándose también alucinaciones
cenestésicas y pseudoalucinaciones. La conducta del paciente
es concordante con el contenido delirante; al principio
hostil y amenazador (perseguido) para luego tornarse más
irónico y altanero (megalómano). Llama la atención en el
parafrénico perseguido el hecho de no presentar el especial
recelo y desconfianza del paranoico perseguido; por el
contrario, el parafrénico comunica fácilmente su delirio,
incluso con cierto matiz de desinterés.
–
Expansiva: notoriamente más frecuente en el sexo
femenino. Se caracteriza por un delirio de características
megalómanas, de tinte erótico, más raramente místico o
persecutorio. Alucinaciones sensoriales, visuales y
cenestésicas. Estas últimas son las que activan el delirio
erótico. Ausencia de alucinaciones psíquicas (pseudoalucinaciones).
Ánimo exaltado. Son altaneros, eufóricos, con tendencia a la
insolencia y a las explosiones coléricas.
–
Confabulatoria: es una forma clínica poco frecuente, que
en líneas generales presenta la misma temática delirante que
las formas anteriores. Su particularidad radica en la
ausencia o falta de comprobación de alucinaciones y
pseudoalucinaciones. Siendo por el contrario frecuentes las
paramnesias (falsos reconocimientos y falsas
reminiscencias).
–
Fantástica: caracterizada por un delirio de influencia
en la fase inicial, y más tarde megalómano con alucinaciones
frecuentes, sobre todo auditivas y cenestésicas, acompañado
de una curiosa sugestionabilidad y cierta indiferencia
afectiva. Es la forma clínica que provoca mayor deterioro de
la personalidad.
Hay
autores que han mantenido la postura de adscribir las
parafrenias a las esquizofrenias, lo que ha encontrado gran
oposición en otros, que sostienen la autonomía de estos
delirios. Henri Ey, de acuerdo con éste último punto de
vista, afirma la existencia de parafrenias postprocesales,
consecutivas a una esquizofrenia abortada o detenida, a un
estado maníaco o a una melancolía: “Son la prolongación de
un movimiento psicótico detenido”, y añade que la
eventualidad más frecuente es “una construcción delirante
parafrénica que ha surgido de un episodio esquizofrénico
abortado”. Punto de vista éste sostenido ya anteriormente
por Berze, para el cual las parafrenias eran esquizofrenias
postprocesales, en oposición a la esquizofrenia activa,
procesal.
Como
hemos visto ya, otros autores consideran las parafrenias
como esquizofrenias tardías, ya que comienzan a partir de la
tercera década de la vida, lo que explicaría la benignidad
de estos cuadros en relación con el menor deterioro de la
personalidad.
Desarrollos paranoides o paranoicos
Hemos
visto que Kraepelin interpretó la paranoia como un delirio
crónico que obedece a causas internas, a factores
constitucionales, de comienzo insidioso, bien sistematizado,
acompañado por la perfecta conservación y claridad del
pensamiento, voluntad y actividad. Por su origen endógeno
intentó distinguirla de la psicosis psicógenas reactivas; en
tanto que por sus manifestaciones clínicas y la ausencia de
deterioro de la personalidad, la distinguió del delirio
esquizofrénico y de las parafrenias.
No son
pocos los autores que consideran la paranoia como “el gran
mito kraepeliniano” en concordancia con Bleuler, quien
observó que varios casos descriptos por Kraepelin seguían en
realidad una evolución esquizofrénica.
El
concepto más aceptado es que las paranoias son delirios
crónicos, de gravedad variable organizados como desarrollos
delirantes, en una estructura determinada y previa de
personalidad.
La
personalidad previa es la personalidad psicopática paranoide
o caracteropatía paranoica. Esta personalidad presenta lo
que Schwartz llama “el enfoque paranoide de la vida”. Para
este autor este enfoque significa un modo de adaptación,
surgido como medio para hacer frente al mundo y evitar la
retirada autística. Los elementos más representativos son:
la desconfianza con suspicacia permanente, arrogancia,
psicorrigidez, hostilidad, egocentrismo y autofilia
marcados.
Los
mecanismos de defensa dominantes en estas personalidades
están representados por la proyección, la negación y a veces
se suma la formación reactiva, como intento de control de
situaciones externas, encubriendo su natural hostilidad y
agresividad con actitudes de amabilidad y sumisión.
Fácil
resulta comprender cómo una personalidad con estas
características puede en situaciones propicias desplegarse
hasta constituir un desarrollo paranoide. Pero también es
comprensible que esto pueda suceder, menos frecuentemente,
con otras personalidades, como por ejemplo las que Schneider
califica como “inseguras de sí mismas”; en su forma
sensitiva “son aquellos sujetos con capacidad de impresión
aumentada para todas las vivencias y con imposibilidad de
descarga. Tales individuos no se perdonan nada, mientras que
—muchas veces— perdonan todo a los demás”.
También
son propicias, para que estos desarrollos paranoides puedan
presentarse, las personalidades que el mismo Schneider llamó
“necesitadas de estimación” y que Koch incluyó dentro del
“carácter histérico”. Estas personalidades pueden hacer un
desarrollo paranoide cuando esa necesidad de estimación se
ve frustrada y se consideran por ello despreciados o
subestimados por los demás.
En
cualquier caso, la personalidad anómala, especialmente con
ciertos y determinados rasgos psicopáticos —como los que
hemos señalado— es fundamental y básica para que estos
desarrollos se produzcan.
En
cuanto al factor circunstancial favorecedor de estos
desarrollos, éste debe ser verdaderamente conmocionante, de
tal forma que haga movilizar los caracteres anómalos de la
personalidad cargando afectivamente una idea,
sobrevalorándola, y a partir de ella constituir el punto de
arranque de su sistema delirante.
Ahora
estamos en condiciones de describir las características
fundamentales del delirio paranoico.
Delirio
crónico de comienzo insidioso y progresivo, alrededor de los
40 años, a mecanismo interpretativo, sin alucinaciones ni
pseudoalucinaciones, bien sistematizado, pues parte de ideas
sobrevaloradas que se organizan en un sistema delirante,
bien construido, enriqueciéndose con nuevas interpretaciones
delirantes en torno a una temática uniforme, de apariencia
lógica y verosímil, con alternativas de períodos de mayor
actividad delirante y etapas más sosegadas, pero sin perder
la actividad. Presenta a lo largo de su evolución indemnidad
de las capacidades afectivo-volitivas del sujeto que están
puestas, en todo su potencial, al servicio del delirio, lo
que acentúa la intensa convicción subjetiva, la
ininfluenciabilidad y la incorregibilidad de su idea
delirante, determinando que el delirio represente para el
paranoico su vida, su meta, su acción.
Por la
verosimilitud de estas ideas y su proverbial dialéctica
razonante puede extenderse por contigüidad, continuidad y
semejanza a otras personas o grupos sociales; sin embargo,
pese a su carácter razonante y verosímil, la gran influencia
del factor afectivo pasional hace que el delirio paranoico
pueda comprenderse “mucho más como una vehemente sinfonía
que como un verdadero teorema” (Ey).
El tema
delirante con el que históricamente se ha identificado a la
paranoia, es el tema persecutorio, no es el único, pero sí
el más frecuente.
R.H.M., 43 años, contador público, jefe de
sección en una sucursal de un Banco de primera línea. Viene
a la consulta acompañado por su esposa. En realidad, es la
primera vez que el paciente se presenta, luego de reiterados
intentos de su círculo familiar. Accede a la consulta por
sentirse muy presionado, especialmente por su esposa e hijo
mayor.
Durante la entrevista, a solas con el
paciente, expresa su malestar con un obstruccionismo activo,
deslizando reiteradamente que no necesita ninguna ayuda
profesional, luego gira en su actitud y con aparente
amabilidad demuestra su desacuerdo tratando de monopolizar
el diálogo, dificultando toda interrupción proveniente del
entrevistador. Va exponiendo gradualmente las causas de su
problema. A raíz de un incidente con un gerente del Banco
hace dos años, comienza a notar cambios en la actitud de sus
compañeros, especialmente en aquellos con cargos directivos:
“No lo saludaban como antes o lo hacían por obligación; a la
hora del almuerzo trataban de evitarlo; hacían constantes
comentarios sobre él”.
En esos tiempos encuentra en uno de los
cajones de su escritorio un encendedor que no le pertenece,
exige explicaciones con vehemencia y un empleado reconoce el
error de haberlo puesto allí. A partir de ese hecho su
desconfianza y susceptibilidad se acentuaron: no había
actitud del entorno que no estuviera destinada a
perjudicarlo. Todo tenía una razón de ser y esa razón era:
“Están en contra de mí”. Pretendían “impedirle ascender
cuando un gerente próximo a la jubilación abandonara su
cargo”. Se consideraba el candidato natural para sucederlo.
Todos sabían de sus condiciones, de su
capacidad y talento. Lo envidiaban y temían, por eso se
reunían y complotaban con el objetivo de impedirle el
ascenso.
Gradualmente incluyó en el “complot” a
protagonistas de menor jerarquía, cadetes, encargados de
limpieza, y hasta el personal de vigilancia “estaba al
servicio de los otros, espiaban lo que hacía, comentaban a
sus superiores todos sus movimientos y horarios”.
Se volvió retraído y huraño: sólo
participaba de las reuniones de trabajo estrictamente
necesarias. Exigió un cambio de escritorio, con cerraduras
más seguras. Adquirió un maletín expresamente para guardar
la documentación “confidencial”, y no se separaba de él ni
siquiera cuando iba a los sanitarios.
El mal humor y la hostilidad se adscribieron
constantemente a su conducta. Protagonizó varios episodios
de agresión verbal hacia sus compañeros, a lo cuales
manifestó su desprecio, acusándolos sin eufemismos del
“complot que organizaban”.
Poco a poco su preocupación se extendió
fuera del ámbito laboral. Cambiaba el recorrido, tanto para
ir como al salir de su trabajo. “Pensaba que lo seguían para
conocer todos sus movimientos”. Esta actitud se acentúo
cuando ocasionalmente encontró a una empleada de su sección
en una Exposición Rural.
Paralelamente conservó el resto de sus
actividades, hizo dos cursos relacionados con temas de su
profesión, mantuvo la concurrencia al club y la práctica de
deportes. Dos antiguos compañeros de deportes, notando su
preocupación y cambio de ánimo, convencidos por los
argumentos del paciente, le aconsejaron que renuncie y le
ofrecieron otra posibilidad laboral.
Dos meses más tarde, en un clima enrarecido
por intrigas, sospechas y acusaciones a su entorno,
renuncia.
Admite “haber sido abierta e injustamente
perjudicado por los mediocres e incapaces”.
A las pocas semanas comienza a trabajar en
un estudio contable recomendado por un amigo. En corto
tiempo se reactualizan sus ideas de persecución y perjuicio
e incluye en la trama delirante al amigo que lo recomendó.
Desoyendo consejos de familiares y allegados, vuelve a
renunciar. Actualmente “está en tratativas” para obtener un
empleo donde valoren su “capacidad y talento” y “haya menos
envidiosos e incapaces”.
El paciente expresa sus ideas durante su
relato, verosímil y creíble, con absoluta certidumbre,
vehementemente y no admite ninguna posibilidad de ser
refutado. Su autosuficiencia es permanente.
Toda su sintomatología se centraliza en sus
ideas persecutorias, uniformes e invariables, robustecidas
en el tiempo con nuevas interpretaciones delirantes. El
condicionamiento de la conducta del paciente a ellas se hace
con absoluta plenitud. No ha presentado otros trastornos
psicopatológicos.
Los antecedentes son de una estructura de
personalidad paranoide, con notable egocentrismo,
psicorigidez, soberbia y desconfianza.
Durante la entrevista no se ha colisionado
con las ideas del paciente ni se las ha aprobado. No se ha
permanecido por demasiado tiempo en silencio para evitar que
el paciente lo interprete como un signo, de acuerdo con sus
ideas, “el que calla, otorga”. Se han realizado referencias
a su ansiedad, trastornos del sueño y a la repercusión
anímica de sus problemas.
Al término de la entrevista, en el
reencuentro con su esposa, pretende esbozar una sonrisa,
obtiene una mueca. Expresa al despedirse: “Yo lo llamo,
doctor”.
¿Le creeremos?
Reacciones delirantes o paranoides
En la
reacción paranoide, como reacción vivencial anormal que es,
confluyen la predisposición de la personalidad previa
—personalidad psicopática paranoide— y los factores externos
desencadenantes, que son los que determinan este modo de
respuesta de esa personalidad. Pero en este caso no existe
un despliegue, un “desarrollo” de aquellos caracteres o
contenidos de la personalidad, sino una simple respuesta de
ésta, de tipo delirante, frente a una concreta situación
vital capaz de provocarla. Ya antes dijimos que si en el
delirio procesal es el propio proceso el que “hace”
delirante a la personalidad, y en el desarrollo paranoide es
la propia personalidad la que se “hace” delirante, en la
reacción delirante o paranoide podemos decir que es la
personalidad la que ante una concreta situación vital
responde de un modo delirante. Los dos primeros implican
cronicidad del delirio, mientras que la reacción delirante
expresa su transitoriedad, condicionada por la persistencia
del factor desencadenante.
Descripción semiológica
Es un
delirio sistematizado, con una formación delirante estable,
de mecanismo básicamente interpretativo, pudiendo
adscribirse —en forma secundaria y con escasa envergadura—
otros mecanismos. El delirio se organiza a partir de una
temática uniforme, de apariencia lógica y verosímil; estas
temáticas no sólo están en relación con las características
de la personalidad previa, sino además con la situación y
con los factores precipitantes que a veces resultan muy
complejos y variados.
Por su
evolución breve debe diferenciarse la reacción paranoide del
brote paranoide esquizofrénico.
Reacción paranoide:
–
Presencia de acontecimientos desencadenantes y de rasgos
paranoides de la personalidad previa;
–
Ausencia de síntomas disociativos y de desestructuración del
yo;
–
Organización sistemática del delirio con una formación
delirante estable;
–
Evolución generalmente reversible, sin deterioro de la
personalidad.
Brote paranoide esquizofrénico:
–
Irrupción brusca del delirio sin relación con factores
desencadenantes;
–
Presencia de síntomas disgregativos y de desestructuración
de la personalidad;
–
Delirio mal sistematizado, de mecanismo variado con
contenidos polimorfos e ilógicos;
–
Evolución con distintos grados de secuela defectual.
La reacción paranoide puede
resolverse:
– Por
terapéutica,
– Por
huida de la situación,
– Por
cambios favorables de los factores externos, que dejan de
herir el “tendón de Aquiles” de la personalidad.
Si por
el contrario la personalidad del sujeto está muy afectada o
las condiciones desencadenantes persisten o se intensifican,
lo que comenzó como reacción puede perdurar y terminar
organizándose en forma de desarrollo delirante paranoide.
Pronóstico de estos cuadros
delirantes:
Autores
escandinavos, refiriéndose a las psicosis reactivas, señalan
como factores de buen pronóstico los siguientes:
– La
aparición aguda;
– La
individualización de factores desencadenantes;
– Inicio
antes de los treinta años;
– Sexo
femenino;
–
Duración inferior a los seis meses antes de la
hospitalización.
C.I.T., 44 años, viuda desde hace 8,
docente, un hijo casado. Viven juntos en una casa antigua,
la misma donde nació su hijo hace 23 años.
La estructura previa de personalidad era la
de una caracteropatía paranoica con rasgos obsesivos.
Al poco tiempo del casamiento de su hijo y a
raíz de una fuerte discusión con su consuegra, quien la
hecha de su casa, comienza con ideas de perjuicio y
persecución que incluyen a ésta y a su nuera. “Están
envidiosas del amor que mi hijo siente por mí; nos quieren
separar y llevarlo a vivir con la madre de ésta tramposa”.
En una de las discusiones con su nuera, ésta le dice: “No
sea bruja”. Esto precipita los acontecimientos, su natural
hostilidad se acentúa y se profundizan sus vivencias
persecutorias. “Me revisan las cosas; me vigilan ella y la
madre; quieren envenenarme para quedarse con la casa; a mi
hijo le dan brebajes para convencerlo de que me maten”.
Se torna más huraña, se encierra en su
habitación, solicita licencia laboral para no dejar la casa.
Se muestra particularmente agresiva con su nuera. En varias
oportunidades, en ausencia de su hijo, simulando no estar en
la casa, apaga el calefón mientras su nuera se baña. Se
consulta a un gasista, quien “descubre un desperfecto”. Sin
embargo, “el desperfecto” se reitera sólo cuando lo utiliza
su nuera. Un día es descubierta por su hijo y es él quien la
trae a la consulta. Está muy ansiosa, insomne y preocupada,
con ánimo displacentero, “teme perder a su hijo por culpa de
estas estafadoras y asesinas”.
Sus ideas son sistematizadas, fijas e
irrebatibles.
Se indica haloperidol y benzodiacepinas.
Continúa con licencia laboral.
Por sugerencia terapéutica, su hijo y nuera
se trasladan y viven solos.
Una hermana mayor vive con la paciente y es
quien controla que cumpla con el tratamiento.
En entrevistas posteriores se muestra más
tranquila, mejorada en su ánimo, ha rectificado sus ideas y
dice “sentirse avergonzada” por alguna de sus actitudes.
Planifica cambiar de casa e ir a vivir a un departamento
“más cálido y pequeño”. Pese a que ya no vive con ella, su
hijo le ha sugerido que en lo posible “tenga servicios
centrales”.
Kherer,
siguiendo los postulados de Jaspers, distingue en los
estados paranoides reactivos las reacciones paranoides y las
auténticas psicosis de situación. En ambas se sigue el
criterio de reacción de Jaspers, esto es:
–
Iniciación común del delirio y la vivencia,
–
Relación de contenido,
–
Terminación común.
Pero
mientras en la reacción paranoide la vivencia es única y
aguda, en las auténticas psicosis de situación esta vivencia
es continuada y prolongada. Esta distinción entre reacción
paranoide y psicosis de situación se justifica desde el
punto de vista clínico, pero ambos factores —la vivencia
aguda y la prolongada— pueden llegar a imbricarse.
Dentro
de las reacciones paranoides (vivencia única y aguda) pueden
mencionarse, entre otros, una serie de cuadros frecuentes en
la literatura psiquiátrica, como la “paranoia abortiva” de
Gaupp, las “paranoias psicógenas” descriptas por Kraepelin,
Lange, Lacan, y la “paranoia atenuada” de Friedmann, todas
ellas caracterizadas por un delirio sistematizado, poco
duradero y susceptible de curación. También puede incluirse
el “delirio sensitivo de autorreferencia” (Kretschmer) y el
“delirio querulante recidivante” de Racke, en el que cada
vez que aparece la vivencia, reaparece la misma reacción
delirante.
En la
psicosis paranoide de situación (vivencia de acción
continuada y prolongada) se pueden distinguir dos grupos,
según que la reacción psicótica delirante se desencadene por
la acción del medio o por aislamiento de él.
Por
acción del medio:
quizá el modelo de este numeroso grupo sean los llamados
“delirios inducidos” o “delirios compartidos”, descriptos y
estudiados por la Escuela Francesa con la denominación de
“folie à deux”, refiriéndose a aquellos casos en que el
delirio es compartido por dos o más personas (folie à trois,
à quatre, etcétera).
Para la
concreción de este delirio clásicamente se requiere:
– Que
las personas afectadas mantengan una relación íntima o muy
cercana.
– El
contenido delirante debe ser semejante.
– Se
debe compartir la convicción delirante.
– La
frecuencia de los “delirios compartidos” es mayor en los
cuadros paranoides con ideas delirantes de contenido
hipocondríaco.
En la
“folie à deux” se han distinguido tres grupos:
– La
psicosis impuesta, en la que el trastorno pasa del sujeto
enfermo al “sano”, quien es intelectual o moralmente débil.
La sintomatología del segundo desaparece al separarlos. Es
la díada más frecuente.
– La
psicosis simultánea: el delirio reactivo surge al mismo
tiempo en dos personas con igual predisposición premórbida y
determinado por una causa común.
– La
psicosis comunicada: el sujeto enfermo (inductor) trasmite
el delirio al receptor (inducido), pero éste desarrolla
posteriormente la enfermedad en forma autónoma,
evolucionando independientemente aun después de la
separación del inductor.
Por
aislamiento del medio:
el delirio reactivo, generalmente de tipo persecutorio,
aparece frente a variadas situaciones de aislamiento. Se
pueden describir delirios reactivos paranoides de situación
por:
–
Aislamiento físico o ambiental:
De los
prisioneros de guerra,
De las
cárceles.
–
Aislamiento sensorial:
De los
ciegos (Sanchis Banús y otros),
De los
sordos (Kraepelin),
De los
sordomudos (Mikulski).
–
Aislamiento idiomático:
De los
inmigrantes.
En
nuestra experiencia hemos constatado que el delirio reactivo
paranoide de los sordos es mucho más frecuente que el de los
ciegos, siendo más comunes en éstos los cuadros depresivos.
En un estudio que hemos realizado en el Hospital
Oftalmológico Santa Lucía, sobre 12 casos con ceguera
adquirida, constatamos que la relación entre la depresión y
el delirio es muy estrecha y que en la totalidad de los
casos estudiados, previo al delirio, estuvo siempre presente
el cuadro depresivo.
Desde
siempre se ha insistido en la alta tasa de delirios
reactivos paranoides en los inmigrantes. En un estudio
llevado a cabo en Bradford (Inglaterra, 1980) se encontró
que el 16% de los pacientes inmigrados presentaban cuadros
paranoides, comparados con el 4% de los británicos
ingresados durante el mismo período.
Delirio sensitivo de autorreferencia
o sensitivo paranoide (Kretschmer)
Fue
descripto por este autor en 1928 y ha generado no pocas
polémicas en cuanto a su naturaleza, polémicas que perduran
hasta hoy, pues el problema nosológico no se halla
totalmente claro. Este delirio surge como una reacción
delirante sobre una personalidad sensitiva (asténicos,
tímidos, inseguros, hipersensibles, escrupulosidad
excesiva). Son comunes los autorreproches ético-morales
respecto a su conducta, con sentimientos de culpa y
vergüenza (delirio de los “jóvenes masturbadores” y de las
“viejas solteronas”).
Estos
enfermos suelen “rumiar” su delirio en la soledad de su
habitación, siendo sus reacciones más depresivas e
hiposténicas que agresivas.
Muchos
se han preguntado si este delirio se trata sólo de una
reacción paranoide. El mismo Kretschmer sostiene en su
monografía que sí lo es; sin embargo, no considera a los
factores ambientales como imprescindibles y aclara que sólo
actuarían como determinantes complementarios.
Ciertas
tendencias consideran a este delirio sensitivo de
autorreferencia como un síndrome delirante que tiene como
base de su unidad sindrómica el manifestarse sobre estas
personalidades psicopáticas, inseguras de sí mismas, de tipo
sensitivo en el sentido de Kretschmer. Pero como tal, este
síndrome puede expresarse a través de tres patogenias
diferentes:
– Como
reacción paranoide. Es lo que Kretschmer califica de casos
“puros” o “leves”, de buen pronóstico. Serían los más
frecuentes.
– Como
desarrollo paranoide o paranoico. Se organizaría el delirio
a partir de esta personalidad de rasgos sensitivos
paranoides. De esta forma evolucionaría un cierto número de
casos graves, pero sin deterioro de la personalidad.
– Como
desencadenante y superestructura psicógena de un proceso
esquizofrénico. Tendría lugar en estos casos un tipo de
esquizofrenia que en la forma de producirse mostraría una
analogía con las depresiones “cristalizadas”, pues aquí
estos cuadros esquizofrénicos se inician como una psicosis
reactiva, “cristalizando” endógenamente y llevando a un
deterioro, más o menos marcado, de la personalidad.
Probablemente estos y otros casos similares son los que han
hecho adscribir a Bleuler la paranoia a la psicosis
esquizofrénica.
Escuela psiquiátrica francesa
Esta
escuela, a partir de Magnan y de su discípulo Legrand, le
dio particular importancia a los delirios agudos,
describiendo el delirio polimorfo agudo de los disarmónicos
o “bouffée” delirante de los degenerados hereditarios.
Caracterizados por un comienzo súbito (en llamarada) y con
una evolución corta. Existen alucinaciones auditivas y
visuales, con ideas delirantes persecutorias, megalómanas,
eróticas o místicas, no estructuradas. Terminan con la
curación y más raramente pueden pasar, sin solución de
continuidad, al estado crónico. Este cuadro es el prototipo
del delirio agudo alucinatorio, que en Alemania se denominó
“paranoia alucinatoria aguda” (Westphal).
Los
delirios agudos no alucinatorios fueron una exclusividad de
la escuela francesa, no aceptados por los autores germanos;
incluyeron dos variedades: el delirio imaginativo agudo y el
delirio interpretativo agudo.
En
cuanto a los delirios crónicos, los psiquiatras franceses,
de manera similar a lo que ocurrió en Alemania, tomaron
conciencia de que el trastorno que mejor caracterizaba las
formas crónicas de la alienación era la “perturbación del
pensamiento”, expresada clínicamente por la aparición de
“ideas delirantes”. Por este camino el grupo de los delirios
crónicos pasó a constituir uno de los sectores centrales de
la nueva ordenación de la clínica psiquiátrica. La primera
contribución significativa la realizó Lasegue en 1852 al
aislar de la melancolía un síndrome al que denominó “delirio
sistemático de persecución”.
Las
descripciones de las formas de delirio crónico se
multiplicaron rápidamente a partir del trabajo de Lasegue.
Su diferenciación se realizó según tres criterios distintos
y sucesivos:
– En
primer lugar, con respecto al “tema” del delirio. Ejemplo de
esta tendencia fueron los delirios de grandeza de Foville o
el de los perseguidores razonantes de Falret. Pronto se
incurrió en una atomización de los cuadros clínicos en la
temática delirante.
–
Posteriormente se intentó una reelaboración de estos
síndromes para lograr una mayor utilidad clínica. Su
agrupación se hizo según el mecanismo o función psíquica que
parecía intervenir fundamentalmente en su causación.
Surgieron así los delirios de interpretación de Paul Serieux
y Capgras, los imaginativos de Dupré, los pasionales de
Clerambault, etcétera.
– Por
último, un tercer camino fue el de individualizar los
síndromes delirantes en función de los caracteres formales y
evolutivos de sus cuadros clínicos. Surgió así el grupo de
los delirios sistemáticos, sin duda el intento nosográfico
más ambicioso realizado por la psiquiatría francesa en este
sector clínico.
Una de
las contribuciones más importantes de la escuela francesa
estuvo dada por Serieux y Capgras, al ordenar los delirios
crónicos en alucinatorios y no alucinatorios. Dentro de los
primeros incluyeron el delirio crónico de evolución
sistemática de Magnan, de cierta semejanza con la parafrenia
sistemática y las “formas fantásticas”, de íntima
vinculación con la parafrenia de igual denominación.
Dentro
de los delirios crónicos no alucinatorios, incluyeron:
1)
Delirio de interpretación (Serieux y Capgras). Es un
“desarrollo” que crece por irradiación y difusión; le han
llamado en “tela de araña” porque a partir de un núcleo
central se extiende progresivamente con el agregado
permanente de nuevas interpretaciones, predominando siempre
el razonamiento lógico. Sus características primordiales
son:
–
Interpretaciones delirantes;
–
Ausencia de alucinaciones;
–
Organización sistemática del delirio con persistencia de la
lucidez y actividad psíquica;
–
Incurabilidad sin demencia terminal.
2)
Delirio de reivindicación (Serieux y Capgras). En este
delirio coexisten una “idea prevalente”, política, social,
erótica, celosa, etcétera, con un “estado pasional” que
convierte a estos enfermos en fanáticos, recelosos,
rencorosos y vengativos.
Con
independencia del contenido específico del delirio y de la
exaltación pasional, presentan características similares a
la variedad interpretativa (no alucinatorio, lúcido, sin
deterioro de la personalidad), pero en este caso el
“desarrollo” del delirio es en “cuña” y no en “tela de
araña”, ya que el reivindicador comienza con una idea
definida que rápidamente se torna dominante, absorbiendo
toda su vida. El delirio alcanza su definitiva dimensión
desde el momento en que se instala. El reivindicador quiere
hacer triunfar su idea apasionadamente y no vacila en
sacrificar sus bienes, la libertad y hasta su vida en pos de
ello (delirio pasional).
Hay dos
tipos de reivindicación:
– El
delirio reivindicador egocéntrico (pleitistas, perseguidos
hipocondríacos, erotomaníacos, etcétera);
– El
reivindicador altruista (inventores, “reformadores
sociales”, autodidactas, profetas).
Serieux
y Capgras circunscriben la paranoia de la Escuela germana a
estos delirios no alucinatorios de interpretación y de
reivindicación.
3)
Delirio imaginativo crónico de Dupré y Logre. Fue descripto
como un delirio con:
–
Riqueza del contexto imaginativo;
–
Presencia de ideas por lo general megalómanas, eróticas o de
invención;
–
Pobreza alucinatoria.
Ya hemos
comentado que mientras el delirante interpretativo “trabaja”
sobre hechos reales, pero falseados por su desviación
judicativa, el delirante imaginativo transporta al mundo
circundante sus invenciones espontáneas, a las que confiere
absoluta certeza.
Por su
carácter eminentemente imaginativo y su pobreza alucinatoria
puede ser puesto en paralelo con la parafrenia
confabulatoria.
Los delirios pasionales (Gaetan de
Clerambault)
En un
principio Serieux y Capgras denominaron “delirio pasional”
al delirio de reivindicación. Posteriormente Clerambault
realiza un valioso estudio determinando que no hay un
delirio pasional, sino varios, y describe magistralmente
sobre todo a uno de ellos: la erotomanía, quizá el más
importante de sus “delirios pasionales”.
Este
delirio, netamente reivindicativo, consiste en la convicción
del delirante de ser amado por alguien que lo desconoce o
ignora (generalmente una persona relevante). Es un delirio
platónico donde el delirante “se cree amado”, en
contraposición al delirio celotípico, donde “cree no ser
amado”.
El drama
se desarrolla en tres actos: el de la esperanza, durante la
cual cualquier palabra o acción de la persona amada acentúa
la convicción delirante de ser amada; el del despecho, como
resultado de haber sido rechazado en forma reiterada,
pudiendo desembocar rápidamente en el odio y rencor finales,
traducidos por amenazas y reacciones agresivas de gravedad
variable, que determinan la frecuente intervención policial
con la caída del telón del drama pasional.
Estudio comparado de las concepciones
alemana y francesa clásicas (Kraepelin, Serieux, Capgras)
Ambas
concepciones han descripto con frecuencia y distinto nombre
entidades similares, pero lo cierto es que aún en el
presente y pese a todos los esclarecimientos efectuados, no
se ha llegado a un absoluto paralelismo, lo que torna
difícil señalar equivalencias ajustadas; por lo tanto esta
correlación es sólo aproximada y tiene más que una finalidad
nosográfica, un propósito docente (véase el Gráfico 3).
No se
encuentra equivalente en la clasificación francesa de la
parafrenia expansiva, que Kraepelin reconoce haber tomado,
en un comienzo, como una forma atípica de la manía. No
obstante puede encontrarse una relativa aproximación, fuera
de esta clasificación, en el Delirio psicomotor de Seglas,
caracterizado por:
–
Predominio marcado de sintomatología psicomotora, con
euforia e impulsiones;
–
Frecuencia de alucinaciones visuales y cenestésicas;
–
Relativa conservación de la personalidad;
– Ideas
megalómanas y de posesión.
Un
aporte trascendente a la escuela francesa en el estudio de
los delirios es el realizado por Henri Ey, quien junto a
Julien Rouart son los más auténticos representantes de la
teoría órgano-dinámica basándose en los tres principios de
Jackson (evolución, disolución, signos positivos y
negativos) y en los cuatro factores de la locura
(personalidad, velocidad, profundidad y factores exteriores
y corporales).
Ey
considera la experiencia delirante primaria como un estado
de desorganización de la conciencia, constituyendo este
trastorno de conciencia “el hecho primordial” a partir del
cual pueden organizarse sistematizaciones delirantes al
estilo paranoico o proliferaciones fantásticas al estilo
parafrénico.
Para el
autor galo las ideas delirantes nacen, por lo tanto, en los
trastornos agudos de la conciencia y terminan organizándose
en el plano de la personalidad. Es así que el “delirio de un
momento” tiende a convertirse, infiltrando la personalidad,
en el “delirio de una existencia”.
Ey
clasifica los delirios crónicos de acuerdo con su grado de
estructuración y evolución deficitaria (véase el Gráfico 4).

Pichot
(1982) mantiene tres grupos de delirios crónicos
individualizados y separados del contexto nosológico de las
esquizofrenias.
Estos
son: la paranoia, la parafrenia y la psicosis alucinatoria
crónica.
La
psicosis alucinatoria crónica fue descripta por Gilbert-Ballet
en 1912. Como bien señala Hanus (1973), es “una entidad
nosográfica típicamente francesa”. Antiguamente fue
denominada también “paranoia alucinatoria”.
Es un
delirio sistematizado de evolución crónica caracterizado por
un cuadro de automatismo mental y por la importancia y la
intensidad de las alucinaciones, generalmente de naturaleza
auditiva y cenestésica. Las pseudoalucinaciones son
frecuentes, en forma de transmisión del pensamiento,
adivinación del pensamiento, voces interiores, etcétera.
El
delirio se constituye en una atmósfera dominada por temas de
influencia, persecución y posesión.
Gilbert-Ballet
y otros autores clásicos (Seglas, Clérambault) admitían que
estas psicosis evolucionaban hacia un debilitamiento
terminal; ésta es una de las razones por la cual fuera de
Francia estos cuadros están englobados en la esquizofrenia;
para la escuela francesa moderna, la forma típica de
psicosis alucinatoria crónica evoluciona con plena
conservación de la lucidez y de las capacidades del sujeto,
lo que contrasta con el núcleo delirante y la profusión
alucinatoria.
Un
exponente de la escuela francesa, Charles Henry Nodet,
critica la psicosis alucinatoria crónica, entidad que según
este autor ha sido admitida por razones clínicas y
doctrinales. Razón clínica, porque todos los delirios
crónicos alucinatorios aparentaban tener una misma unidad
clínica. Razón doctrinaria, porque la concepción atomística
de la alucinación como generadora del delirio le confería
una unidad patogénica. Nodet analiza estos dos argumentos
diciendo que es imposible continuar sosteniéndolos y le
opone dos órdenes de argumentos:
1) Desde
el punto de vista clínico sostiene que es por demás difícil
delimitar en ciertos momentos el papel desempeñado por la
alucinación, la interpretación, la intuición, la ilusión,
que suelen estar frecuentemente intrincadas. Enfatiza Nodet
que la unidad clínica de la psicosis alucinatoria crónica no
se justifica ni desde el punto de vista semiológico ni desde
el punto de vista estructural ni evolutivo.
2) Desde
el punto de vista doctrinario considera difícil concebir la
alucinación como generadora del delirio. Nodet es partidario
de una concepción dinámica de la alucinación “Es, ante todo,
una creencia errónea en la aprehensión del yo y del mundo
exterior. Su naturaleza es ser fenomenológicamente estésica,
pero patogenéticamente ilusional y condicionada por una baja
del nivel psíquico a determinismo biológico”. Para este
autor, la alucinación está amasada con la personalidad del
sujeto e integrada dentro de un comportamiento mórbido y
vital. Es una superestructura en relación con los materiales
propios e irreductibles, pero cuya razón de ser es la
estructura psicopática primitiva, profunda, de donde surge.
Para Nodet, la alucinación es, pues, secundaria en el
análisis estructural de un delirio.
Estados Unidos de Norteamérica: el
DSM-IV
En
general la psiquiatría en los Estados Unidos ha dedicado
poco esfuerzo a la descripción y conceptualización de los
cuadros delirantes.
La
psicopatología descriptiva fue relegada a un papel
secundario. En este sentido la vasta influencia del
psicoanálisis ha sido un factor trascendente, ya que la
descripción de los síntomas y la diferenciación de las
constelaciones sintomáticas son consideradas por el
psicoanálisis y escuelas psicodinámicas afines, menos
importantes que la comprensión de los mecanismos a través de
los cuales el paciente llega al estado delirante.
La
pérdida del valor de las descripciones semiológicas también
ha sido el resultado de un rechazo a elaborar pronósticos
basados en el reconocimiento de los síntomas, por
considerarlos poco seguros, con el consiguiente desinterés
por los estudios catamnésicos o evaluativos.
En las
últimas décadas, parte de los problemas en los Estados
Unidos han sido producto de los frecuentes cambios en los
criterios diagnósticos, que se ven plasmados en las
sucesivas ediciones del Diagnostic and Statistical Manual
of Mental Disorders (DSM), de la Asociación Americana de
Psiquiatría. Un manual de nosología que exige comprobar la
presencia de los signos y síntomas que juzga característicos
para cada trastorno, antes de efectuar el diagnóstico y que
ha desencadenado no pocas polémicas, no sólo dentro del
ámbito psiquiátrico americano.
Las
clasificaciones DSM-II (1968) y DSM-III (1980) prestan
atención al tipo de personalidad y al síndrome clínico, y
así aparecen como “entidades” separadas la esquizofrenia y
los “estados paranoides”, estimulando o induciendo a
multiplicidad de diagnósticos o de aspectos diagnósticos del
mismo caso.
La
revisión del DSM-III (1987) cambia drásticamente la
conceptualización de los trastornos paranoides, poniéndoles
el nuevo nombre de “trastornos delirantes”; el término
“paranoide” fue descartado por ser inherentemente ambiguo y
presuponer contenidos persecutorios del delirio.
La
concepción norteamericana actual queda plasmada en el DSM-IV
(1994), donde los cuadros delirantes aparecen rígidamente
codificados, separados de la esquizofrenia y de los
trastornos del estado de ánimo, comprendiendo:
–
Trastorno delirante (Código F 22.0),
–
Trastorno psicótico breve (Cód. F 23.8 x),
–
Trastorno psicótico compartido (folie à deux) (Cód. F 24).
También
describe el trastorno psicótico debido a enfermedad médica,
con ideas delirantes (F 06.2); el trastorno psicótico
inducido por sustancias con ideas delirantes (distintos
códigos de acuerdo con la sustancia específica) y el
trastorno psicótico no especificado (F 29).
Trastorno delirante (F 22.0)
El
concepto de este trastorno en Estados Unidos es muy parecido
a la definición de paranoia establecida por Emile Kraepelin
en forma sucesiva en 1912 y 1919.
Los
criterios del DSM-IV para el trastorno delirante son:
A) Ideas
delirantes no extrañas (por ejemplo, que implican
situaciones que ocurren en la vida real, como ser
perseguido, envenenado, infectado, amado a distancia,
engañado por el cónyuge o amante, o tener una enfermedad) de
por lo menos un mes de duración.
B) Nunca
se ha cumplido el criterio para la esquizofrenia
(alucinaciones, lenguaje desorganizado, síntomas negativos).
C)
Excepto por el impacto directo de las ideas delirantes o sus
ramificaciones, la actividad psicosocial no está deteriorada
de forma significativa y el comportamiento no es raro ni
extraño.
D) Si se
han producido episodios afectivos simultáneamente a las
ideas delirantes, su duración total ha sido breve en
relación con la duración de los períodos delirantes.
E) La
alteración no es debida a los efectos fisiológicos directos
de alguna sustancia (por ejemplo, droga o medicamento) o a
una enfermedad médica.
El
núcleo del trastorno es, por lo tanto, la presencia de una
ideación delirante, bien sistematizada, encapsulada y no
extravagante.
Bien
sistematizada porque es un delirio con una organización
coherente, con unidad temática e invariabilidad.
El
término “encapsulada” indica que en general, a no ser por la
idea delirante o sus ramificaciones, el paciente no presenta
deterioro que afecte de manera evidente su nivel de
funcionamiento y adaptación social.
El hecho
de que estas ideas sean no extrañas o extravagantes implica
que simulan situaciones verosímiles, que pueden producirse
en la vida real, y no situaciones imposibles o absurdas,
como por ejemplo, viajar todos los meses a otra galaxia para
someterse a un tratamiento cósmico.
En el
trastorno delirante, el delirio constituye la manifestación
clínica central.
Ocasionalmente pueden encontrarse alucinaciones auditivas,
desempeñando un papel secundario y nunca con características
de “voces dialogadas” o “voces comentadoras de la
actividad”. Otro tipo de alucinaciones —olfativas,
gustativas, táctiles— si las hay, al igual que las
auditivas, no son predominantes.
Según el
DSM-IV, al trastorno delirante se le asignan los siguientes
tipos en base al tema delirante que predomine:
1)
Tipo erotomaníaco (síndrome de Clerambault): ideas
delirantes de que otra persona, en general de un status
superior, está enamorada del sujeto.
2)
Tipo de grandiosidad: ideas delirantes de tener una
fortuna, poder, conocimientos, identidad o relación especial
con una divinidad o una persona famosa.
3)
Tipo celotípico: la idea delirante es que el cónyuge o
amante es infiel.
4)
Tipo persecutorio: ideas delirantes de que la persona (o
alguien próximo a ella) está siendo perjudicada o
maliciosamente tratada de alguna forma.
5)
Tipo somático: la idea delirante es que la persona posee
cierto defecto físico o alguna enfermedad (por ejemplo,
SIDA).
6)
Tipo mixto: incluye a los pacientes con ideas delirantes
que poseen más de un tema característico (por ejemplo,
persecutorio y somático), pero sin predominio de un tema en
especial.
Existe
una categoría residual (tipo no especificado) para los
pacientes que no se ajustan a las categorías anteriores (por
ejemplo, que han estado enfermos por menos de un mes).
De los
tipos descriptos, el celotípico y el persecutorio son los
más comunes (Winokur, 1977), siendo el erotomaníaco y el
somático los menos frecuentes.
Otros temas delirantes
Hay
otros trastornos delirantes que reciben nombres específicos
en la literatura psiquiátrica. En ausencia de una
explicación orgánica, estos delirios se clasifican en el
DSM-IV como trastorno delirante tipo indiferenciado o como
trastorno psicótico no especificado.
El
Síndrome de Capgras es el delirio en el cual el sujeto cree
que un familiar o persona muy allegada ha sido reemplazado
por un doble (tema de la película de terror titulada “La
invasión de los ladrones de cuerpos”). Una variante la
constituye el síndrome de Fregoli; en este caso el paciente
cree que una o más personas de su ambiente han adquirido el
aspecto de individuos desconocidos.
Estos
síndromes pueden, sin embargo, aparecer en otros trastornos
mentales como la esquizofrenia.
Diagnóstico diferencial
El
trastorno delirante, como hemos visto, se caracteriza por
delirios prominentes y por la ausencia relativa de
alucinaciones, de pensamiento o conducta desorganizados o
deterioro del afecto.
Estas
psicosis de evolución generalmente crónica y gravedad
variable, poco frecuentes de observar en relación con otras
psicosis, pueden verse sin embargo con cierta regularidad en
los Servicios Psiquiátricos de los Hospitales Generales.
A causa
de la frecuencia de los síntomas delirantes en muchas formas
de trastornos mentales, orgánicos y funcionales, es
importante efectuar la valoración diagnóstica con cuidado,
ya que suele dar como resultado una elección diferente del
tratamiento más específico.
Esta
valoración debe incluir una exploración física para
descartar el consumo de alcohol y de drogas, así como
infecciones, trastornos metabólicos y endocrinos. Los
análisis clínicos de rutina pueden estar indicados,
dependiendo de los resultados de la historia clínica y de la
exploración física realizada. Cuando se sospecha la
presencia de tumor cerebral, puede ser útil la TAC o la RMN.
El
diagnóstico diferencial del trastorno delirante debe
establecerse con:
1)
Esquizofrenia paranoide y trastorno esquizofreniforme.
Es un
delirio con inicio en edades más jóvenes, no sistematizado,
extraño o inverosímil, con alucinaciones auditivas
predominantes, alteraciones del curso del pensamiento, que
junto con la existencia de síntomas prodrómicos o residuales
permiten establecer el diagnóstico.
2)
Trastornos del estado de ánimo con síntomas psicóticos
asociados.
La
principal distinción es que en el trastorno delirante está
ausente el síndrome depresivo o maníaco completo. La
distinción además depende de la relación temporal entre la
alteración afectiva y las ideas delirantes.
Especial
relevancia tiene el diagnóstico diferencial entre el
trastorno delirante de grandiosidad y los episodios
maníacos, y el diagnóstico diferencial entre los trastornos
delirantes somáticos y la depresión.
El
maníaco presenta con frecuencia síntomas paranoides tales
como ideas de grandeza y pensamiento autorreferencial. El
diagnóstico diferencial es algo más complejo si en lugar del
característico buen humor, el maníaco hace gala de
hostilidad agresiva o de quejas de mal trato.
La
diferenciación con el trastorno delirante de grandiosidad se
basa en:
– Antes
o después de la crisis colérica el maníaco asumirá su
habitual actitud de cordialidad y gregarismo. Incluso cuando
presenta ocasionalmente una fase de hostilidad, ésta
desaparece tan pronto como se despierta su sentido del
humor. Como contraste, en el paranoico la espontaneidad de
las reacciones afectivas se ve inhibida por proyecciones y
negaciones complejas, frente a la total desinhibición
maníaca.
– En el
trastorno delirante las ideas delirantes son fijas y bien
sistematizadas: no cambian en cada exposición, como ocurre
frecuentemente en el maníaco, expresión de su pensamiento
ideo-fugal. Se ha dicho que mientras el maníaco en su
ideación delirante “salta”, el pensamiento delirante
paranoico “se propaga”.
– En la
manía el comienzo de la alteración anímica precede a las
ideas delirantes y persiste tras la remisión de éstas.
La
distinción entre trastorno delirante somático y el trastorno
afectivo depresivo debe realizarse por la ausencia en el
primero de otros signos de depresión y de la sensación de
que la depresión invade la totalidad de la vida del
paciente.
Debemos
insistir en que en el trastorno delirante el delirio es
siempre sistematizado, y además, los síntomas depresivos,
cuando aparecen, son posteriores a las ideas delirantes
paranoides o son transitorios.
3)
Trastorno paranoide de la personalidad.
En este
trastorno de personalidad las manifestaciones de
características paranoides se corresponden con ideas
sobrevaloradas. El paciente no delira, por lo tanto no es un
psicótico. Sin embargo, considerando la frecuencia con que
los trastornos delirantes aparecen en sujetos con rasgos
paranoides de personalidad, puede resultar no fácil la
distinción clínica entre la extrema suspicacia e
hipervigilancia y el delirio franco.
4)
Trastornos somatoformes.
Debe
hacerse especialmente el diagnóstico diferencial del
trastorno delirante tipo somático con la hipocondría (temor
o preocupación intensa de padecer una enfermedad grave), y
con el trastorno dismórfico (preocupación por algún defecto
imaginario en el aspecto físico). En estos últimos las
creencias carecen de consistencia delirante; en la
hipocondría como en el trastorno dismórfico, el paciente
puede admitir la posibilidad de que su trastorno no exista;
mientras que en el trastorno delirante esto es imposible.
5)
Delirios orgánicos.
Debe
hacerse la distinción del trastorno delirante en especial
con la demencia tipo Alzheimer, de inicio temprano, con
ideas delirantes. Este cuadro se diferencia por presentar,
además del síndrome psicoorgánico característico (déficit
intelectual y amnésico progresivo e irreversible, signos
neurológicos y físicos variados y múltiples), ideas
delirantes simples, volátiles y poco significativas, en
contraposición a la sistematización, fijeza y resonancia de
las ideas del trastorno delirante.
Ciertos
estados paranoides involutivos deben diferenciarse de la
demencia arteriosclerótica de tipo paranoide; esta última,
además de presentar el síndrome psicoorgánico
correspondiente a la enfermedad vascular, revela un típico
rasgo diferencial constituido por la fructuación de los
trastornos de conciencia y del debilitamiento amnésico e
intelectual.
6)
Trastorno psicótico breve (F 23.8 x).
Según el
DSM-IV, en este trastorno las ideas delirantes tienen una
duración de al menos un día, pero inferior a un mes, con
retorno completo al nivel premórbido de actividad.
En el
trastorno delirante en cambio, la duración no debe ser menor
a un mes.
Estos
criterios han dado lugar a distintas interpretaciones del
mismo episodio. Así, los criterios diagnósticos de la CIE-10
de a OMS establecen para el trastorno delirante al cual
denominan “trastorno delirante persistente”, una duración
mínima de los síntomas de tres meses; por debajo de este
plazo se trata de un trastorno psicótico breve.
Curso y evolución
Tanto
Kahlbaum como Kraepelin concluyeron que la paranoia tenía un
curso crónico y sin remisión, con un mejor pronóstico que la
esquizofrenia.
Estudios
más recientes (Winokur, 1971) observó que el 79% de los
pacientes hospitalizados por trastorno delirante terminaban
dados de alta, comparado con sólo el 26% de los
esquizofrénicos.
Durante
el posterior seguimiento a lo largo de tres años, el 31%
fueron considerados “socialmente recuperados”, mientras que
al 69% restante se los consideró crónicamente enfermos.
En
concordancia con los primitivos conceptos de Kraepelin, la
mayoría de los estudios de seguimiento sugieren que el
trastorno delirante es diagnósticamente estable a lo largo
del tiempo, aunque recientemente Opjordsmoen (1989) halló
que casi una cuarta parte de los pacientes con un trastorno
delirante habían desarrollado una esquizofrenia, confirmando
las primitivas ideas de Bleuler con respecto al tema de la
paranoia.
Tratamiento
Hospitalización
Un
problema muy molesto en los cuadros delirantes, que suele
enfrentar al paciente, a su familia y al médico, es la
decisión de cuándo debe ser internado el paciente.
En
general las razones para hospitalizar al paciente delirante
son:
1)
Cuando la enfermedad irrumpe por primera vez, para realizar
evaluaciones médicas y neurológicas, con el fin de descartar
patologías no psiquiátricas causantes de delirios y para
estabilizar la dosis de la medicación antipsicótica.
2)
Cuando la conducta agresiva potencial o manifiesta puede
producir daño al paciente o a terceras personas, guardando
en general relación con los contenidos delirantes (celotípicos,
persecutorios, etcétera.)
3)
Cuando se detectan en el paciente ideas de suicidio.
4) En el
caso de que el paciente sea incapaz de cuidarse a sí mismo
(por ejemplo, en respuesta a voces imperativas que le
ordenan no alimentarse).
Aun en
pacientes no manifiestamente agresivos, la conducta frente
al delirio puede afectar seriamente su funcionamiento
familiar y laboral, requiriendo la hospitalización para
estabilizar estos contextos.
La
reacción delirante paranoide, si presenta características
muy agudas con cierto grado de peligrosidad, hace necesaria
la internación, logrando con ello separar al paciente del
medio en el que se ha desencadenado la reacción, además de
revisar y ordenar el plan psicofarmacológico y
psicoterapéutico.
Los
desarrollos delirantes paranoicos son una indicación de
ingreso en los establecimientos psiquiátricos; suelen ser
ingresos tumultuosos y hasta violentos, con importantes
trastornos del comportamiento. El paciente no acepta,
habitualmente, la internación ni las visitas, ya que está
convencido de estar perfectamente sano.
Los
delirantes parafrénicos son los más pacíficos e innocuos
entre los alienados lúcidos; sin embargo, su internación se
indica frente a episodios de naturaleza aguda, ostensibles y
groseros que no siempre señalan el comienzo real de la
afección. Generalmente la enfermedad data de mucho tiempo
atrás, sin haber provocado incompatibilidades sociales hasta
ese momento.
Farmacoterapia
Los
neurolépticos constituyen el pilar principal en el
tratamiento de la mayoría de los cuadros delirantes. Su
elección se hará en base a:
1)
Historia farmacológica del paciente. Si existen antecedentes
de utilización de neurolépticos, se elegirá el fármaco que
previamente haya sido eficaz.
2)
Efectos secundarios del neuroléptico. Se debe evaluar la
sensibilidad del paciente a los efectos extrapiramidales
inducidos por los antipsicóticos. En enfermos con
antecedentes de extrapiramidalismo intenso se tratará de
evitar la administración de neurolépticos con potente acción
antipsicótica.
Si bien
siempre se señala la superioridad de algún fármaco sobre
otro, la elección del fármaco depende más del paciente que
de la enfermedad.
Si el
paciente no muestra una respuesta a las dosis adecuadas de
una medicación antipsicótica estándar en un plazo de 4–6
semanas, debe intentarse un segundo o tercer antipsicótico
durante el mismo período de tiempo.
Las
benzodiazepinas se han utilizado tanto solas como en
combinación con fármacos antipsicóticos en diversos cuadros
delirantes. Su mayor utilidad es como coadyuvante de los
antipsicóticos en los episodios agudos con agitación (por
ejemplo, haloperidol 5 mg y lorazepam 4 mg por vía
parenteral cada 30 minutos).
La
mayoría de los pacientes se tranquilizan con la dosis
inicial.
Las
benzodiazepinas también son útiles para disminuir la
acaticia que se asocia con la medicación neuroléptica.
Se ha
sugerido que algunas formas específicas del trastorno
delirante, como por ejemplo la psicosis hipocondríaca
monosintomática (trastorno delirante de tipo somático),
puede tener una buena respuesta a la pimozida, un fármaco
antipsicótico.
Una
causa común del fracaso terapéutico es el no cumplimiento
del plan farmacológico indicado; las preparaciones depot (decanoato
de haloperidol) que requieren una sola aplicación IM cada 4
semanas pueden ser útiles para que el paciente cumpla con la
continuidad de la medicación.
Los
pacientes que se benefician con un tratamiento a corto plazo
con antipsicóticos son candidatos a una profilaxis a largo
plazo.
El
objetivo del mantenimiento con antipsicóticos es el control
continuado de los síntomas en los pacientes psicóticos
crónicos.
Aunque
la duración del tratamiento para la prevención de eventuales
reagudizaciones delirantes no ha sido establecida, Kissling
(1991), recomienda un período de uno a dos años de
tratamiento tras el episodio psicótico agudo, y en los
pacientes con antecedentes de varios episodios delirantes,
señala una duración del tratamiento no inferior a cinco años
debido al alto riesgo de recidivas.
Psicoterapia
El
cuadro más complicado y de abordaje difícil es el de los
trastornos delirantes, ya que el paciente paranoico, con su
natural desconfianza, soberbia y hostilidad, no va a
consultar al especialista. Muchos de ellos, especialmente
los querellantes, son más propensos a convertirse en
clientes de abogados que en pacientes del psiquiatra. Este
hecho puede ser el responsable del bajo porcentaje que
informan los médicos sobre este delirio.
No
suelen ser recomendables ni la psicoterapia orientada a la
conciencia de enfermedad, ni la psicoterapia de grupo,
debido a que la hipersensibilidad y las sospechas pueden
conducir a una mala interpretación.
Lo más
recomendable consiste en tratar de iniciar una relación
terapéutica con el objetivo de conseguir la confianza y la
colaboración del enfermo. Esto implica una aproximación
estrictamente profesional, amable pero cuidadosa, ya que una
excesiva cordialidad puede incrementar la hostilidad y
suspicacia paranoides.
En
principio el especialista no debe estar de acuerdo con las
ideas delirantes del paciente, tampoco colisionar con ellas
o condenarlas. En las primeras entrevistas no es conveniente
centrarse en la temática delirante, salvo que el paciente se
refiera a ella en forma espontánea.
El
médico puede ayudar a que el paciente acepte el tratamiento,
haciéndole notar que el objetivo es combatir los síntomas
ansiosos o depresivos y no el carácter de sus ideas.
Debe
asegurarse confidencialidad al paciente, por lo tanto la
información que se suministre a los familiares debe ser
discutida también con el paciente.
Una vez
establecida la relación terapéutica, el médico puede
comenzar gradualmente a indicarle al paciente en forma
comprensiva, cómo sus ideas interfieren en la vida de los
demás y no le permiten llevar una vida constructiva. Cuando
el paciente empieza a dudar de sus creencias delirantes, el
terapeuta puede aumentar la confrontación con la realidad.
No pocas
veces el resultado de un buen tratamiento puede ser un
ajuste social satisfactorio, más que la reducción del
delirio paranoico.
Por cada
uno de los casos de paranoia que hallamos en nuestros
hospitales, hay cientos que padecen grados variables de
desconfianza, sospecha y falta de introspección, y ésta es
la barrera que les ciega los ojos a cualquier acercamiento
terapéutico.
Para que
la tarea del médico resulte más fructífera y menos
frustrante frente a este difícil grupo de pacientes, se debe
observar la regla fundamental que dice que cuando estemos
frente a ellos, tratemos su delirio, pero no olvidemos a la
persona profundamente insegura y molesta que lo ha gestado.
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