Cuentos
sobre psicópatas:
Guillermina, la
encantadora de serpientes
Colaboración de:
Mara Delsur, julio de 2007
“Oh, Dios,
llegamos al punto de la muerte sólo para comprobar
que nunca
hemos vivido en lo más mínimo!” Thoreau en “Waldem”
Una semana después, supe de su muerte.
El mundo ha perdido una mujer peligrosamente bella, pensé
y no pude sentir más que desconcierto.
Guillermina había dejado la terapia un
año y medio antes de que la diagnosticaran la enfermedad
que se la llevó. No regresó después de las vacaciones y de
verdad sentí una especie de alivio. Ella tenía la virtud
de incomodarme, era una de esas pacientes que se empeñaba
en hacérmela difícil.
Casi nunca estaba de acuerdo con mis
sugerencias, rechazaba mis intervenciones sin
considerarlas y parecía no oír ninguna interpretación que
contradijera su propia visión de la realidad.
“¿Para qué viene si es incapaz de
validar algo de lo que digo?”, me pregunté tantas veces.
“¿Para qué gasta su dinero inútilmente?”. Aunque respecto
del dinero debo decir que Guillermina tenía un manejo muy
particular: revolvía su cartera al término de cada sesión
para decir: “!Uy, no traje… otra vez me olvidé!”. A lo que
yo interpretaba como su modo frecuente de descalificar al
terapeuta.
Las sesiones se desarrollaban en un
clima difícil. Yo no estaba allí para juzgar las actitudes
y conductas de mi paciente pero era imposible no
desaprobar su dureza en el trato con sus hijos, ambos
adolescentes. Emiliano había decidido ir a vivir con un
amigo porque se sentía maltratado. Ella no se dejaba
torcer el brazo: si el muchacho no aportaba dinero, no
comía en casa. Por eso lo desalentaba y lo expulsaba con
sus respuestas cuando Emiliano llamaba quizá esperando
una invitación a volver.
De su hija, Magali, también se quejaba,
sobre todo del “engendro de su novio que no sirve para
nada”. Guillermina había hecho del litigio una forma de
vida, la confrontación era su mejor manera de estar en el
mundo. Estaba empeñada en negarle a su ex marido lo que le
correspondía por la mitad de la importante casa que habían
adquirido. Tampoco pagó los impuestos durante años, y aún
le debía los honorarios a la abogada que efectivizó el
divorcio.
Guillermina tenía hacía mucho tiempo un
cargo “ñoqui” en policía, en el que cobraba un salario
tipo beca por quedarse en su casa y ocuparse de sí misma.
Esta situación no le generaba ninguna culpa y hacía
furiosos reclamos si le venía algún descuento inesperado.
Decía que había casos peores y que su sueldo al fin y al
cabo no fundía a nadie.
De su familia de origen, mencionaba a
veces a su madre como causante de sus fastidios, por ser
vieja y demandante y a su única hermana, que por suerte
vive a novecientos kilómetros al suroeste, porque de estar
cerca se estarían peleando, ya que jamás fue posible
aminorar la competencia y la envidiosa rivalidad entre
ambas.
En el medio policial fue que conoció a
un comisario asignado al área de control del narcotráfico.
A ella no le importó que fuese casado y que se resistiera
a separarse de sus hijos a quienes decía amar más que a sí
mismo. Guillermina lo llevaría de las narices al divorcio,
para eso contaba con el privilegio de su hermosura: alta,
armónica, de cabellos rubios y largos; con un anguloso y
bello rostro que daba soporte a unos ojos azul marinos de
mirada hipnótica. Ella misma reconocía ser capaz de poner
en trance a cualquier varón que se propusiese.
Jorge intentó resistirse a tanta
presión, pero poco a poco fue doblegándose y así
Guillermina consiguió todo el dinero necesario,
inescrupulosamente obtenido de la droga incautada y de
los motines de robos ajenos, para pagar la hipoteca de la
casa, los impuestos atrasados y la mitad que correspondía
a su ex marido, para tirárselo por la cara de una vez por
todas y poner la propiedad enteramente a su nombre. Jorge
se convirtió en el gran proveedor, aunque esto estaba
lejos de aliviarle su convivencia con Guillermina. Ella
quería siempre más. Exigía que no vea a sus hijos, que no
les pase dinero, que deteste a quien antes fuera su esposa
y que se olvide de todo lo que distraiga su atención a fin
de volcarla enteramente en sus caprichos.
Luego de las reformas estructurales de
la casa, vino la renovación del mobiliario para lo cual se
contrató a un decorador prestigioso que asegurara de una
pincelada ese nuevo perfil de ricos ostentosos. Luego vino
la camioneta para ella, seguidamente el viaje a Egipto y a
la India, que fue una pesadilla porque Guillermina no
toleró lo imprevisible ni la persecución de multitudes de
niños pobres cercándola.
Las ropas carísimas, que lucía con
elegancia de reina, las joyas, el personal training
y demás bondades de la opulencia, no bastaban para calmar
la mordedura de la carencia básica, ni esa insatisfacción
primordial que Guillermina no lograba silenciar.
Así y todo, seguía olvidando el dinero
para el pago de las sesiones o en el mejor de los casos
abonaba a cuenta el veinte por ciento.
Por ese entonces yo no disponía de sala
de espera y varias veces tocaba el timbre veinte minutos o
media hora antes de la sesión y me decía:”Qué hago, hace
frío, dónde espero, en la camioneta no me gusta esperar”
para llevarme a la incomodidad de hacerla pasar a lugares
más privados de mi casa hasta que llegase su turno. Sentía
que Guillermina me manipulaba, jugaba para eso con dos
factores: la sorpresa y el no poder interrumpir ni
violentar la sesión con el paciente que estaba atendiendo
en ese momento. Otro de sus artilugios para exasperarme
esperaba agazapado al final de la sesión, es ahí cuando se
le ocurría ir al baño, colocarse el abrigo
parsimoniosamente y aunque el próximo paciente tocase el
timbre por tercera vea, Guillermina desoía mi reclamo de
que su sesión había terminado. Ella parecía exacerbar su
discurso cuando el tiempo se había agotado, la excitaba el
límite y pugnaba por transgredirlo. A esto se sumaba el
factor sorpresa: un inadecuado pedido: “Por favor prestame
un paraguas que está por llover y no traje” o “¿No tenés
un saco que convine con esto, porque no calculé que haría
tanto frío?”. O en el caso en que no venía con su propio
auto:”Me olvidé de decirle al remis que me venga a buscar.
¿Me prestarías tu teléfono? Ah!, decime dónde puedo
esperarlo”.
Hemos hablado de estas actitudes y su
intención de molestarme pero Guillermina era una típica
derrotadora de terapeutas, su complacencia estaba allí, en
fastidiarme y para eso atravesaba toda la ciudad. Cuando
insistí sobre el para qué concurría a las sesiones si no
tenía la intención de cambiar nada de sí misma, y seguir
poniendo la responsabilidad de todos sus males en otros,
comenzó a faltar sin aviso o haciéndolo sobre su horario.
Hasta que aprovechó unas vacaciones para no regresar.
En verdad no fueron vacaciones. Jorge
debía pedir el retiro urgente de las fuerzas de seguridad
porque estaba muy marcado. Era notorio su crecimiento
económico y esto trajo sospechas insalvables. Se fueron al
sur. Comenzaron a administrar un hotel cinco estrellas
situado en un lugar increíble. Supe que al cabo de un año
regresaron porque Guillermina no estaba acostumbrada a ese
ritmo de trabajo, y lo padecía como si se tratara de una
esclavitud.
Sentí alivio con su ausencia puesto que
como su terapeuta lo único que conseguí fue aumentar mi
frustración sin lograr mover absolutamente nada, en fin,
ni siquiera comprender si lo que ella buscaba era que
alguien le de un certificado de buena persona para
enrostrárselo a quienes opinaran lo contrario o este era
el campo favorito para transgresiones encubiertas, y algo
así como un reto, un desafío para su audacia. Desalentar a
un psicólogo podría ser algo muy tentador para su
particular estructura.
Supe que había regresado cuando me
llamó para contarme que su nueva terapeuta era una inútil,
que ella extrañaba mi estilo aunque la confrontara e
hiciera enojar. Siguió llamándome pese a mi insistencia de
que no era ético tener a su terapeuta oficial y otra
paralela a través del teléfono porque era un elocuente
modo de descalificarnos a las dos y que no entraría en ese
juego por más que me repitiera que yo era la mejor y le
hacía bien escucharme.
Fui contundente, y dejó de llamar hasta
el día en que lo hizo para contarme que tenía una
enfermedad terminal y que su tiempo de vida era demasiado
acotado. Pude corroborar esa información. Me pedía por
favor que la escuche y contenga mientras seguía con la
terapeuta cercana a su domicilio. Apeló a mi
conmiseración. Su nivel de angustia parecía no ser tan
alto a pesar de ser conciente de la muerte cercana. Me
propuso que escribiésemos juntas un libro sobre los
aspectos psicológicos de la fase terminal del cáncer de
útero. No llegamos a encontrarnos para abordar ese
objetivo.
Guillermina murió tres meses después.
Más tarde tuve como paciente a una prima suya que me contó
los pormenores de su muerte. Y del desasosiego de Jorge
que se había quedado sin su trabajo en el organismo
oficial, debiendo enfrentar un juicio por malversación de
dinero nunca rendido, y que además de haber perdido a su
familia nuclear, Guillermina lo había dejado solo en medio
de la nada, absolutamente devastado, sin el respeto ni el
amor de sus hijos, sin amigos ni subalternos y también sin
casa, puesto que los hijos de Guillermina, con quienes no
había vínculo, reclamaban la vivienda que estaba sólo a
nombre de su madre.