Histéricas
y mujeres
Juan José Ipar
Introducción
Una reciente experiencia clínica me hizo
recordar una vieja disputa acerca de si una mujer puede ser
algo más que una histérica y devenir, justamente, mujer. La
idea subyacente es que la histérica es un ser en tránsito a la
feminidad que ha sufrido una detención y se ha transformado en
cierta variante hiperbólica, a menudo grotesca, de lo que se
supone es una mujer. Freud señalaba que el desarrollo
psicosexual de las niñas tenía una dificultad que pocas
mujeres eran capaces de superar: el pasaje del clítoris a la
vagina como zona erógena predominante. Ello llevó a una
clasificación de las mujeres en clitoridianas y
vaginales, según dicho pasaje se hubiese o no verificado.
Las histéricas, por supuesto, eran todas ellas clitoridianas
en función de su fijación a la etapa fálico-uretral y eran
vistas como hembras suntuosas y dominantes cuyo goce principal
consistía en ocupar el centro de atención de sus familiares e
imponer su criterio en cuanta cuestión se discutiese. El
precio que pagaban y hacían pagar era una recalcitrante
frigidez o alguno de sus equivalentes, tales como la
anorgasmia, el coito doloroso (dispareunia) o la falta de
deseo. A ello se sumaba una interminable seguidilla de
dolencias floridas y dudosas que afectaban su vida de
relación. Pero no es mi intención detenerme en este punto sino
avanzar siquiera un poco en la experiencia clínica que
mencioné.
La histérica, su padre y su marido
Mi paciente es un hombre aún joven y atractivo
sin mayores problemas personales aparentes, salvo la relación
tortuosa que mantiene con su mujer, que lo hace sufrir
enormemente. En su descripción, la mujer aparece como una
histérica más o menos típica: una mezcla de leona sensual
esporádica y malhumorado témpano polar habitual. El, por el
contrario, se presenta como un individuo normal que quisiera
tener relaciones sexuales todos los días...o casi. Su
exposición (Darstellung) tiene algunas fisuras que
surgen rápidamente: no ha traicionado a su mujer todavía, pese
a las oportunidades que se le han presentado. Más tarde queda
claro que no puede tener relaciones sexuales con otras mujeres
y que su deseo por su mujer es de algún modo exagerado, toda
vez que, entre noviazgo y matrimonio, lleva ya más de quince
años de relación con ella.
Las quejas de ella que él relata tienen
interés. Que él le está demasiado encima, que no le deja
espacio para desear- ella es colega- y, fundamentalmente, que
ella quiere ser ella. Este sí es un punto importante.
En la superficie, ella manifiesta que quiere ser una
profesional sólida y que él debe entender que no quiere
limitarse a ser una simple ama de casa pendiente de hijos y
marido, que tiene sus necesidades más allá de él, con otras
personas, en otros lugares, etc.. En resumen, ella expone
amplios fragmentos del discurso habitual de la liberación
femenina que uno ha escuchado tantísimas veces de supuestas
mujeres modernas. En clave analítica, ella quiere ser un
sujeto independiente y no el objeto erótico de él,
mientras que él es visto por ella como un troglodita
retrógrado y machista. Sin embargo, como era de esperarse,
ella tiene lencería provocativa y suele lucirla ante él,
aunque no por eso quiere etc., etc. Hasta aquí, la comedia
matrimonial de la histérica y su hombre, esto es, una
interminable pulseada por el poder.
Lo interesante es que del relato surge que él
es tan histérico como ella, por más que la problemática, la
negativa y la renuente sea formalmente ella. El es todo un
personaje hasta ahora inatendido: el marido de la histérica.
Lo primero es, como hace Freud con Dora, mostrarle que no es
víctima sino cómplice de este permanente desencuentro y que la
mera duración de su relación con ella es prueba suficiente de
tal connivencia. Esto parece obvio y se dice fácilmente, pero
es todo un tomo eso de moverse uno o mover a otro del lugar de
víctima al de cómplice. A tal punto que puede afirmarse que la
inmensa mayoría de las personas jamás lo logran, por más que
les sea marcado, interpretado o señalado machaconamente
durante años.
El ha comprado que eso- su histérica- es
una mujer. El admira y casi pide ese show erótico que
ella provee tan raramente. Vive esperando que se le dé, y,
como vive esperando, se llena de bronca y estalla cada tanto,
cosa que ella aprovecha para demostrarle que él es
verdaderamente un monstruo agresivo y peligroso, cerrando el
círculo del gigantesco malentendido en que viven. Un poco más:
él la describe como “una muñeca”, así es de linda y deseable,
y atribuye sus dificultades sexuales- las de ella, claro- a
una crianza represora en una familia proveniente del Oriente
próximo. Ella ha tenido, por supuesto, un padre terrible que
la restringía y controlaba, aunque- la novela sigue- poco
afecto a devolver préstamos y bastante proclive, en cambio, a
verse envuelto en turbios manejos de dinero: un sujeto
obsceno. Dos hombres intensos rodean a esta histérica: uno la
crió, otro la disfruta. Muy a su pesar, ella termina siendo un
objeto que circula entre ellos. Dora no deja de tener razón
con su queja de que el padre la ofrece a K, etc..
Detengámonos un poco en este tipo de hombre que
cree fervientemente que eso es no sólo una mujer sino
lo mejor en materia femenina, paradigma y epítome del
erotismo. Hay varias subespecies dentro del mundillo de
“maridos de histéricas”. Mi paciente es un “fachero” fálico
como su media naranja, pero existen otros subtipos bastante
reconocibles como el de los gorditos babosientos en su vasta
variedad, todos ellos ampliamente vampirizados y
semihumillados por sus imperiosas respectivas. Eso sí, todos
son maridos proveedores, cosa que prueba que ellas no son tan
horriblemente histéricas como para errar en la elección de
algún fulano capaz de mantenerlas, aunque hay que reconocer la
existencia del subtipo de histérica que busca un sádico que la
maltrate y denigre y merced al cual puede ella ocupar penosa
pero gallardamente el podio de la victimización.
Es un hombre que no pide análisis sino consuelo
y al que le cuesta mucho llegar al meollo de su propia vida:
el sentirse él mismo la víctima de un padre terrible. Cada vez
que se aproxima a su drama personal, ella invariablemente hace
una movida y el centro de atención se desplaza nuevamente al
conflicto conyugal, que oficia de tapadera de sus respectivos
conflictos. Ambos están, por supuesto, estancados en sus
análisis y existe entre ellos un acuerdo tácito en eternizar
el impasse. Hay que puntualizar que no es una pareja
especialmente patológica y la prueba es que sostienen con
razonable éxito la crianza de sus hijos, tienen una casa
confortable, van regularmente de vacaciones, etc., esto es,
están bien acomodados a la vida burguesa a la que adscriben.
Mujeres psicoanalistas
En su célebre artículo La feminidad como
máscara, Joan Rivière describe cierto tipo de mujeres que
tienen una fachada femenina muy desarrollada (son buenas
madres, buenas esposas, buenas amas de casa, etc.) y que
utilizan dicha máscara para ocultar y para hacerse perdonar
sus habilidades y éxitos en algún campo reservado socialmente
a los varones. Claro que la buena de Joan escribía estas cosas
a comienzos de la década del treinta, muy poco después de que,
gracias a Vionnet y Chanel, las mujeres arrojaran lejos los
incómodos corsets y comenzaran a frecuentar ámbitos
hasta ese entonces vedados para ellas. Se sabe de algunas
audaces han llegado a fumar en público. Rivière misma y otras
brujas del incipiente vaginato psicoanalítico eran una prueba
viviente de esta, diremos, masculinización de las
ultrafemeninas y evanescentes damas victorianas. Lo que
Rivière alcanza a decir, pero no a desarrollar, es que la
feminidad es una máscara no sólo en ese tipo de mujeres que
ella aísla y describe sino en todas ellas. Lo primero que se
deduce de esta aseveración universal es que una mujer es un
ser con aspiraciones masculinas recubierto- o maquillado- con
una pátina de feminidad. “Un ser con aspiraciones masculinas”
pareciera estar en el mismo plano que “un hombre con [lógicas]
aspiraciones masculinas”. Se supone, empero, que una mujer no
ha de competir con los hombres. Por un lado, a causa de que la
pobre estaría condenada a perder en una tal competencia,
puesto que- todo según el darwinismo victoriano- ellos no sólo
son más vigorosos corporalmente sino que, por si fuera poco,
poseen cualidades psicológicas “superiores” que los
convertirían en contrincantes invencibles. Y, por otro, la
mujer tiene reservado un puesto en el cuadro de honor como
premio a esta renuncia a competir con el hombre y aún podría,
merced a las artes femeninas de la seducción y la diplomacia,
obtener amable e indirectamente el ansiado poder. Lo que el
código victoriano- que es, en sentido técnico, una tradición-
prohíbe a la mujer es manifestar abiertamente sus aspiraciones
cualesquiera éstas sean y exhibirlas libremente en público.
Toda mujer debe tener a mano un abanico, un velo, una
sombrilla, una cortina que la sustraiga de algún modo a la
mirada pública. Cuando Pierre Loti describe a sus
desencantadas no hace sino echar una mirada romántica y
ciertamente nostálgica sobre la feminidad europea,
desplazándola a los harenes otomanos. Las mujeres trabajan
allí denodadamente en la penumbra de sus retiros en febriles
intrigas que deciden la suerte de los herederos posibles del
sultán de turno. Sin que Loti lo advierta, estas a la vez
ociosas y activas mujeres vienen a representar una especie de
ideal femenino, una intensificación de lo que se esperaba
entonces en Europa que una mujer fuera.
Rivière y sus colegas psicoanalistas, en
cambio, son mujeres jugadas a la Modernidad y en conflicto
frontal con una tradición que, en su óptica, condena a la
mujer a un ostracismo social detestable. En este semillero de
leonas, la feminidad deja de ser vista como una sutil e
inapresable esencia femenina (das ewig Weibliche de
Goethe) para convertirse en una máscara engañosa que encubre
otra cosa. ¿Qué hay, pues, debajo de la máscara? Para Rivière,
lo dijimos, “un ser con aspiraciones masculinas”, como si
allí, en lo profundo, no hubiese gran diferencia entre hombres
y mujeres y la diferencia sexual se circunscribiera a una
divergencia relacionada con los papeles que ambos juegan en la
sociedad. La diferencia no viene a ser más que un juego, una
convención en la que los actores pactan de antemano las reglas
que habrán de respetar y transgredir. Pero para Freud, hay una
diferencia sexual anatómica y es la anatomía la que impone en
último término una diferencia de roles e identificaciones para
el niño y la niña. Sin embargo, es Freud mismo quien
enigmáticamente declara una y otra vez que la libido es
esencialmente masculina y asumimos que ello ha de ser así en
tanto la libido impele por igual a varones y mujeres a la
acción y a la búsqueda de objetos, en principio, de descarga.
Volvemos siempre al cliché de que lo activo está del
lado de lo masculino y lo pasivo- aquí como renuncia a la
actividad- del lado de lo femenino. La mujer ha de renunciar a
la masculinidad y a la actividad- por lo menos a la pública- y
limitar sus ambiciones al círculo de lo privado. Nos vemos,
pues, constreñidos a servirnos de un cliché- un
prejuicio, si se quiere- para poder comenzar a hablar de este
tema. O de cualquier tema. La situación recuerda a Aristóteles
diciendo que no existe una distinción in re entre el
cuerpo y el alma, aunque queda claro que, sin una tal
distinción, el discurso psicológico es imposible. De todos
modos, lo cierto es que la importancia decisiva de la
diferencia sexual anatómica, tan cara a Freud, va perdiendo
relevancia en la teoría psicoanalítica posterior a él.
¿Será eso una mujer, un ser ambicioso
que debe ingeniárselas para disimular su afán de poder bajo un
ropaje de encanto y debilidad? Esa es una teoría relativamente
vieja y es, justamente, la que expone la perversa marquesa de
Merteuil en Las relaciones peligrosas. Al no poder
decir ni hacer las cosas de frente, está la mujer
obligada a la simulación y, si no quiere verse sometida al
irrestricto poder masculino, debe desarrollar al máximo el
femenino arte de la afectación y la impostura. Y ella misma
cuenta una anécdota: se aventuró a concurrir a reuniones
sociales sólo cuando fue capaz de mantener la sonrisa mientras
se clavaba un tenedor en la mano por debajo del mantel: esa
fue la prueba de autodominio que juzgó suficiente para
alternar con el prójimo La diferencia entre la marquesa y las
histéricas estriba en que ella manipula a los demás a
sabiendas, mientras que las histéricas no llevan las cosas
hasta el final y proceden con culpa, por lo cual se sienten
obligadas a conceder dolores y malestares varios a cambio del
poder que por intermedio de ellos obtienen. La histérica
vendría a ser, entonces, una mujer que no ha aceptado
renunciar a la competencia con el hombre. Esa es, al menos, la
idea a la que arribamos cuando señalamos más arriba que el
matrimonio de mi paciente y su histérica sostenían una
interminable pulseada por el poder. Pero la mayoría de las
histéricas son ambiguas, debido a que tampoco renuncian a las
ventajas que la tradición victoriana les adjudicaba por ser
mujeres. Es ella la que cae en cama cada tanto y luce ojeras
acusadoras, etc., mientras él, insatisfecho y celoso, pero
lozano, se ocupa de casi todo.
Un detalle importante: la tradición victoriana
le pide a la mujer no sólo que renuncie a la masculinidad sino
que abomine de ella y se identifique con el rol femenino.
Nuestra fórmula es que la histérica abomina de la
masculinidad- suele presentarse como superfemenina- pero no
por ello renuncia a competir con el hombre. La abominación sin
renuncia la eterniza en un resentimiento perenne, tan
inextinguible como su persistente comparación con sus
admirados rivales.
Tres tristes tesis de Cocó Chanel sobre la mujer
Hemos mencionado lateralmente a Cocó Chanel,
quien, buena observadora de sus camaradas de género, gustaba
exponer algunas de sus polémicas tesis sobre las mujeres.
Extraemos arbitrariamente- par coeur, además- estas
tres afirmaciones de un reportaje para la televisión efectuado
hace ya muchos años, en el que una anciana Cocó se despachaba
a gusto contra la modernización de las mujeres en ese estilo
áspero y tajante que la caracterizaba. Es evidente que Chanel
reprobaba acremente la liberación de las costumbres ocurrida
en los ’60 y que la encontraba exagerada y vulgar. La primera
y, posiblemente, la más impactante de sus tesis es que una
mujer que no es deseada [por un hombre, espero] no existe.
Es una tesis extrema, puesto que no dice que una mujer no
deseada no es, por ejemplo, feliz, sino que afirma que
directamente no existe. La mujer no existe más que merced al
deseo del hombre y éste- el deseo más que el hombre- es
determinante en la dependiente índole femenina. Esta tesis se
parece mucho a lo sostenido por Otto Weininger en Sexo y
carácter, donde afirmaba que la mujer no tiene entidad
propia y que no existe más que como síntoma de la debilidad
del hombre y que, qua síntoma, puede ser removida por
medio de la purificación del deseo masculino.
La histérica, por su parte, no desconoce las
artes en las que Chanel fue grande, es decir, sabe cómo
hacerse desear, pero no sabe qué hacer con el deseo masculino
una vez generado. Tiene una particular habilidad en lo que se
refiere a la primera parte de la encomienda, pero fracasa en
la segunda, esto es, en cómo resolver el estado de erotización
alcanzado en la seducción. La tradición victoriana mandaba que
la mujer ignorase redondamente qué hay que hacer para que la
placentera tensión sexual se disipe convenientemente, le pedía
que se acomodase a esa ignorancia, que renunciase a toda
aspiración de saber y se encomendara cristianamente a la
sapiencia y maestría masculinas. La histérica, en cambio,
cuestiona con obstinación el saber y el poder del amo. No
confía en sus dichos y nunca cae rendida ante él, por más que
viva pendiente del menor de sus gestos. La cuestión es el
abandono, el dejarse llevar, como en el tango. No debe ser
casual que aún la paciente paranoica de Freud (Un caso de
paranoia contrario a la teoría psicoanalítica) se persigue
en el preciso momento en que se relaja y se entrega a un
hombre. En forma instantánea, germina en ella la sospecha de
que está siendo observada y fotografiada y que todo ello será
utilizado más tarde para perderla. La claudicación ante el
hombre siempre es difícil y, aunque nos cueste admitirlo, poco
recomendable, porque es frecuentísimo que los hombres no estén
a la altura de lo que solicitan y terminen menospreciando a
aquellas que ceden ingenuamente a sus mentirosos ruegos. Lo
insinuamos más arriba: está el mundo repleto de histéricos que
adoran la tensión sin resolución, la espera ansiosa, etc y
hacen de todo ello el centro de sus enervantes sexualidades.
En el código victoriano, pues, la mujer ha de ser un poco
esquiva.
Las histéricas, lo vimos también, son mujeres
mal deseadas que, en consecuencia, generan malos deseos. La de
nuestra viñeta tenía un padre obsceno, un pequeño amo necio y
posesivo que no había renunciado él mismo a su hija en favor
de algún otro varón. Y, como corolario, ella provoca un
mortificante deseo que enferma de celos al infortunado marido,
quien, a su turno, goza histéricamente de sus privaciones,
etc..
La segunda tesis de Chanel es que la fuerza
de la mujer es su debilidad, una afirmación en principio
verdadera por lo paradójica, aunque necesitada de un pequeño
rodeo para que su verdad pueda ser captada. Es por su
debilidad e indefensión que la mujer es amada, suscitando en
el hombre el deseo de protegerla, al cual se une secretamente
el deseo de poseerla, esto es, aprovecharse sexualmente de su
debilidad. Un mal deseo que usualmente termina pagándose caro.
Freud recuerda que el encanto irresistible de los niños radica
en su desamparo (Hilflosigkeit) y debe encontrarse
también allí la raíz última del encanto femenino. Se da el
caso de hombres que soportan continuas traiciones y engaños de
sus casquivanas féminas porque en sus racionalizaciones los
atribuyen a una supuesta debilidad, en este caso, de la
voluntad. Pero ella vuelve fatalmente a él: he ahí sus 15
minutos de gloria, ser otra vez el preferido.
La tercera tesis de Chanel seleccionada es que
la minifalda es pretenciosa. Si bien tiene todo el
aspecto de ser una tontería, bien examinada, esta tesis
confirma lo que decíamos más arriba de la necesidad de
ocultamiento en la mujer. En este caso, se parte del evidente
hecho de que muy pocas mujeres tienen lindas rodillas y,
consagradas como las quiere Chanel al difícil arte de agradar,
va en contra de sus intereses andar exhibiendo lo que no las
favorece. Existe toda una erudición mujeril de cómo
presentarse ante la mirada masculina, qué cosas mostrar, qué
no mostrar jamás (¡adivine el lector!), cuáles sugerir, cómo
hacerlo, etc.. Las preciosas satirizadas por Molière no sólo
mantenían bien ocultas sus rodillas sino que, además, habían
erradicado directamente tan antiestética palabra de su léxico.
Hay que considerar asimismo que la minifalda es
una novedad inglesa y que los ingleses han inventado casi
todos los deportes que se practican actualmente en el mundo,
aunque, en lo tocante a erotismo y sensualidad, distan mucho
de equipararse con el desarrollo que estas vaporosas artes han
alcanzado en Francia o Italia. Gente quizá insuficientemente
latinizada. La minifalda es apta, sí, para la práctica
deportiva, en la que la libertad de movimientos es esencial,
pero, fuera de ese contexto, no se ve para ella ninguna
aplicación conveniente. En su Tratado del amor,
Stendhal comentaba que las inglesas eran poco dadas a los
lances del amor a causa de su afición a las caminatas por la
campiña- en definitiva, un deporte- y las comparaba con las
italianas, que pasaban la vida muellemente reclinadas en sus
oscuros salones hablando de enredos amorosos durante el día y
yendo a la ópera por la noche.
Resulta irónico pensar que Chanel, en su
momento una de las adalides de la liberación femenina, haya
terminado denostando los excesos del monstruo que ella
contribuyó a echar a andar. ¿De qué se liberó la mujer
occidental? De la posición de objeto del asfixiante deseo
masculino. Las mujeres adquieren una nueva movilidad e inician
una británica caminata en busca de un nuevo destino, puesto
que están necesitadas ahora de encontrar su fundamento en algo
distinto del deseo masculino.
La mujer [victoriana] no existe
Violetta y Mae
La pregunta del millón es si es cierto que hubo
en la belle époque mujeres que renunciaron a rivalizar
con los hombres y se entregaron a ellos, superando la posición
histérica de cuestionamiento, confrontación y competencia.
Según Joan Rivière- y también E. Jones- la mujer quedaba en la
era victoriana en una situación semejante a la de un lactante,
que debe esperar a que le den sin poder pedir. Como en
el derecho romano, que en esto sigue la ley de la organización
totémica, nuevamente la mujer queda in loco filiae, en
el lugar de una hija. La protesta femenina enarbolada por las
histéricas encontraría, por tanto, una plena justificación por
cuanto sería contradictorio e insostenible exigirle a un ser
adulto que se comporte como un niño pequeño, o bien, poner a
una esposa o madre en el lugar de una hija alterando la ley de
las generaciones y la del parentesco. La histérica sería,
entonces, una revolucionaria inexperta que cae en la neurosis
por ser incapaz de llevar hasta el final su propia rebelión.
No habría, pues, ninguna tal mujer victoriana sino engendros
que serían el resultado de obligar a seres adultos a
comportarse como niñas pequeñas. Claro que esta perspectiva
“feminista” o “moderna” supone que el lugar de la mujer en la
sociedad tradicional no es más que un disparate que debe ser
corregido tan pronto como sea posible.
Un buen ejemplo de este drama femenino de la
belle époque es la figura de la desventurada Violetta, la
protagonista de La Traviata, la celebérrima ópera de
Giuseppe Verdi. Se trata de un amor prohibido entre un joven
de familia distinguida y una cocotte. Lo escandaloso
del asunto estriba en que ambos protagonistas se han enamorado
y planean seguir adelante con su relación. Este es un límite
que la sociedad burguesa de esos años no podía traspasar: el
ingreso de Violetta en los salones, esto es, su rehabilitación
social, era lisa y llanamente impensable. En una
extraordinaria y larga escena, el padre de Alfredo acude para
intentar hacer entrar en razones a la díscola. Nada consigue
hasta que le dice a Violetta que existe una muchacha pura, la
hermana de Alfredo, que está a punto de casarse y que un
escándalo podría frustrar dicha boda. Ese y no otro es el
argumento que rinde a Violetta, hasta ese momento por completo
renuente a desprenderse de su encendido adorador. En pocas
palabras, renuncia al amor en función de su identificación con
la joven inmaculada, la buena hija que espera ser entregada a
un hombre por su padre. Violetta viene a ser una mala hija,
que ha tomado en sus manos- y para su mal- las riendas de su
sexualidad. Antes de despedirse, le pide a Germont que la
abrace “como a una hija”. Y todavía más: en la escena que
cierra la ópera, y a punto de morir a causa de la
tuberculosis, le expresa a Alfredo un último deseo: se quita
del cuello un pendantif, la última joya que le queda, y
le pide que la hermana lo luzca el día de su boda. Hasta el
final sigue la pobre Violetta aspirando al lugar de la buena
hija, sin alcanzar a criticar a esa sociedad que la condena y
excluye. Esa boda, verdadero acmé de la existencia femenina,
será de algún modo la suya propia. En esta perspectiva, el
núcleo de la novela (La Traviata no es sino la
Margarita Gauthier de La dama de las camelias de Dumas)
no es tanto el amor trágico de Violetta y Alfredo sino, más
bien, el encuentro y reconciliación (Versöhnung) de
Violetta con un padre, con un buen padre que no vacila en
humillarse por la felicidad de su hija y que es capaz de
perdonar y aun enaltecer a la descarriada. Cierto es que,
dentro de la economía erótica de la belle époque, para
que algunas llegasen vírgenes al tálamo nupcial, otras debían
ser sacrificadas y padecer la degradación de la prostitución.
El nuevo sacrificio de Violetta encuentra su justificación en
el importante hecho de que Germont es presentado como un
hombre virtuoso que está en posición de pedir una renuncia (Verzicht)
libidinal puesto que él mismo es encarnación de la renuncia.
La conmovedora renuncia de Violetta es eco y a la vez
condición de la renuncia de papá Germont a su hija. Violetta
es mediadora entre ellos porque es con ella con quien Germont
padre resuelve sus contradicciones frente a la mujer, entre su
deseo de retener a la hija y la obligación de cederla a otro
hombre.
Así pues, el campo femenino se divide en la
belle époque entre las buenas y las malas mujeres, las que
se someten al poder masculino y las que lo increpan. La
histérica quedaba a mitad de camino, lo señalamos, debido a
que cuestionaba el status de la mujer en la sociedad
victoriana sin por ello renunciar a las ventajas que la
estructura le concedía por ser mujer. La inclasificable Mae
West fue también en su época una mediadora entre las buenas y
las malas: ella era “la chica mala del corazón bueno”. Un
extraordinario Witz suyo lo ilustra perfectamente. En
uno de sus films, mira fijamente a un hombre y le
suelta, a modo de advertencia: “Cuando soy buena, soy buena, y
cuando soy mala...soy mejor”. Si el lector no se ofende, le
voy a explicar el chiste; no para que lo entienda, cosa que
doy por descontada, sino para poder apreciar explícitamente
algunos de los detalles de su mecanismo y para que se
comprenda mejor porqué lo he incluido aquí. La frase esperada
sería: “Cuando soy buena, soy buena y cuando soy mala, soy
mala”, todo ello dentro del campo de la moralidad convencional
y por completo fuera del humor. El efecto humorístico aparece
con la última palabra (“mejor”) y esta inesperada aparición
obliga a resignificar todo lo hasta entonces oído. El tardío
“mejor” le confiere un significado sexual a todo el conjunto
que estaba hasta allí completamente inadvertido. Después del
“mejor”, el oyente cae en la cuenta de lo que Mae quiso decir:
cuando es “buena”, esto es, cuando “se porta bien” y no
está erotizada, es buena conforme a la moral sexual
tradicional- léase, una buena hija-, pero cuando es “mala”,
esto es, sexualmente dispuesta, es mejor...en la cama. “Mejor”
es un comparativo- puede oficiar incluso de superlativo- y con
él aparece una velada comparación entre ella y otras mujeres:
Mae da a entender que está segura de que su oferta sexual es
superior a la de las demás mujeres. Ninguna es tan “mala” como
ella, es decir, ninguna es mejor que ella en la cama. Lo
logrado del chiste es que haya dicho tanto con tan pocas
palabras, una sola en realidad. Agreguemos que la mirada
penetrante y la postura corporal de Mae al hablar-está, si mal
no recuerdo, en una escalera un par de peldaños más arriba que
él- confirman el carácter sexual de lo dicho.
Lo que va de la sufrida Violetta a la pulposa
Mae es que la chica mala, capaz de hacerse un lugar entre los
varones y aun de amedrentarlos, ya tiene una considerable
aceptación social. Mae es una estrella de cine que pasea
triunfal su opulencia y su vulgaridad por los espacios
públicos. Censurada pero no excluida, terminó sus muchos días
en su ley: rodeada de forzudos e insistiendo en proclamarse
única reina de la sensualidad. Un dato sociológico importante
es que el ambiente parisino en el que se escenifica La
Traviata es todavía un ámbito en el que lo aristocrático y
su estricto sentido de la jerarquía está todavía vigente,
mientras que la arrolladora Mae, a pesar de su recargado
mobiliario francés, es un freak típicamente
norteamericano. EEUU nace como un país burgués en el que el
pasado aristocrático como colonia de la corona inglesa fue
borrado o, si se quiere, forcluido hasta tal punto que ese
pasado sólo reaparece como una amenaza ominosa que ha de ser
conjurada (Véanse los comentarios de Sisek al film Psicosis
de A. Hitchcock). Hasta hoy es palpable el contraste entre la
sobria moderación de los europeos y el desparpajo trasgresor
de los norteamericanos. Una de las notas sobresalientes de la
cultura norteamericana es la obscenidad y Mae y sus innúmeras
y platinadas sucesoras son una manifestación visible de tal
demasía. Una cultura- quizá mejor un way of living-
hecha a la desbordante medida de las masas, que aman lo obvio
y lo excesivo y no tienen ojos para las sutilezas y los
matices.
Así pues, hemos de concluir que no hubo en la
belle époque verdaderas mujeres sino chicas (hijas)
buenas y malas y una multitud de histéricas intermedias. Lo
que queda claro es que el camino hacia la feminidad moderna
arranca con las histéricas y, todavía más, con las malas, ya
que son precisamente éstas las que renuncian o por lo menos se
alejan del modelo de la mujer como buena hija. El problema es
que lo de ser una “chica mala” bien puede ser un puro arresto
reactivo y, como lo atestigua tristemente Violetta, nunca
mujer alguna ha dejado de aspirar a ocupar el lugar de la
buena hija.
Conclusión
El camino iniciado por estas mujeres
transgresoras como Chanel o West ha sido seguido, al menos en
Occidente, por una enorme legión de congéneres, a tal punto
que uno estaría tentado de suponer que hoy en día no debería
haber ya histéricas. A lo sumo, unas pocas sobrevivientes de
tiempos felizmente superados. La “chica mala” independiente y
sensual debería ser lo normal, el modelo al que la gran
mayoría de las mujeres debería adscribir y reproducir, dejando
atrás por completo la posición histérica. Pero ello no ocurre
ni remotamente: en cambio, hay un creciente número de mujeres
económicamente independientes que tienen de todo menos un
hombre y que tampoco tienen claro si eso, un
histérico a la defensiva, es lo que quieren tener. Ha habido
algo así como un ocultamiento progresivo de la histeria
femenina detrás de esta fachada de mujer independiente y un
paralelo desocultamiento de la masculina. Pero, ¿porqué sigue
habiendo tantas histéricas solapadas y disfrazadas de mujeres
liberadas en una época que deja expedito el camino de la
“maldad” y es posible equipararse a los hombres en casi todo?
Ha surgido una nueva máscara que acaso Rivière no sospechó,
justamente la de la mujer asumida e independiente que oculta
una histérica que sigue sin tiene claro si desea ser o no una
buena hija.
En Psicoanálisis silvestre (1910), Freud
anticipa que uno de los efectos generales de la labor
analítica sobre la sociedad toda será que, a medida que los
síntomas neuróticos sean comprendidos como tales, la neurosis
misma tenderá a desaparecer. El de Freud es un optimismo
propio de un sujeto ilustrado: tiene la acendrada convicción
de que la historia es el kantiano escenario de un incesante
perfeccionamiento del hombre y que dicho progreso terminará
por doblegar incluso a las neurosis, por más empeñosas que
éstas sean. La declinación de la influencia de las religiones
es, para Freud, la causa de la proliferación de los fenómenos
neuróticos y se piensa a sí mismo como alguien que vive en un
período intermedio entre la declinación de la fe religiosa
apuntada y la inminente entronización definitiva de la ciencia
positiva como fuente de todas las respuestas a la curiosidad y
a la angustia humanas.
Lo que Freud no consideró es que la neurosis
podría encontrar otros ropajes con los cuales recubrirse y
manifestarse, entonces, como un padecimiento nuevo y
diferente. Histéricas de antaño y anoréxicas de hogaño. Ya
casi nadie diagnostica histeria o neurosis obsesiva: todo es
patología de borde, enfermedades psicosomáticas, pánicos
diversos y trastornos del hambre. Ya no hay arcos histéricos a
lo Charcot, ni follies de doute como las descriptas en
los viejos manuales psiquiátricos. Y aquellas amnesias,
aquellas amencias a lo Meynert... ubi sunt? Son como
disfraces ya gastados por el uso que han sido abandonados por
demasiado conocidos. ¿Qué le dirían hoy en día sus amigas a
una joven con una parálisis en las piernas? He oído
recientemente de una. Pues bien: muy lejos de quedar sumidas
en la preocupación, sonrieron benévolas y no le prestaron
mayor atención, frustrando in initio una motivación
importante del síntoma.
La histeria, sin embargo, no sólo ha
sobrevivido a la Modernidad sino que parece prosperar en la
Postmodernidad. Lo esencial de la histeria está bien a salvo
del efecto sanador del Psicoanálisis sobre la sociedad y ello
en tan gran medida que también los hombres adoptan los
disfraces tradicionales de la histeria y se adentran en
territorios hasta hace poco reservados a la vanidad femenina.
No ha de ser casualidad que, junto a estas mujeres
independientes y decididas, prolifera una nueva especie de
hombres hipermusculados, de afeitada piel sedosa y rizados
cabellos que caen en cascada por sus anchas espaldas, remedo
grotesco e hiper(ana)bólico de lo que alguna vez supo ser
masculino.