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El jefe
Por Régis Debray
"Los hombres desean obedecer a un jefe", dice Régis Debray
Es instintivo, señala el pensador francés
Miércoles 27 de agosto de 2008
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1043677
"La autoridad es necesaria", dice Debray
Por Luisa Corradini
Corresponsal en Francia
PARIS. Hace tiempo que en nuestras sociedades
igualitarias, horizontales y democráticas se considera que
el jefe es una especie en vías de extinción. La realidad,
sin embargo, parece demostrar lo contrario. "Aun en
democracia existe en el hombre un deseo de jefe, un deseo
arcaico que debe encarnarse en rituales, procedimientos y
palabras que autorizan a alguien a dirigir a los demás",
dijo a LA NACION el filósofo y escritor Régis Debray.
En una de las escasas entrevistas concedidas a un medio
latinoamericano desde su aventura guerrillera en Cuba y en
Bolivia, en los años 60, Debray aceptó reflexionar sobre
esa figura controvertida "pero necesaria", sin la cual un
grupo humano, cualquiera que sea, está "indefectiblemente
condenado a la disolución".
A los 68 años, Debray divide su tiempo entre la escritura
y la dirección de la revista Médium. Esa publicación
trimestral es el órgano de difusión de una nueva
disciplina, inventada por él, bautizada "mediología".
Irónico, provocador, admirado y detestado con igual
intensidad por amigos y detractores, el antiguo compañero
del Che Guevara, amigo de Fidel Castro y consejero de
François Mitterrand sabe de qué habla cuando analiza las
cualidades esenciales de un jefe. "Jefe es alguien capaz
de transformar un montón de cosas dispersas en un todo
coherente", resume.
-En las grandes democracias del siglo XXI, la gente tiende
a pensar que ya no debería haber jefes. En uno de los
últimos números de su revista, usted afirma que es todo lo
contrario.
-En democracia se ha instaurado una suerte de hipocresía.
La gente dice que el jefe no es bueno, que es algo
superado, que hay que burlarse de él. Sin embargo, todavía
hay jefes, e incluso los hay cada vez más.
-¿Por qué razón?
-Porque hay una constante que atraviesa la historia, que
es lo político. En el fondo, lo político consiste en
evitar lo peor. Y ¿qué es lo peor para un grupo humano? La
desunión, el desmembramiento, la disolución. El jefe
existe para lograr la unidad. Sea donde sea -en un equipo
de fútbol, una empresa o un país-, el jefe es el que
mantiene la cohesión o produce la unidad en el seno de una
multitud.
-¿De qué manera lo consigue?
-Es curioso, pero eso pasa siempre por la palabra. El jefe
es, siempre, un hombre de palabras. Una palabra que
cristaliza, que dinamiza, que construye el rebaño. Me
estoy refiriendo al rey pastor, que no es el único
arquetipo.
-¿Cuáles son las características del rey pastor?
-Es el que muestra el camino. Moisés es el ejemplo
perfecto. Es la versión semítica, arcaica, pero también
fueron reyes pastores Mussolini y Hitler, pasando por
Bonaparte.
-¿Y el otro modelo?
-Es el rey tejedor, el preferido de Platón. Su trabajo es
conciliar a los audaces y a los conservadores. En toda
sociedad están aquellos que quieren cambiar y aquellos que
quieren conservar. El papel del jefe tejedor es armonizar
la cadena y la trama, hacer compatible lo que en principio
no lo es. Simbólicamente, el rey tejedor debe fabricar un
abrigo que protegerá al grupo del frío, del
desmembramiento, de la dispersión. Me estoy refiriendo a
dos modelos fundamentales, pero muy actuales, de jefe.
-Usted afirma que en la sociedad actual hay un auténtico
deseo de jefe.
-Eso puede entenderse en dos sentidos. Uno que es muy feo
y que quiere decir sentir el deseo de ser jefe. Aunque,
después de todo, ¿quién no tiene ese deseo? Pero también
existe el deseo de tener un jefe. La gente desea tener un
jefe cuando se siente amenazada por la disolución.
-Usted conoció numerosos tipos de jefe. Hábleme de
algunos.
-Hay muchas modalidades de jefe. Hay un jefe distante,
como De Gaulle o el Che Guevara. Esta aproximación le
parecerá sorprendente, pero ambos eran personas que se
mantenían a distancia con una cierta frialdad, con un
cierto déficit voluntario de comunicación. Después está el
jefe efusivo, el jefe de proximidad. Pienso, por ejemplo,
en Fidel Castro.
-Sea un poco más explícito sobre el Che y Fidel.
-No. Creo que todo lo que tenía que decir sobre ellos lo
dije en mi libro de memorias.
-¿Qué otras características debe tener un jefe?
-El jefe es el maître des horloges (el dueño del tiempo).
No se deja imponer el tiempo: crea su ritmo. Crear el
calendario es un privilegio del jefe. El jefe es amado por
los suyos, pero él puede no amarlos. Es alguien que tiene
el privilegio de no amar. Eso es lo que se llama la
impasibilidad del jefe, hasta su indiferencia. Una vez le
pregunté a François Mitterrand cuál era su secreto. Me
contestó: "La indiferencia". Es hermoso, ¿no? Se trata de
una cierta ecuanimidad, una cierta distancia con todo el
mundo, mientras que todo el mundo debe estar cerca, debe
sentirse cercano al jefe y sobre todo amado por él. El
jefe es la persona capaz de cerrar los dientes y de tener
suficiente confianza en sí mismo como para inspirar a los
demás. El jefe tiene esa capacidad que a veces se llama la
implacabilidad, que es muy fácil de admitir en la guerra.
Es la razón por la cual las mejores reflexiones sobre los
jefes vienen de gente que hizo la guerra. Pienso, sobre
todo, en el historiador Marc Bloch. En un libro que se
llama La extraña derrota , reflexiona sobre el jefe, sobre
lo que es un verdadero jefe. Para Bloch, el jefe debe
tener dominio de sí mismo y ser implacable.
-Pero Bloch se refiere sobre todo al jefe militar. ¿Qué
país de Occidente necesita ese tipo de jefes excepto en el
ámbito castrense?
-Es evidente que la guerra es el grupo en fusión. Es la
efervescencia, la fiesta de la identidad; es una
contracción, pero también una extraordinaria producción de
altruismo, un gran derroche libidinal, como diría Freud,
donde todos aman al jefe, se identifican con él, están
dispuestos a sacrificarse por él. Efectivamente, la guerra
es el espacio de lo sagrado. Pero a veces hay
transferencia de sacralidad. Cuando ahora se hace una
ceremonia a las puertas de Auschwitz, es posible recuperar
aquellos sentimientos.
-¿El jefe no duda?
-No. Por eso es tan difícil para un intelectual ser jefe.
Porque, por definición, un intelectual es aquel que duda
siempre, que pone en tela de juicio sus ideas y sus
opiniones.
-La figura de Sartre en ese sentido es ejemplar.
-Exactamente. Sartre rechaza la comedia del jefe, es
decir, en el fondo, la comedia del padre. Sartre no quiso
ser ni padre ni jefe.
-¿Y la revolución qué es? ¿Es el rechazo a tener jefes?
-El ideal revolucionario es la eficacia de la acción. Eso
reclama una organización, con un partido, una vanguardia,
un ejército y, en consecuencia, un jefe. Mi período
revolucionario estuvo rodeado de jefes.
-¿Y la ambición de libertad?
-Esa es la tragedia: se hace la revolución para dejar de
tener jefes y se termina con un superjefe. Eso fue también
la Revolución Francesa, que quiso suprimir el Estado
absolutista y terminó construyendo un superabsolutismo.
Ese es el humor negro de la revolución. En todo caso,
cuando una revolución no tiene jefe, no va demasiado
lejos. Cuando tiene demasiados, se transforma rápidamente
en dictadura o en restauración. Pero ¿quién dijo que la
revolución no es una tragedia?
-¿Usted no desconfía de los jefes?
-Naturalmente. Sé que son necesarios, pero yo pido jefes
condicionales y no incondicionales, es decir, jefes
sometidos al único soberano, que es el pueblo.
-¿Es posible aprender a ser jefe?
-Hay un temperamento de jefe, una libido de jefe. Se lo
tiene o no. De todos modos, hay numerosas escuelas de
líderes en varios países. Los norteamericanos tienen esas
escuelas, pero el jefe es el encuentro entre una
personalidad y una coyuntura. Eso no se aprende.
-Un jefe debe cuidar su imagen...
-El jefe que se deja ver con demasiada frecuencia en
remera, haciendo jogging , corre el riesgo de perder su
autoridad. El rey tiene dos cuerpos: uno profano y uno
sagrado. Uno simbólico, el de su imagen oficial, ese que
permite construir el imaginario colectivo, una imagen
magnificada, solemne, y el cuerpo físico. Cuando se
muestra demasiado ese cuerpo físico, se revela el
individuo. Y el individuo es como los otros.
-O sea que el jefe es mucho más que un individuo.
-El jefe es un colectivo individualizado, un colectivo
sublimado. Es necesario que el jefe sea una sublimación.
Es teatro, dirá usted. Sí, pero el teatro forma parte de
la vida política.
-En la actualidad, hasta el principio de la autoridad
parece superado. En nuestras sociedades, ¿lo que cuenta no
son la influencia y las redes?
-Es verdad que hoy la palabra "jefe" es una palabra
obscena. Cuando en Médium decidimos reflexionar sobre lo
que es un jefe, quisimos terminar con ese tabú. El jefe
existe: hay que saberlo para no caer en la mistificación
del jefe.
-¿Es decir?
-Que de tanto rechazar el jefe, uno termina aceptando el
primero que aparece. Es como con la sexualidad: es mejor
hablar de ella para que no termine aplastándonos. Mejor
hablar del jefe para prevenir lo peor, que es la
mistificación del jefe, el culto de la personalidad y
todas las manifestaciones extremistas de la autoridad.
-¿Qué es para usted la autoridad?
-La autoridad es moral es imaginaria, no reposa sobre la
fuerza bruta. No es una cuestión de músculos ni de número.
La autoridad es una cuestión de creencia o de
conocimientos. El maestro tiene autoridad en una clase. Es
necesario que la tenga, de lo contrario, se producirá un
desorden y el pequeño cacique del curso terminará por
tomar el poder. Eso no será bueno ni para los alumnos ni
para el conocimiento. Creo que la autoridad es la
protección contra el poder. Y no creo ser reaccionario
diciendo esto. Porque tratar de que un petimetre no
termine creyéndose el patrón es justamente la democracia.