¿Cómo evitar el suicidio
en los adolescentes?
Sergio Andrés Pérez Barrero1
Introducción
Escribir
un libro sobre el suicidio en la adolescencia destinado a un
público general resulta harto difícil por varias razones:
probablemente algunos pensarán que por qué no se escribe sobre
otro tema menos trágico, que aporte más a este grupo de
personas en vez de escribir un libro sobre suicidio en los
adolescentes que pudiera incrementar el riesgo en ellos y al
final un mayor número intente quitarse la vida. Otros
considerarán que el suicidio no es tan frecuente en estas
edades, pues la adolescencia es una etapa de la vida con
muchas potencialidades para desarrollar una existencia
creativa y el suicidio, cuando ocurre, debe ser un acto
impulsivo, no bien pensado y por tanto, muy difícil de evitar,
tarea esta que deben abordar los psiquiatras, psicólogos,
suicidólogos, y médicos de la familia, no así otros sectores,
que pudieran empeorar las cosas y demorar la asistencia
especializada.
Cada una de
estas razones constituyen mitos relacionados con la conducta
suicida y no reflejan en modo alguno las evidencias del
suicidio en la adolescencia. Aprender a cuidarse la única vida
que tenemos los seres humanos es una cualidad que debe ser
desarrollada desde la más temprana infancia, pues si no se
tiene vida no se puede llevar a cabo proyecto alguno. Aprender
a amarse racionalmente incrementará la capacidad de amar a
otros, aprender a respetarse hará que seamos respetados.
Enfrentar la vida con soluciones no suicidas mejorará nuestra
calidad de vida.
A pesar
nuestro, el suicidio en la adolescencia es una trágica
realidad, ocupando un lugar entre las tres primeras causas de
muerte en la mayoría de los países y en algunos, sólo le
supera otro tipo de muerte violenta: los accidentes de
vehículos de motor. Y lo peor es que la tendencia es a
incrementarse según los estimados de la Organización Mundial
de la Salud (OMS).
Dotar a los
adolescentes de la literatura científica que aborde el
comportamiento suicida y su prevención pudiera ser de una
utilidad no despreciable, pues les pondría en mejores
condiciones de ayudarse ellos mismos y a sus iguales que se
encuentren en una situación de crisis suicida. Similar
provecho tendría para los padres, las madres, y otros
familiares, maestros y profesores, que estarían más
capacitados para detectar prematuramente aquellos candidatos a
la realización de un acto suicida y evitar que ocurra, además
de contribuir a interpretar el suicidio como un proceso que
tiene su historia y que contrariamente a lo que se piensa, no
ocurre por impulso, sino más bien como una decisión largamente
pensada, analizada, desechada y retomada en múltiples
ocasiones para poner fin a una vida, en la que el suicidio es
un síntoma más, el último síntoma, de una existencia infeliz.
En este libro
aparecen un grupo de preguntas que han sido realizadas al
autor por adolescentes que han participado en sus conferencias
sobre el tema del suicidio y su prevención y expresiones
erróneas que hemos escuchado a padres y madres y que se
convierten en un problema para la crianza de los hijos.
También se ofrecen algunos consejos a la familia para que
puedan lograr relaciones interpersonales más armónicas entre
sus miembros, todo lo cual contribuirá a mantener la salud
mental de sus integrantes.
Ojalá sea
leído con el mismo amor con que fue escrito.
Generalidades
La
adolescencia es definida como una etapa del ciclo vital entre
la niñez y la adultez, que se inicia por los cambios puberales
y se caracteriza por profundas transformaciones biológicas,
psicológicas y sociales, muchas de ellas genera-doras de
crisis, conflictos y contradicciones, pero esencialmente
positivos.
De acuerdo con
la Organización Mundial de la Salud, la adolescencia es la
etapa que transcurre entre los 10 y 19 años, considerándose
dos fases: la adolescencia temprana de 10 a 14 años, y la
adolescencia tardía de 15 a 19 años.
La
adolescencia, con independencia de las influencias sociales,
culturales y étnicas, se caracteriza por eventos universales
entre los que se destacan:
–El
crecimiento corporal evidenciable en el aumento de peso,
estatura y los cambios en las formas y dimensiones corporales.
–El aumento de
la masa muscular y de la fuerza muscular, más marcada en el
varón, acompañado de un incremento de la capacidad de
transportación de oxígeno, de los mecanismos amortiguadores de
la sangre capaces de neutralizar de manera más eficiente los
productos químicos derivados de la actividad muscular.
–Incremento y
maduración de los pulmones y el corazón, con un mayor
rendimiento y recuperación más rápida frente al ejercicio
físico.
–Incremento de
la velocidad de crecimiento, los cambios en las formas y
dimensiones corporales, los procesos endocrino metabólicos y
la correspondiente maduración, no siempre ocurren de forma
armónica, por lo que es común que presenten torpeza motora e
incoordinación, fatiga fácil, trastornos del sueño, los que
pueden generar trastornos emocionales y conductuales
transitorios.
–Desarrollo y
maduración sexual, con la aparición de las características
sexuales secundarias y el inicio de la capacidad reproductiva
–Los aspectos
psicosociales están integrados en una serie de características
y comportamientos que en mayor o menor grado estarán presentes
durante esta etapa de la vida y que pueden resumirse de la
siguiente manera:
Búsqueda de
sí mismo y de su identidad.
Necesidad de
independencia.
Tendencia
grupal.
Evolución
del pensamiento concreto al abstracto.
Manifestaciones y conductas sexuales con desarrollo de la
identidad sexual.
Relaciones
conflictivas con los padres que fluctúan entre la dependencia
y la necesidad de separación de los mismos.
Actividad
social reivindicativa, tornándose más analíticos, con
pensamientos simbólicos, en los que formulan sus propias
hipótesis y llegan a conclusiones propias.
Eligen una
ocupación para la que necesitarán adiestramiento y
capacitación para llevarla a la práctica.
Necesidad de
asumir un nuevo rol social como partícipe de una cultura o
subcultura específica.
No se pretende
enumerar todas las características que definen esta etapa de
la vida. Con las hasta aquí abordadas, el lector tendrá
aquellas que constituyen las esenciales de la adolescencia.
Pasemos a continuación a abordar los aspectos más generales
relacionados con el comportamiento suicida, para en los
siguientes capítulos, introducirnos en las especificidades del
adolescente suicida.
El comportamiento suicida
El
comportamiento suicida abarca las siguientes manifestaciones:
1- El deseo de
morir. Representa la inconformidad e insatisfacción del sujeto
con su modo de vivir en el momento presente y que puede
manifestar en frases como: “la vida no merece la pena
vivirla”, “lo que quisiera es morirme”, “para vivir de esta
manera lo mejor es estar muerto” y otras expresiones
similares.
2- La
representación suicida. Constituida por imágenes mentales del
suicidio del propio individuo, que también puede expresarse
manifestando que se ha imaginado ahorcado o que se ha pensado
ahorcado.
3- Las ideas
suicidas. Consisten en pensamientos de terminar con la propia
existencia y que pueden adoptar las siguientes formas de
presentación:
–Idea suicida
sin un método específico, pues el sujeto tiene deseos de
matarse pero al preguntarle cómo lo va a llevar a efecto,
responde: “no sé cómo, pero lo voy a hacer”.
–Idea suicida
con un método inespecífico o indeterminado en la que el
individuo expone sus deseos de matarse y al preguntarle cómo
ha de hacerlo, usualmente responde: “De cualquier forma,
ahorcándome, quemándome, pegándome un balazo.”
–Idea suicida
con un método específico no planificado, en la cual el sujeto
desea suicidarse y ha elegido un método determinado para
llevarlo a cabo, pero aún no ha ideado cuándo lo va a
ejecutar, en qué preciso lugar, ni tampoco ha tenido en
consideración las debidas precauciones que ha de tomar para no
ser descubierto y cumplir con sus propósitos de
autodestruirse.
–El plan
suicida o idea suicida planificada, en la que el individuo
desea suicidarse, ha elegido un método habitualmente mortal,
un lugar donde lo realizará, el momento oportuno para no ser
descubierto, los motivos que sustentan dicha decisión que ha
de realizar con el propósito de morir.
4- La amenaza
suicida. Consiste en la insinuación o afirmación verbal de las
intenciones suicidas, expresada por lo general ante personas
estrechamente vinculadas al sujeto y que harán lo posible por
impedirlo. Debe considerarse como una petición de ayuda.
5- El gesto
suicida. Es el ademán de realizar un acto suicida. Mientras la
amenaza es verbal, el gesto suicida incluye el acto, que por
lo general no conlleva lesiones de relevancia para el sujeto,
pero que hay que considerar muy seriamente.
6- El intento
suicida, también denominado parasuicidio, tentativa de
suicidio, intento de autoeliminación o autolesión
intencionada. Es aquel acto sin resultado de muerte en el cual
un individuo deliberadamente, se hace daño a sí mismo.
7- El suicidio
frustrado. Es aquel acto suicida que, de no mediar situaciones
fortuitas, no esperadas, casuales, hubiera terminado en la
muerte.
8- El suicidio
accidental. El realizado con un método del cual se desconocía
su verdadero efecto o con un método conocido, pero que no se
pensó que el desenlace fuera la muerte, no deseada por el
sujeto al llevar a cabo el acto. También se incluyen los casos
en los que no se previeron las complicaciones posibles, como
sucede en la población penal, que se autoagrede sin propósitos
de morir, pero las complicaciones derivadas del acto le privan
de la vida (inyección de petróleo en la pared abdominal,
introducción de alambres hasta el estómago o por la uretra,
etc.).
9- Suicidio
intencional. Es cualquier lesión autoinfligida deliberadamente
realizada por el sujeto con el propósito de morir y cuyo
resultado es la muerte. En la actualidad aún se debate si es
necesario que el individuo desee morir o no, pues en este
último caso estaríamos ante un suicidio accidental, en el que
no existen deseos de morir, aunque el resultado haya sido la
muerte.
De todos los
componentes del comportamiento suicida, los más frecuentes son
las ideas suicidas, los intentos de suicidio y el suicidio
consumado, sea accidental o intencional.
Las ideas
suicidas son muy frecuentes en la adolescencia sin que ello
constituya un peligro inminente para la vida, si no se
planifica o se asocia a otros factores, llamados de riesgo, en
cuyo caso adquieren carácter mórbido y pueden desembocar en la
realización de un acto suicida.
El intento de
suicidio es muy común entre los adolescentes con
predisposición para esta conducta y se considera que por cada
adolescente que comete suicidio, lo intentan cerca de
trescientos.
Factores de riesgo suicida en la niñez
El
conocimiento de los factores de riesgo que predisponen la
aparición de determinada condición mórbida es una estrategia
válida para su prevención. Este principio es aplicable a la
conducta suicida.
Ante todo hay
que considerar que los factores de riesgo suicida son
individuales, pues lo que para algunos es un elemento de
riesgo, para otros puede no representar problema alguno.
Además de individuales son generacionales, ya que los factores
de riesgo en la niñez pueden no serlo en la adolescencia, la
adultez o la vejez. Por otra parte son genéricos, ya que la
mujer tendrá factores de riesgo privativos de su condición y
así también lo será para el hombre. Por último, están
condicionados culturalmente, pues los factores de riesgo
suicida de determinadas culturas pueden no serlo para otras.
Pasemos a
enunciar los factores de riesgo suicida en la niñez que
contribuyen a que se desarrolle la conducta suicida en la
adolescencia.
Como es
conocido, se considera que por debajo de los 5 ó 6 años, los
niños tienen un concepto muy rudimentario de lo que es la
muerte o el morir, por lo que resulta prácticamente improbable
que se participe activamente de la muerte. En esta etapa la
muerte se representa, personifica u objetiviza como una
persona con buenas o malas intenciones, o un lugar
desagradable o apacible. También a estas edades es común que
la muerte se asocie a la vejez y a las enfermedades. Por
encima de esta edad, se comienza a considerar la muerte como
un suceso inevitable y universal, llegando el niño o la niña a
la conclusión de que todas las personas, incluyéndolo a él,
tienen que morir.
Paralelamente
con el concepto de muerte se desarrolla el de suicidio. Por
lo general los niños han tenido alguna experiencia sobre el
tema mediante la visualización de este tipo de acto en la
televisión, sea a través de programaciones para los adultos o
dirigidos a los niños y las niñas (muñequitos o comics). Otras
veces, el concepto se va adquiriendo mediante diálogos con
compañeros de su propia edad que han tenido familiares
suicidas o por conversaciones que escuchan a los adultos. En
sus concepciones sobre el suicidio, en el niño se entremezclan
creencias racionales e irracionales, articuladas y lógicas y
poco coherentes y comprensibles.
Hay niños y
niñas que adquieren ambos conceptos, muerte y suicidio a una
edad más temprana y otros más tardíamente, creyendo estos
últimos que la muerte es una continuidad de la vida o que es
un estado parecido al sueño del cual es posible ser despertado
tal y como ocurre en el cuento “La Bella Durmiente”.
En la
infancia, como es lógico suponer, los factores de riesgo
suicida deben ser detectados principalmente en el medio
familiar. Por lo general, el clima emocional familiar es
caótico, pues no hay un adecuado funcionamiento de sus
integrantes y no se respetan los roles ni las fronteras de sus
respectivos miembros. Los padres, cuando conviven juntos se
enrolan en constantes querellas, llegando a la violencia
física entre ellos o dirigiéndolas a los integrantes más
vulnerables, en este caso los más jóvenes, niños y niñas y los
más viejos, ancianos y ancianas.
Es frecuente
que los progenitores padezcan alguna enfermedad mental, entre
las que se citan por su frecuencia, el alcoholismo paterno y
la depresión materna. El alcoholismo paterno es sufrido por el
resto de la familia, pues esta toxicomanía involucra a todos
los integrantes, sea por los desórdenes conductuales, por la
violencia, los actos suicidas, los problemas económicos o la
incapacidad de cumplir con los roles asignados al alcohólico y
que otros tienen que asumir.
La depresión
materna, además del peligro suicida que conlleva se convierte
en un estímulo para el pesimismo, la desesperanza, la
sensación de soledad y la falta de motivación. A ello se
añaden las situaciones de maltrato por no poder la madre, en
estas condiciones, satisfacer las necesidades emocionales y de
cuidados del niño o la niña.
Otro factor de
riesgo suicida de importancia en la niñez es la presencia de
conducta suicida en alguno de los progenitores. Aunque no está
demostrado que el suicidio esté determinado genéticamente, es
un hecho que el suicidio puede ser imitado, principalmente por
las generaciones más jóvenes, lo cual ha dado origen al
término “Efecto Werther”, por los suicidios ocurridos entre
los jóvenes que habían leído la novela de Goethe Las penas del
joven Werther, cuyo protagonista termina su vida por suicidio
con arma de fuego. En ocasiones este proceso no es plenamente
consciente y el suicidio se produce por un mecanismo de
identificación, proceso mediante el cual se incorporan a la
personalidad algunos rasgos de la personalidad o formas de ser
del sujeto identificado.
Otras veces lo
que se transmite es la predisposición genética, no para el
suicidio, sino más bien para alguna de las enfermedades en las
que este síntoma es frecuente. Entre estas enfermedades se
encuentran las depresiones y las esquizofrenias en cualquiera
de sus formas clínicas. Ambos trastornos están descritos como
uno de los principales factores de riesgo suicida en la
adolescencia.
Las relaciones
entre los progenitores y sus hijos pueden convertirse en un
factor de riesgo de suicidio cuando están matizadas por
situaciones de maltrato infantil y de abuso sexual, físico o
psicológico. La violencia contra los niños y las niñas en
cualquiera de sus formas es uno de los factores que entorpecen
el desarrollo espiritual de la personalidad, contribuyendo a
la aparición de rasgos en ella que predisponen a la
realización de actos suicidas, entre los que se destacan la
propia violencia, la impulsividad, baja autoestima, las
dificultades en las relaciones con personas significativas, la
desconfianza, por sólo citar algunos.
Otras veces
las relaciones están caracterizadas por la sobreprotección, la
permisividad y la falta de autoridad, todo lo cual conspira
contra el buen desarrollo de la personalidad de los niños y
las niñas, quienes se tornan caprichosos, demandantes, poco
tolerantes a las frustraciones, manipuladores y egocéntricos,
pretendiendo que todos los seres humanos los traten de la
misma manera indulgente que lo hacen los familiares, lo que
provoca diversos problemas de adaptación desde la más temprana
infancia, los que se recrudecen en la adolescencia, cuando la
socialización ocupa un lugar preponderante en la conformación
definitiva de la personalidad.
Los motivos
que pueden desencadenar una crisis suicida infantil son
variados y no específicos, pues también se presentan en otros
niños que nunca intentarán contra su vida. Entre los más
frecuentes se encuentran:
1- Presenciar
acontecimientos dolorosos como el divorcio de los padres, la
muerte de seres queridos, de figuras significativas, el
abandono, etc.
2- Problemas
en las relaciones con los progenitores en los que predomine el
maltrato físico, la negligencia, el abuso emocional y el abuso
sexual.
3- Problemas
escolares, sea por dificultades del aprendizaje o
disciplinarios.
4- Llamadas de
atención de carácter humillante por parte de padres, madres,
tutores, maestros o cualquier otra figura significativa, sea
en público o en privado.
5- Búsqueda de
atención al no ser escuchadas las peticiones de ayuda en otras
formas expresivas.
6- Para
agredir a otros con los que se mantienen relaciones
disfuncionales, generalmente las madres y los padres.
7- Para
reunirse con un ser querido recientemente fallecido y que
constituía el principal soporte emocional del niño o la niña.
Obviamente,
una crisis suicida infantil surge de la relación del niño o la
niña con su medio familiar y se manifiesta por una serie de
señales en la conducta que se expresan, de manera general, en
cambios de todo tipo. Comienzan a tornarse agresivos o pasivos
en su comportamiento en la casa y en la escuela, cambian sus
hábitos de alimentación y de sueño, pudiendo mostrar
inapetencia o por el contrario, un apetito inusual. En cuanto
al hábito del sueño, los cambios pueden consistir en desvelos
o insomnio, terrores nocturnos, en los cuales el niño o la
niña despiertan, al parecer, pues realmente no lo están aún,
con los ojos desmesuradamente abiertos, temerosos, sudorosos y
quejándose de lo que están visualizando y que les ocasionan el
terror que experimentan. También sufren de pesadillas o malos
sueños, así como enuresis, o lo que es lo mismo, orinarse en
las ropas de cama mientras se está durmiendo. En otras
ocasiones lo que pueden presentar es una somnolencia excesiva,
que puede ser un síntoma depresivo a estas edades.
Durante la
crisis suicida infantil son comunes los problemas relacionados
con el rendimiento y comportamiento del niño o la niña en la
escuela. Las dificultades académicas, las fugas de la escuela,
el desinterés por las actividades escolares, la rebeldía sin
motivo aparente, la no participación en los juegos habituales
con los demás niños y amigos, la repartición de posesiones
valiosas, y hacer notas de despedidas, son signos que pueden
ser observados en una crisis suicida infantil.
Para el manejo
de esta crisis suicida en la infancia es necesaria la
participación de los padres y las madres en la terapia, lo
cual no se logra en muchas ocasiones, pues el niño o la niña
provienen de hogares rotos o con un clima emocional que impide
tal procedimiento.
La atención
psicoterapéutica a una crisis suicida infantil debe ir
dirigida a la sensibilización de padres o tutores para que
tomen conciencia de los cambios ocurridos en el niño o la
niña, que presagian la ocurrencia de un acto suicida. Hay que
insistir con ellos en el control de los métodos mediante los
cuales el niño o la niña puedan autolesionarse y poner a buen
recaudo sogas, cuchillos, armas de fuego, tabletas de
cualquier tipo, combustibles, sustancias tóxicas y otros
venenos, etc.
Si el niño o
la niña realizan una tentativa de suicidio hay que investigar
qué intención perseguían con este acto, pues necesariamente no
tiene que ser el deseo de morir el principal móvil, aunque sea
el de mayor gravedad. Los deseos de llamar la atención, la
petición de ayuda, la necesidad de mostrar a otros cuán
grandes son sus problemas, pueden ser algunos de los mensajes
enviados con un acto suicida. Se debe intentar realizar un
diagnóstico correcto del cuadro clínico que está condicionando
la crisis suicida, para descartar que este sea el debut de una
enfermedad psiquiátrica mayor, como un trastorno del humor o
una esquizofrenia, y en ello puede desempeñar un papel muy
útil la observación de sus juegos y la entrevista médica, la
cual debe correr a cargo de un especialista en psiquiatría del
niño y el adolescente.
La actitud de
la familia ante el intento de suicidio infantil constituye un
dato de suma importancia y cuando sea posible hay que evaluar
la capacidad que tienen los padres y las madres para
comprender y modificar los factores que han predispuesto o
precipitado el intento de suicidio. Es necesario que la
familia comprenda que la conducta suicida siempre indica una
adaptación inadecuada y requiere tratamiento psicológico,
psiquiátrico o ambos, según sea la gravedad del caso y nunca
limitarlo a la resolución de la crisis suicida.
Se debe evitar
que los padres y las madres se ataquen mutuamente, para lo
cual se le hace entender que ya la familia tiene un problema,
que es el intento suicida del niño o la niña y no se debe
sumar uno más, dado por los continuos ataques mutuos, que lo
único que pueden conseguir es entorpecer el manejo de la
crisis o provocar mayor malestar en el infante que puede
sentirse culpable de estas reyertas. Se invitará a cada
progenitor a meditar en lo que cada cual debe comenzar a hacer
o dejar de hacer para que la situación del infante sea
aliviada y se establecerán contratos terapéuticos con cada
uno, a ser reevaluados en próximos encuentros. Si alguno de
los progenitores presenta niveles importantes de
psicopatología, se intentará persuadir para recibir la terapia
correspondiente.
Nunca debe
transmitirse a los miembros de la familia que este tipo de
acto tiene intenciones de manipularlos y siempre se les debe
alertar sobre aquellas conductas que presagian la realización
de un nuevo acto de suicidio.
La
hospitalización del niño o la niña que han intentado contra su
vida puede ser una indicación válida si persisten las ideas
suicidas, si el intento de suicidio es el debut de una
enfermedad psiquiátrica grave, si existe comorbilidad,
especialmente el consumo de drogas, alcohol u otras sustancias
adictivas, si los progenitores padecen de trastornos mentales
de importancia o si el clima emocional familiar no constituye
un medio idóneo para que la crisis suicida sea resuelta.
De manera
general, se puede dividir la biografía de los futuros
adolescentes con conducta suicida en tres momentos.
1- Infancia
problemática, caracterizada por un elevado número de eventos
vitales negativos, tales como abandono paterno, hogar roto,
muerte de seres queridos por conducta suicida, alcoholismo
paterno, depresión materna, dificultades socioeconómicas,
abuso sexual, maltrato físico o psicológico, etc.
2-
Recrudecimiento de los problemas previos con la incorporación
de los propios de la edad, como son las preocupaciones
sexuales, los cambios somáticos, los nuevos retos en las
relaciones sociales, la independencia, la vocación, etc.
3- Etapa
previa al acto de suicidio que se caracteriza por la ruptura
de una relación valiosa o un cambio inesperado de su rutina
cotidiana, a la cual le es imposible adaptarse de una manera
creativa, apareciendo los mecanismos autodestructivos.
Una vez
conocidos los factores de riesgo suicida infantil, pasemos a
mencionar los que suelen aparecer en la adolescencia o
recrudecerse en ella.
Factores de riesgo suicida en la
adolescencia
Los
adolescentes que intentan el suicidio o se suicidarán se
caracterizan por tener diversos factores de riesgo para esta
conducta, entre los que se encuentran:
–Provenir de
medios familiares con desventaja social y pobreza educacional
–Estar más
expuestos a situaciones familiares adversas que condicionan
una niñez infeliz.
–Presentar
mayor psicopatología, incluyendo depresión, abuso de
sustancias y conducta disocial así como baja autoestima,
impulsividad, desesperanza y rigidez cognitiva.
–Mayor
exposición a situaciones de riesgo suicida o eventos vitales
suicidógenos como las relaciones humanas tumultuosas, los
amores contrariados o problemas con las autoridades
policiales.
Intentaré
desarrollar cada uno de estos aspectos por separado para que
el lector pueda conocerlos en detalle.
I- Factores
culturales y sociodemográficos
Los problemas
socioeconómicos, los bajos niveles educacionales y el
desempleo son factores de riesgo para el comportamiento
suicida pues limitan la participación social activa del
adolescente, impiden la satisfacción de las necesidades más
elementales y coartan la libertad de quienes los padecen.
Los factores
asociados a la cultura adquieren una importancia capital en la
conducta suicida entre las minorías étnicas, quienes se ven
sometidos a un proceso de coloniaje cultural con pérdida de la
identidad y sus costumbres y también se hace patente entre los
inmigrantes. Oberg fue el primero en utilizar el término
“shock cultural” para referirse al proceso de adaptación del
inmigrante, el cual se caracteriza por:
–Esfuerzos
constantes por lograr adaptarse a la nueva cultura.
–Sentimientos
de pérdida y pena, motivados por los recuerdos de los amigos,
familiares, la profesión, las posesiones y cuanto se ha dejado
atrás.
–Sentimientos
de ser rechazado por los miembros de la nueva cultura.
–Confusión en
el rol, las expectativas, los valores y la identidad ante la
nueva cultura.
–Sorpresa,
angustia, disgusto e indignación ante las diferencias
culturales a las que debe adaptarse.
–Sentimientos
de no ser capaz de adaptarse a la nueva cultura.
Entre las
razones que pueden contribuir al suicidio de los adolescentes
de estos grupos poblacionales se encuentran extrañar la tierra
natal y sus costumbres, problemas con la pareja, infelicidad,
baja autoestima, carencia de amigos o familiares, el
aislamiento social y la falta de comunicación por las barreras
que impone el idioma en caso que el país receptor difiera del
natal.
Un proceso de
este tipo, aunque con menos diferencias, puede desencadenarse
en el curso de migraciones internas, cuando se trasladan las
familias, en busca de oportunidades, desde las zonas rurales a
las urbanas o de las provincias o departamentos a las
capitales. La mudanza o migración interna, puede ser un factor
de riesgo de suicidio de importancia en la adolescencia,
principalmente cuando no se logra la adaptación creativa al
nuevo entorno.
II- Situación
familiar y eventos vitales adversos.
La situación
de la familia del adolescente suicida garantiza su infelicidad
e impide su crecimiento emocional, pues son comunes:
–Presencia de
padres con trastornos mentales.
–Consumo
excesivo de alcohol, abuso de sustancias y otras conductas
disociales en algunos de sus miembros.
–Antecedentes
familiares de suicidio o intentos de suicidio y permisividad o
aceptación de esta conducta como forma de afrontamiento.
–Violencia
familiar entre sus miembros, incluyendo el abuso físico y
sexual.
–Pobre
comunicación entre los integrantes de la familia.
–Dificultades
para prodigar cuidados a los que los requieren.
–Frecuentes
riñas, querellas y otras manifestaciones de agresividad en las
que se involucran los miembros de la familia, convirtiéndose
en generadores de tensión y agresividad.
–Separación de
los progenitores por muerte, separación o divorcio.
–Frecuentes
cambios de domicilio a diferentes áreas.
–Rigidez
familiar, con dificultades para intercambiar criterios con las
generaciones más jóvenes.
–Situación de
hacinamiento, lo que en ocasiones se traduce por la
convivencia de varias generaciones en un breve espacio, lo
cual impide la intimidad y la soledad creativa de sus
miembros.
–Dificultades
para demostrar afectos en forma de caricias, besos, abrazos y
otras manifestaciones de ternura.
–Autoritarismo
o pérdida de la autoridad entre los progenitores.
–Inconsistencia de la autoridad, permitiendo conductas que han
sido anteriormente reprobadas.
–Incapacidad
de los progenitores para escuchar las inquietudes del
adolescente y desconocimiento de las necesidades
biopsicosociales.
–Incapacidad
de apoyar plena y adecuadamente a sus miembros en situaciones
de estrés.
–Exigencias
desmedidas o total falta de exigencia con las generaciones más
jóvenes.
–Llamadas de
atención al adolescente que generalmente adquieren un carácter
humillante.
–Si los padres
están divorciados pero conviven en el mismo domicilio, el
adolescente es utilizado como punta de lanza de uno de ellos
contra el otro y se le trata de crear una imagen desfavorable
del progenitor en contra de quien se ha realizado la alianza.
–Incapacidad
para abordar los temas relacionados con la sexualidad del
adolescente, la selección vocacional y las necesidades de
independencia.
Los elementos
abordados con anterioridad son muy frecuentes en las familias
de los adolescentes con riesgo suicida, pero no son los
únicos. Es muy posible que usted pueda incrementar esta lista
con experiencias conocidas.
III-
Psicopatología del adolescente que constituye una
predisposición a cometer suicidio.
Se considera
que casi la totalidad de las personas que se suicidan son
portadores de una enfermedad mental diagnosticable, lo cual ha
sido ampliamente abordado en las investigaciones realizadas
mediante las autopsias psicológicas. En los adolescentes este
postulado también se cumple y se considera que la mayoría de
los que se suicidan pudieron haber padecido algunas de las
siguientes enfermedades:
–Depresión.
–Trastornos de
Ansiedad.
–Abuso de
alcohol.
–Abuso de
drogas.
–Trastornos
incipientes de la personalidad.
–Trastorno
Esquizofrénico.
Pasemos a
describir dichos trastornos, lo cual facilitará el
reconocimiento de los mismos por parte de los padres, las
madres, los abuelos y abuelas, maestros y maestras, amigos y
cualquier otra persona que esté en contacto directo con los
adolescentes, lo que les permitirá detectar precozmente los
sutiles cambios en la conducta, las relaciones humanas, la
afectividad y los hábitos que sugieren la presencia de uno de
estos trastornos.
Depresión. Es
una enfermedad del estado de ánimo, muy frecuente, la cual
afecta al ser humano en su totalidad, ya sea física y
emocionalmente, con repercusión social debido a la merma de la
voluntad para satisfacer las demandas habituales de la vida de
forma óptima. Entre los síntomas más frecuentes observados en
los adolescentes deprimidos se encuentran los siguientes:
–Tristeza,
aburrimiento, tedio y fastidio.
–Pérdida de
los intereses y del placer en las actividades que
anteriormente lo despertaban.
–Trastornos
del hábito de sueño, con insomnio o hipersomnia.
–Intranquilidad.
–Falta de
concentración.
–Irritabilidad, disforia, malhumor.
–Pérdida de la
energía para emprender las tareas cotidianas.
–Sentimientos
de cansancio y agotamiento.
–Preocupaciones reiteradas con la música, libros, y juegos
relacionados con el tema de la muerte o el suicidio.
–Manifestar
deseos de morir.
–Sentirse
físicamente enfermos, sin tener una enfermedad orgánica
alguna.
–Incremento
del uso del alcohol y las drogas.
–Falta de apetito o apetito exagerado.
–Conducta
rebelde sin una causa que lo determine.
–Expresar
ideas suicidas o elaborar un plan suicida.
–Planificar
actos en los que no se calculen de forma realista, las
probabilidades de morir.
–Llanto sin
motivo aparente.
–Aislamiento
social evitando las compañías de amigos y familiares.
–Pesimismo,
desesperanza y culpabilidad.
La Asociación
Psiquiátrica Americana (APA) en su clasificación de
enfermedades mentales DSM-IV-R considera que para realizar el
diagnóstico de un Trastorno Depresivo Mayor se requieren cinco
o más de los siguientes síntomas, los que deben estar
presentes por al menos dos semanas de duración y que ello
representa un cambio en el funcionamiento habitual del sujeto:
–Ánimo
deprimido la mayor parte del día durante todos los días.
–Marcada
reducción del placer o el interés en todas o la mayoría de las
actividades diarias.
–Disminución
de peso sin someterse a dieta o ganancia de peso (del orden de
un 5%).
–Insomnio o
hipersomnia diarios.
–Agitación
psíquica y motora o retardo psicomotor.
–Fatiga o
pérdida de energía diariamente.
–Sentimientos
de culpa inapropiados, que pueden conducir a delirios de
culpa.
–Disminución
de la capacidad para pensar o concentrarse e indecisión la
mayor parte del día.
–Pensamientos
recurrentes de muerte o de suicidio.
Estos síntomas
no deben ser ocasionados por una enfermedad física o por abuso
de sustancias.
Es de suma
importancia el reconocimiento de la depresión en el
adolescente, pues son más proclives a realizar intentos de
suicidio que los adultos en condiciones similares.
Algunas
particularidades de los cuadros depresivos en los adolescentes
son los siguientes:
Se
manifiestan con más frecuencia irritables que tristes.
Las
fluctuaciones del afecto y la labilidad son más frecuentes que
en el adulto, quien tiene mayor uniformidad en sus expresiones
anímicas.
Los
adolescentes tienen la tendencia a presentar más
frecuentemente exceso de sueño o hipersomnia que insomnio.
Tienen
mayores posibilidades de manifestar quejas físicas al sentirse
deprimidos.
Muestran
episodios de violencia y conductas disociales como
manifestación de dicho trastorno anímico con más frecuencia
que en el adulto.
Pueden
asumir conductas de riesgo como abuso de alcohol y drogas,
conducir vehículos a altas velocidades, sobrios o en estado de
embriaguez.
Trastornos de
Ansiedad. Diversas investigaciones han demostrado la
correlación existente entre los trastornos de ansiedad y el
intento de suicidio en adolescentes varones, no así entre los
adultos. Se trata de un estado emocional en el que se
experimenta una sensación desagradable de peligro inminente
para la integridad física o psicológica del sujeto, quien
puede temer a volverse loco, perder la razón o morir de un
ataque cardíaco. Si no es diagnosticado y tratado
oportunamente este trastorno, puede comprometer las
habilidades del sujeto para realizar sus actividades
cotidianas.
Las
manifestaciones del Trastorno de Ansiedad son las siguientes:
–Manifestaciones físicas que incluyen pulso acelerado, palidez
facial o rubor, incremento de la frecuencia respiratoria y
sensación de falta de aire, sudoración de manos y pies,
temblor, tensión muscular generalizada, saltos musculares,
dolor de cabeza, nauseas, dolores abdominales, diarreas,
micciones u orinas frecuentes, salto de estómago, piel de
gallina, frialdad de manos y pies, etc.
–Manifestaciones psicológicas entre las que sobresalen el
temor, la tensión, el nerviosismo, la sensación de estar
esperando una mala noticia, la incapacidad para mantenerse
quieto en un lugar y de relajarse.
–Manifestaciones conductuales consistentes en timidez,
aislamiento, evitación de aglomeraciones y actividades
sociales, dependencia, intranquilidad motora, hiperactividad
afanosa o necesidad de mantenerse ocupado
Las
manifestaciones señaladas con anterioridad son universales, es
decir, caracterizan a la ansiedad como trastorno o cortejo
sintomático, pero es conveniente señalar que existen formas
particulares de este trastorno, con síntomas específicos que
relacionaremos a continuación:
Ataques de
Pánico. Manifestación extrema de la ansiedad con aceleración
del pulso, hiperventilación o respiración rápida y
superficial, miedo a perder el control y sensación de muerte
inminente.
Fobia simple.
Miedo exagerado a objetos o situaciones que no representan
peligro alguno para la mayoría de los individuos. Un ejemplo
es el temor a los espacios cerrados o claustrofobia.
Fobia social.
Esta fobia es incapacitante para quien la presenta, pues el
sujeto evita cualquier situación que signifique interactuar
con otras personas por el temor a quedar mal paradas, a hacer
el ridículo, a hablar en público o mostrarse incapaz de
responder preguntas en un auditorio.
Ansiedad de
separación. Para su diagnóstico se requieren al menos tres o
más de los siguientes síntomas:
–Preocupación
y malestar excesivos al separarse del hogar o de las figuras
vinculares principales.
–Miedo a
perder a los padres o a que les pase algo malo.
–Miedo a ser
secuestrado o a extraviarse.
–No poder ir a
la escuela o a cualquier otro sitio.
–No poder
quedarse sólo en casa.
–No poder
dormir alejado de los padres o fuera de la casa.
–Tener
pesadillas recurrentes de secuestros. Accidentes, etc.
–Manifestar
diversas quejas físicas como dolor de cabeza, vómitos, dolor
abdominal antes de salir del hogar hacia la escuela u otro
lugar alejado
Estos síntomas
deben estar presentes por un período de por lo menos cuatro
semanas e iniciarse antes de los 18 años.
Fobia escolar.
Consiste en un temor a la escuela que ocasiona un ausentismo
total o parcial, lo que se expresa en diversos síntomas
físicos, imposibilidad de levantarse de la cama, náuseas,
cólicos, etc. Afecta a los niños y las niñas en la
adolescencia temprana, entre los 11 a 13 años.
Trastorno
Obsesivo Compulsivo. Condición mórbida caracterizada por
necesidad de realizar actos repetitivos o rituales de
complejidad variada para mitigar la angustia surgida por la
intrusión de pensamientos desagradables, persistentes a pesar
de los esfuerzos del sujeto por desembarazarse de ellos y cuyo
contenido es muy desagradable o absurdo, como por ejemplo
estar contaminado, padecer una enfermedad, la muerte de un ser
querido, profanación de imágenes religiosas, pensamientos de
contenido sexual intolerables, etc.
Trastorno de
Estrés Postraumático. Es un trastorno que ha cobrado interés
en los últimos años y es ocasionado por un acontecimiento o
situación traumática no habitual y de gran intensidad y que se
caracteriza por la re-experimentación del trauma, por la
aparición de conductas de evitación de situaciones en relación
con dicho acontecimiento y por un aumento de síntomas
neurovegetativos.
En la
adolescencia son frecuentes los sentimientos de culpabilidad,
tendencia a mantener en secreto lo ocurrido, cuando esto es
posible, conducta oscilante entre agresividad, violencia y
deseos de venganza, actitudes de inhibición, pasividad y
excesiva complacencia ante el medio ambiente y en ocasiones,
episodios de aparente repetición del trauma con ilusiones,
alucinaciones y episodios disociativos con lagunas de memoria.
Además de los
trastornos depresivos y de ansiedad, el abuso de alcohol
constituye un importante factor de riesgo de suicidio en la
adolescencia, pues se estima que uno de cada cuatro
adolescentes que cometen suicidio lo realizan bajo los efectos
del alcohol u otra droga o la combinación de ambos.
En la
adolescencia la vía más socorrida para abusar del alcohol es
la denominada sociocultural, la cual es el producto de las
costumbres, tradiciones, y convenciones de las diferentes
culturas, y se relaciona íntimamente con la presión ejercida
por los grupos humanos grandes o pequeños. Se ejemplifica con
el adolescente que se inicia en el consumo de cualquier
sustancia adictiva para demostrar hombría, audacia ante sus
iguales que lo subvalora sino sigue las reglas del grupo.
Por lo antes
referido, será de suma importancia que el adolescente sepa que
en la medida en que se ponga en contacto con cualquier
sustancia adictiva, con una mayor frecuencia y por un período
de tiempo más prolongado, tendrá mayores posibilidades de
desarrollar una toxicomanía o dependencia de sustancias.
Abuso de
Alcohol. La característica esencial del abuso de alcohol o de
otra sustancia cualquiera, consiste en un patrón desadaptativo
de consumo de dichas sustancias, manifestado por consecuencias
adversas, significativas y recurrentes relacionadas con su
consumo repetido. Puede darse el incumplimiento de
obligaciones importantes, consumo repetido en situaciones en
que hacerlo es físicamente peligroso y dañino, pudiendo llevar
a problemas legales, sociales e interpersonales recurrentes.
Estos problemas pueden manifestarse repetidamente durante un
período continuado de doce meses.
Los criterios
diagnósticos para el abuso de sustancias son los siguientes:
–Un patrón
desadaptativo de consumo de sustancia que conlleva un
deterioro o malestar clínicamente significativo, expresado por
uno o más de los siguientes síntomas durante un período de un
año:
Consumo
recurrente de la sustancia que da lugar al incumplimiento de
las obligaciones en el trabajo, la escuela o la casa
(ausencias repetidas o pobre rendimiento académico,
suspensiones o expulsiones de la escuela, descuido de las
obligaciones en la casa, etc.).
Consumo
recurrente de la sustancia en situaciones donde hacerlo es
físicamente peligroso (conducir un automóvil o accionar
máquinas bajo el efecto de la sustancia).
Problemas
legales repetidos relacionados con la sustancia (arrestos por
escándalo público debido a la sustancia).
Consumo
continuado de la sustancia a pesar de tener problemas sociales
continuos o recurrentes o tener problemas interpersonales
causados o exacerbados por los efectos de la sustancia
(discusiones con la esposa, violencia física, etc.).
Los síntomas
no han cumplido nunca los criterios para la dependencia de
sustancia.
Existen
determinadas señales de peligro que deben hacer pensar a los
padres, madres, tutores, maestros y médicos de la familia, que
un adolescente está consumiendo drogas y son los siguientes:
–Cambios
bruscos de amistades.
–Cambios en la
manera de vestir y de hablar, utilizando la jerga propia de
los toxicómanos.
–Disminución
del rendimiento académico y repetidas ausencias injustificadas
a la escuela, sin que se conozca en qué ha empleado el tiempo.
–Cambios en su
comportamiento habitual en el hogar, tornándose irritables,
aislados, huraños y sin deseos de compartir con el resto de la
familia.
–Realiza
hurtos en el propio domicilio, o en el de otros familiares,
amigos o vecinos para venderlos y adquirir el dinero con que
comprará la droga. En ocasiones roban importantes sumas de
dinero a los padres o les mienten sobre supuestas compras de
artículos deseados pero inexistentes.
–Cambios en
los horarios de las actividades, predominando las que realiza
en horarios nocturnos, lo cual altera su ritmo de sueño y
alimentación.
–Señales de
quemaduras en las ropas, manchas de sangre, señales de
pinchazos en antebrazos o resto de drogas en los bolsillos.
Como se ha
hecho evidente, el abuso de sustancias conlleva una serie de
comportamientos comunes encaminados a la búsqueda de la
sustancia, su consumo y restablecimiento de sus efectos
nocivos, variando, como es lógico suponer, las manifestaciones
clínicas de cada una de ellas.
Trastorno
Disocial de la Personalidad. Es otro factor de riesgo de
suicidio entre los adolescentes, que por sus rasgos clínicos
tiene una elevada propensión al suicidio y a la realización de
daños autoinfligidos. Sobresalen en este trastorno las
siguientes características:
–Un patrón
repetitivo y persistente de comportamiento en el que se violan
los derechos básicos de otras personas o normas sociales
importantes, propios de la edad, manifestándose por la
presencia de los siguientes criterios durante los últimos doce
meses y por lo menos de un criterio durante los últimos seis
meses:
Agresión a
personas y animales: con frecuencia fanfarronea, amenaza e
intimida a otros, a menudo inicia agresiones físicas, ha
utilizado un arma que puede causar daño físico grave a otras
personas (bate de béisbol, ladrillo, botella, navaja, pistola,
cuchillo, etc.), ha manifestado crueldad física con personas y
animales, ha robado enfrentándose a la víctima (ataque con
violencia, arrebatar bolsos, robo a mano armada), ha forzado a
alguien a una actividad sexual.
Destrucción
de la propiedad social: ha provocado deliberadamente incendios
con la intención de causar daños graves, ha destruido
deliberadamente propiedades de otras personas.
Fraudulencia
o robo: ha violentado la casa o el automóvil de otras
personas, a menudo miente para obtener bienes o favores o para
evitar obligaciones, ha robado objetos de cierto valor sin
enfrentamiento a la víctima (robos en tiendas, falsificaciones
de documentos)
Violaciones
graves de normas: a menudo permanece fuera del hogar de noche
a pesar de las prohibiciones paternas, iniciando este
comportamiento antes de los trece años, se ha escapado durante
la noche por lo menos en dos ocasiones, viviendo en la casa de
sus padres o en un hogar sustituto, suele tener ausencias a la
escuela, iniciando esta práctica.
El trastorno
disocial de la personalidad provoca deterioro significativo de
la actividad social, académica y laboral. Con suma frecuencia
desarrolla abuso de sustancias y dependencia de ellas, pero no
por la vía sociocultural expuesta anteriormente, sino por la
llamada hedónica, en la que la motivación más importante es la
búsqueda de “placer artificial”.
Trastorno de
la Alimentación. En la cultura contemporánea los medios de
difusión masivos han globalizado un modelo de belleza femenina
que en muchas ocasiones se convierte en un objetivo imitativo
inalcanzable, este trastorno puede enmascararse detrás de esta
propuesta de belleza y se caracteriza por un severo trastorno
de la conducta alimentaria que puede adquirir las siguientes
formas clínicas:
1- Anorexia
nerviosa en la que se presentan los siguientes síntomas:
–Rechazo
manifiesto a mantener el peso corporal mínimo.
–Un miedo
intenso a ganar de peso o a convertirse en obeso, incluso
cuando se está por debajo del peso ideal para la talla.
–Alteración de
la propia percepción del peso o de la silueta corporal,
creándose una imagen negativa de sí mismo.
2- Bulimia
nerviosa que se caracteriza por:
–Atracones
recurrentes, en los que el sujeto ingiere en un corto tiempo
una cantidad superior de alimentos a los que ingeriría la
mayor cantidad de personas en un tiempo similar y en similares
circunstancias.
–Sensación de
pérdida de control sobre la ingesta de alimentos.
–Conductas
compensatorias inapropiadas, repetitivas, con la finalidad de
no ganar peso, como son la provocación del vómito, el uso
excesivo de laxantes, enemas, ayunos y ejercicios
descontrolados.
–Los atracones
y las conductas compensatorias ocurren al menos dos veces por
semana durante un período de tres meses.
La
autoevaluación esta principalmente influida por el peso
corporal del adolescente.
Trastorno
esquizofrénico. Enfermedad devastadora que puede en su debut,
tener como primer y único síntoma evidente el suicidio del
adolescente. Se piensa que la asistencia al derrumbe
psicológico, a las diversas sensaciones y percepciones
anómalas, el cambio del mundo circundante y del propio Yo,
cuando aún se conserva algún lazo con el mundo no
esquizofrénico, explicaría este desenlace en un adolescente
“aparentemente normal”.
Esta
enfermedad no tiene un cuadro clínico homogéneo, pero algunos
síntomas deben hacer que se piense en ella. Entre estos, los
siguientes son los más comunes:
–Pensamiento
sonoro, eco, robo, inserción o difusión de los pensamientos
del sujeto.
–Alucinaciones
auditivas que comentan la actividad que realiza el individuo.
–Ideas
delirantes de ser controlado, de ser influido en las acciones,
emociones o pensamientos desde el exterior.
–Alucinaciones
auditivas que comentan la actividad que la persona realiza.
–Ideas de
tener poderes sobrenaturales y sobrehumanos.
–Invención de
palabras nuevas que no tienen significado alguno para quienes
le escuchan.
–Asumir
posturas corporales extrañas mantenidas o no realizar
movimiento alguno.
–Apatía
marcada, pérdida de la voluntad, empobrecimiento del lenguaje
o respuesta emocional inadecuada a los estímulos.
–Pérdida de
intereses, falta de objetivos, ociosidad y aislamiento social.
–Lenguaje
incapaz de servir de comunicación con los demás.
–La vida
laboral, las relaciones sociales y el cuidado personal están
gravemente comprometidos.
Se han
mencionado y descrito las enfermedades mentales que
frecuentemente conllevan suicidio entre los adolescentes, pero
sería de inapreciable utilidad detallar los rasgos o atributos
de la personalidad del adolescente que pueden facilitar la
eclosión de salidas suicidas emergentes frente a situaciones
de riesgo, las que serán abordadas más adelante.
Los siguientes
rasgos o atributos de la personalidad del adolescente que se
convierten en factores de riesgo para cometer suicidio son:
Inestabilidad del ánimo.
Conducta
agresiva.
Conducta
disocial.
Elevada
impulsividad.
Rigidez de
pensamiento y terquedad de la conducta.
Pobres
habilidades para resolver problemas.
Incapacidad
para pensar realistamente.
Fantasías de
grandiosidad alternando con sentimientos de inferioridad.
Sentimientos
de frustración.
Manifestaciones de angustia ante pequeñas contrariedades.
Elevada
autoexigencia que rebasa los límites razonables.
Sentimientos
de ser rechazado por los demás, incluyendo los padres u otras
figuras significativas.
Vaga
identificación genérica y orientación sexual deficiente.
Relación
ambivalente con los progenitores, otros adultos y amigos.
Antecedentes
de haber realizado una tentativa de suicidio.
Frecuentes
sentimientos de desamparo y desesperanza.
Frecuentemente se sienten heridos con la más mínima crítica.
Estos son
algunos de los rasgos que predominan entre los adolescentes
que al estar sometidos a las llamadas situaciones de riesgo
pueden presentar una conducta suicida. Como es conocido, ellos
se ven involucrados en mayor número de eventos vitales
desfavorables que sus pares no suicidas.
Enunciaremos
seguidamente aquellas situaciones en las que los adolescentes