La bisexualidad y
los límites de la deconstrucción
Juan José Ipar
jjipar@yahoo.com.ar
Introducción
El movimiento
intelectual que denominamos laxamente la Postmodernidad ha
sido visto por sus propulsores de manera harto variada,
unas veces como una continuación y aun intensificación de
la Modernidad, tanto de sus logros y proyectos cuanto de
sus calamidades y problemas, otras, como una toma de
distancia de la Modernidad e incluso como una crítica o
enjuiciamiento de ésta. El famoso espíritu moderno,
pujante y progresista para algunos, pasa a ser un objeto
al que es urgente analizar, desmontar o deconstruir.
La Modernidad,
especialmente la filosófica, pasa a ser vista como
egocéntrica, logocéntrica y totalitaria
.
Egocéntrica porque a partir de Descartes se expone a sí
misma como filosofía de la subjetividad, cuyo propósito
central es describir el acto de conciencia como paradigma
de todo acto posible. Logocéntrica porque, ya desde su
mismo inicio con Sócrates, la filosofía y la ciencia que
en ella abreva privilegia una visión y una explicación
racionalista del mundo y del hombre, con exclusión expresa
de todo otro punto de vista. Y totalitaria porque la
política que ella propugna se centra en la noción de poder
o, mejor, de un biopoder centralizador cuyo objetivo
fundamental es supervisar, someter y normalizar la vida de
las personas, acallando y segregando de la sociedad a
quienes no se avengan a o no sean capaces de acatar sus
imperativos universalistas. Egocentrismo, logocentrismo y
totalitarismo son tres modos en que se ejerce violencia
sobre el hombre, son discursos del amo que operan sobre el
cuerpo mismo de la sociedad. La violencia pasa a ser la
categoría fundamental del pensamiento y de la crítica
postmoderna, impregnando la propia teoría psicoanalítica,
por ejemplo, en el célebre texto de Piera Aulagnier,
según el cual interpretar ya es una forma de violencia en
la que uno, el analista, impone a otro, el paciente, una
asignación de sentido a la manera de un amo que se reserva
el derecho de determinar cómo deben ser entendidas las
cosas.
La Modernidad es, entonces, un sistema de
pensamiento que suele llamarse árquico, es decir,
principista. Afirma la existencia de una
arch,
principio del cual todo lo demás se ordena y deduce en
forma lógicamente necesaria y que es asimismo un poder que
se impone sobre las cosas y las personas, puesto que es
exterior a ellas y no depende de su voluntad o su deseo.
Como corolario, de esta
arch
se derivan toda una serie de aparatos o dispositivos de
dominación racionalmente fundamentados.
La Postmodernidad, en cambio, es vista por
una cantidad de autores como protesta vehemente contra lo
que consideran los excesos de la Modernidad y sus
consignas serán decir que no a la totalidad, no a lo Uno
(crítica y deposición de toda autoridad), no a la lógica y
su exigencia de presentar algo como necesario, no a la
identidad de lo Único y de la diferencia determinada y un
decir sí a la pluralidad de historias, mundos y maneras de
pensar, a lo azaroso y a lo contingente y a la diferencia
como ambigüedad que llama a pensar.
Derrida analiza y denuncia el
funcionamiento binario de la racionalidad moderna, la cual
se mueve entre pares de opuestos, de los cuales un término
es afirmado como valioso y positivo en desmedro de su
páredro, que es considerado dudoso y negativo. La propia
sexualidad ha sido entendida en función de ciertos pares
de opuestos tales como masculino/ femenino, normal/
perverso, heterosexual/ homosexual, exclusión/ aceptación,
identidad/ diferencia (sexual). Nuestra propia época, en
cuya discusión sobre la sexualidad se han incluido grupos
de activistas de diversos géneros y “sexualidades”, se
registra un movimiento de oposición y protesta y los
elementos hasta ahora rechazados y despreciados pasan a
ser reivindicados y promovidos.
Las críticas al Psicoanálisis
Después de un período de esperanza, la
comunidad gay se desilusiona del psicoanálisis y lo
incluye en la perspectiva homofóbica. Didier Eribon
considera que Freud ha quedado enredado en las teorías
psiquiátricas normativistas de Kraft-Ebing, aun cuando
acepta y reconoce su esfuerzo por entender la
homosexualidad en un marco humanista. La misma actitud
negativa se exacerba respecto a Lacan, a quien dedica dos
virulentos artículos
en los que pasa revista al modo en que Lacan teoriza la
cuestión de la homosexualidad. Así, a propósito del
Seminario V, Eribon analiza un caso de homosexualidad
masculina en el que Lacan dice que “la madre le dicta la
ley al padre” y piensa a la homosexualidad como una
desviación y no como una orientación. En el Seminario VIII,
en relación con la homosexualidad entre los atenienses el
siglo IV aC, socialmente aprobada, Lacan dice claramente
que por más aceptación social que haya tenido en aquel
medio, la homosexualidad
de los asistentes al célebre Banquete de Platón
eran, sin duda alguna, perversos. De ello, deduce Eribon
que para Lacan el verdadero amor es el heterosexual, etc..
Empero, si todos los deseos son perversos, ¿porqué
discriminar unos de otros? Por todo esto, Eribon concluye
que la homofobia de Lacan está presente ya en sus primeros
escritos, como Los complejos familiares y que se
trata nada menos que de un programa político: ante la
evidente decadencia del Nombre del Padre y del orden
masculino heterosexual, Lacan se propondría restaurarlo.
De acuerdo con esta ideología conservadora, sigue Eribon,
la función política del Psicoanálisis es normalizar la
sexualidad de las personas y estigmatizar a quienes osen
increpar dicha normalización.
Muchos analistas han intentado contestar
estas críticas señalando que, justamente, Eribon y sus
amigos confunden la figura imaginaria del Urvater
freudiano, un Uno incastrado cuyo capricho es ley, con la
función simbólica de la ley. No es lo mismo hablar del
papel normalizador de la ley que del ejercicio concreto
del poder político sobre la sexualidad y el cuerpo de las
personas. La ley prohibe a la vez que permite el deseo,
dándole a la falta estatuto simbólico, permitiendo ir más
allá del desgarro novelero de la frustración.
Y tampoco es en vano recordar que cuando Freud es
consultado por la madre de un homosexual, le dice que no
es cuestión de apartarlo de su homosexualidad sino de
permitirle ir en la dirección de su deseo.
Desde una perspectiva lacaniana, la
sexuación es la manera que tiene el psicoanálisis de
intervenir en el debate contemporáneo acerca de la
sexualidad y de lo que se trata no es de recomendar a
nadie alguna conducta u orientación sexual por encima de
otras, sino, más bien, de ver en cada caso cómo cada cual
se implica en la sexualidad. No es cuestión de asumir
alguna sexualidad reprimida o rechazada o de transformar
el yo o el self de nadie sino de la inscripción
respecto del significante fálico, del encuentro entre el
cuerpo y el falo y de la constitución del cuerpo sexuado.
Como cualquier otro significante, el falo produce una
significación a partir de la cual ser hombre o mujer
significa algo, aunque no se sepa bien qué. Lo que sí es
claro es que el falo como significante captura el goce que
recorre un cuerpo y permite un goce acotado, el llamado
goce fálico. En un comienzo,
Lacan entiende que la inscripción respecto del goce fálico
pasa por la identificación en el hombre y por la envidia
fálica (Penisneid) en la mujer. Más tarde,
aparece la noción de sexuación como ligazón entre el falo
y el sujeto ($) y como algo más que una mera
identificación: se trataría casi de una elección por la
que cada cual debe decidir en qué bando se alinea.
Es claro que la identificación es un proceso
predominantemente imaginario y que se intenta ir más allá
y ver qué es lo que la sexualidad tiene de simbólico.
Hay algunas fórmulas que revisten cierto
interés. Siempre en referencia al falo, podemos decir que
el hombre no lo es pero semblantea tenerlo y que
la mujer no lo tiene pero semblantea serlo. En ambas
fórmulas, aparecen articulados el ser y el tener el falo
o, mejor dicho, el no serlo y el no tenerlo. Si se
quisiera desarrollar otras fórmulas semejantes para
expresar la asunción de la sexualidad en travestis,
bisexuales o transexuales, tendrían que ser fórmulas más
complejas en las que no existiría una solución al problema
y que dejaría muchos blancos sin llenar. El
travesti,
por ejemplo, no lo es pero semblantea serlo y queda
sin saberse la cuestión de cómo es que no lo tiene. La
mujer fálica semblanteada por el travesti es un
personaje del imaginario cuyo status simbólico está
suspendido.
Así pues, pareciera que sólo el ser hombre
o mujer tiene posibilidades de inscripción simbólica y que
las otras “sexualidades” son prodigios imaginarios muchas
veces puramente reactivos y contestatarios a esta
concepción también imaginaria de la ley como poder
normalizador y abusivo. Remedando las consignas del 68
francés, lo imaginario al poder. Recuerdo el caso
de un transexual masculino que, luego de operado y ya
transformado en mujer,
decidió hacerse lesbiana como un acto de protesta y como
si el cambio de identidad sexual le resultase, por alguna
extraña razón, simple y sin complicación alguna. Alfonso
Gutiérrez Reto, por su parte, refirió el año pasado el
caso de una travesti que contaba cómo tardaba horas
en acicalarse antes de ir a prostituirse y que vivía toda
esa preparación “como una gran fantasía”.
La bisexualidad
Nos quedan los bisexuales, como parte
integrante y marginal de esta expansión de lo imaginario,
y constituyendo un grupo borroso de sujetos difíciles de
clasificar.
Últimamente han aparecido algunos estudios sobre ellos.
Uno de ellos, realizado en Australia, afirma que son las
personas que padecen más stress y depresión y que
son los que tienen mayor cantidad de pensamientos
negativos. Estos hechos son atribuidos al de no tener una
orientación sexual clara y a la presión que supone el
tener una inclinación diferente al resto. Otro estudio,
esta vez del British Journal of Psychiatry,
sostiene que los homosexuales y los bisexuales son más
proclives al suicidio, etc.. Hay un tercer estudio,
realizado por psicólogos de Toronto y de Chicago, que pone
en duda la existencia de verdaderos bisexuales recurriendo
a una curioso experimento con aparatología
pseudocientífica. Colocan en los genitales de los sujetos
que se declaran bisexuales sensores que miden la
excitación sexual y los estimulan con imágenes más o menos
explícitas y confirmaron que los hombres que decían ser
bisexuales resultaban ser homosexuales que no deseaban
poner al descubierto su verdadera identidad. Conclusión:
todo el mundo es monosexual, término éste aun no
consagrado por el uso y que podría significar que todos
tenemos nuestra sexualidad dominada por un solo fantasma
fundamental, por más que tengamos una multitud de
fantasmas secundarios que acompañan y enriquecen dicho
fantasma fundamental.
Muchas veces se invoca la tesis freudiana
de la bisexualidad originaria para afirmar nuestra
condición bisexual adulta. Lo que Freud dice es que hay
bisexualidad en el origen; luego, el sujeto se
decide como puede por una inclinación y reprime la otra,
alineándose en algún bando, pero no mantiene la
indefinición por mucho tiempo. Se aduce también que todos
los heterosexuales tienen una veta homosexual que puede
llegar a ser importante en muchos casos. Es completamente
cierto, como es cierto que muchos homosexuales tienen una
veta hétero insospechada hasta por ellos mismos y la
prueba es que la mayor parte de los galanes hollywoodenses
de la época de oro eran homosexuales pero que exhalaban
mucha más masculinidad que otros heterosexuales y la
platea femenina lo percibía inequívocamente.
A pesar de todo esto, el ideal sexual que
se impone en Occidente a partir de los 80 es claramente
bisexual y con ello se quiere decir que las personas
pueden experimentar ahora con su sexualidad más allá de lo
que hasta entonces se estimaba decente o decoroso. Todo
ello es el resultado de la revolución sexual de los 60 que
proclamaba el amor libre y desprejuiciado. El hippismo, el
“Prohibido prohibir” del mayo francés, el flower power,
el “paz y amor” de los jóvenes, la liberación femenina,
etc., seguido por el cinismo pragmático de los yuppies
de los 80 van todos en la misma dirección de permisividad
y apertura de las costumbres. Pero todo esto no pasa de
ser una descripción sociológica de fenómenos de masas, lo
que a nosotros nos interesa y compete es ver todo este
proceso como un efecto no sólo de la decadencia del Nombre
del Padre, sino también de la imposibilidad radical de
encontrar una manera de escribir la diferencia de los
sexos, de allí que la salida es difuminar la frontera que
los separa o bien recurrir a la proliferación de
“sexualidades” intermedias entre lo masculino y lo
femenino.
No hay que confundir, según Lacan,
sexuación con elección de objeto y es preciso, además,
asumir que el fundamento de la sexuación no pasa tanto por
los avatares de las identificaciones sexuales, aunque
éstas son muy importantes, sino por la imposibilidad
irreductible de las relaciones entre los sexos, siendo los
modos en que cada cual vive y practica la sexualidad
diferentes maneras de remontar y habitar dicha
imposibilidad. No hay relación sexual o, lo que es lo
mismo, no hay un objeto designado que convenga
adecuadamente a la pulsión, pero sí hay
Klischee
o fantasma que de alguna forma la pone en escena. Y
respecto a las múltiples identidades u orientaciones
sexuales queda el problema de saber si se trata en cada
caso de una especie de esencia o si, por el contrario, es
el resultado de una construcción conforme a modelos
culturales complejos.
La deconstrucción de la sexualidad moderna
ha descompuesto y liberado sus elementos constitutivos
dejando como efecto una identidad sexual laxa y
polivalente que contrasta con la “monosexualidad” como
modelo predominante. El futuro que se cierne sobre
nosotros es, al parecer, una progresiva licuación de las
certezas y de las definiciones. El matrimonio monogámico
será, dentro de esta lógica, la próxima víctima y debemos
prepararnos para codearnos con entidades matrimoniales que
cuenten con más de dos individuos. El matrimonio gay
podría llegar a ser mal visto por monogenérico y machista;
el feminismo, por su parte, está comenzando a ser
percibido como sexista y fanático. Seremos compelidos a
mostrarnos amplios y tolerantes, aun cuando, a pesar de
ello, las dicotomías y disociaciones del pasado renacerán
o resurgirán, puesto que es necesario que algo esté mal y
sea urgente cambiarlo. El malestar a corregir es, por lo
que se viene viendo, una cosa imprescindible y nos
retrotrae a la vieja idea kantiana de la infinita
perfectibilidad como determinación (Bestimmung)
fundamental del hombre. Por otro lado, como dice Freud, no
hay que preocuparse por destruir las construcciones en
función de las cuales viven los pacientes, muchas veces
fantasiosas y antojadizas, pues las reponen
incansablemente y con presteza. Del mismo modo, es bien
posible que no debamos temer al ímpetu iconoclasta de la
deconstrucción postmoderna, justamente a causa de que la
actividad mitopoyética de la maquinaria cultural opera con
tal celeridad que apenas queda tiempo para un resuello y
asisitimos a la proliferación de nuevas oposiciones
binarias que apuntalan nuevas formas de logo-, falo- y
egocentrismo.