El
síndrome de Haitzman
Juan José Ipar
Bajo este “marketinero” título, no ha de
encontrar el lector ninguna descripción clínica descubierta o
propuesta por algún hasta ahora ignoto psiquiatra
centroeuropeo, sino, más simplemente, una alusión al texto
freudiano Una neurosis demoníaca del siglo XVII del año
1922. Allí, Freud especula acerca de las motivaciones y
circunstancias que condujeron a Cristóbal Haitzman a firmar
nada menos que dos pactos con el Diablo, para luego ser
liberado de ellos merced a la oportuna intercesión de la
Virgen María y a la ayuda de los bondadosos monjes del
monasterio de Mariazell. No nos ocuparemos de todas las
vicisitudes que hubo de vivir el atribulado pintor ni de la
farragosa secuencia de testimonios e informes recopilados en
el Trophaeum mencionado por Freud, sino que nos
centraremos únicamente en las consideraciones finales del
“historial”, en las que Freud refiere más o menos directamente
qué opinión tiene de Haitzman como sujeto. Y puesto que cada
quien tiene alguna que otra de las características que exhibe
Haitzman, se justifica la tipificación de las mismas en un
síndrome, con la única salvedad de que se trataría de uno muy
extendido y quizá universal.
Un pobre diablo
¿Y cuál es la opinión que el pintor Haitzman le
merece a Freud? La misma que la del párroco en su carta de
presentación ante los monjes de Mariazell: se trataría de un
miserus omni auxilio destitutus (un miserable
abandonado de todo auxilio), esto es, un pobre tipo en estado
de abandono que no supo resolver un problema que a todo el
mundo se le presenta en algún momento de su vida: el de la
subsistencia. Nuestro buen Haitzman carece de medios para
mantenerse y es incapaz de obtenerlos por medio de su
profesión. No está de más decir que ser un pintor
independiente era en aquellas épocas una excelente manera de
conocer la miseria; en cierto modo, se hallaba en una
situación parecida a aquella en la que se encuentran
actualmente muchos profesionales otrora llamados liberales. En
la primera de sus muchas visiones, Haitzman muestra claramente
este problema: se le aparece un caballero que le pregunta qué
hará ahora que nadie se ocupa de él. En visiones
posteriores, más precisamente en aquellas que suceden al
primer exorcismo, cuando ya estaba en Viena en casa de su
hermana, hay una multitud de elementos que se corresponden con
las fantasías desiderativas de un hombre “hambriento de goces
y abandonado por todos: espléndidos salones, buena vida,
vajilla de plata y hermosas mujeres”(BN, p 2695).
Pero Haitzman tiene otra serie de visiones de
neto carácter ascético. En una de ellas, y guiado por Cristo,
entra en una cueva donde mora un anacoreta hace ya sesenta
años y éste le refiere cómo los ángeles le preparan
cotidianamente su alimento y retiran luego los utensilios. Hay
también allí una tentación (Versuchung), además de las
amenazas con los castigos en el más allá,: la de liberarse de
la necesidad de tener que procurarse el sustento. Pero, como
dice Freud, el bueno de Cristóbal era suficientemente artista
y mundano (Weltkind, literalmente “niño del mundo”)
como para renunciar (entsagen) al “mundo pecador”, esto
es, al siglo. Una dura alternativa se le presenta: entregarse
al Diablo y asegurarse el sustento a costa de la salvación de
su alma- el texto habla de la buenaventuranza (Seligkeit)-
o asegurarse el sustento ingresando en el clero, a costa de su
libertad (Freiheit) y “de la mayor parte de las
posibilidades de goce (Genubmöglichkeiten) que la vida
ofrece”(BN, p 2696). En ambos casos, aquello que ha de
perderse vía renuncia es el goce (Genub), sea éste
mundano o ultraterreno. Se inicia en él una lucha (Kampf)
interior que culmina con su ingreso en la Orden de la Merced:
religiosus factus est y con ello termina su miseria (Not,
vide infra).
En suma, Freud piensa que Cristóbal Haitzman
pertenece a un tipo (Typen) de sujetos poco afortunados
o demasiado torpes o mal dotados como para mantenerse, un
“eterno niño de pecho” (ewige Säuglinge). No un
síndrome pero al menos sí un tipo de sujetos, es decir,
una clase, un conjunto de individuos con un perfil, una
silueta, un rasgo, una forma que se encuentra en todos ellos a
pesar de sus diferencias interpersonales. Como “los que
fracasan al triunfar” y otros, no alcanza a conformar una
entidad clínica que pudiera añadirse a la nosología
establecida. Nosotros optamos por verlo como un síndrome
porque, en este asunto de lograr el propio sustento, todos
hacemos síntoma, debido a que se pone en juego la conflictiva
dependencia respecto de los demás. Haitzman resulta, pues,
para Freud un sujeto estancado en la posición de un lactante
ligado al pecho materno (Muterbrust) que es incapaz de
dejar de lado la pretensión (Anspruch) de ser
alimentado por otros durante toda su vida.
Quien haya leído alguna de sus biografías
disponibles, podrá entender el tono severo y posiblemente un
poco despectivo con que Freud se refiere a Haitzman. En ellas,
especialmente en la de Jones, se aprecia la opresiva presencia
del tema del dinero: se habla allí todo el tiempo de los
esquivos gulden que no alcanzan, que recibe o espera
con ansiedad recibir de sus parientes, etc.. Suponemos que
Freud, un self made man hijo de su época, debe haber
sentido un orgullo personal más que considerable por haber
logrado el éxito profesional que finalmente obtuvo y la
holgura material que lo acompañó. Podemos usualmente
simpatizar con las pequeñas desgracias que compartimos con el
prójimo, pero siempre nos es difícil entender porqué otras
personas no pueden superar un grave problema que nosotros
hemos alcanzado a resolver. Vemos en esos infortunados una
imagen de lo que hubiera podido pasarnos a nosotros mismos de
no haber tenido la buena fortuna de librarnos de la
catástrofe. El pobre sujeto que sí tuvo la desgracia de
enredarse y no acertar con la solución a su problema pasa a
ser alguien ominoso cuya cercanía podría resultar peligrosa y
contagiosa. Un jettatore que trae mufa; señal de
que el temor a la Hilflosigkeit (vide infra) no
se pierde jamás y pervive en ésta como en tantas otras
supersticiones.
Tres clases de conflicto neurótico
Los dos últimos párrafos (BN, p 2696) del texto
freudiano mencionado presentan ciertas dificultades que
pasamos a exponer y, esperamos, a resolver. Comienza Freud
diciendo que este cuadro neurótico que presenta Haitzman no
viene a ser sino “una farsa que encubre un fragmento de la
trabajosa pero banal lucha por la vida”(...ein Gaukelspiel,
welches ein Stück des ernsthaften, aber banalen Lebenskampfes
überdeckt, SA, VII, p 318). En la mayoría de los
casos, dice Freud, la neurosis es más independiente “de los
intereses de la conservación y de la afirmación de la
existencia“ (von dem Interessen der Lebenserhaltung und
Behauptung). Y agrega en forma un poco enigmática que “en
el conflicto que la neurosis crea actúan solamente intereses
libidinosos en íntima conexión (Verknüpfung) con
intereses de la afirmación vital (Lebensbehauptung).
Sigue diciendo que “el dinamismo de la neurosis es en los
tres casos el mismo”. Y describe brevemente dicho
Dynamismus: estancamiento de la libido (Libidostauung),
regresión a fijaciones antiguas (Regression zu alten
Fixierungen) y un exutorio (Abflub) o descarga a
través “de lo reprimido inconsciente” Todo esto es conocido,
pero, ¿cuáles son los tres casos? No queda claro, hay que
admitir. Lo que resulta, sí, interesante es la distinción que
hace Freud entre conservación y afirmación de la vida por un
lado e intereses libidinales por otro. Concluimos, en base a
ella, que los tres casos o tipos de neurosis vendrían a ser:
a) cuadros neuróticos, como el de Haitzman, en los que domina
la escena el conflicto del sujeto por conservar y afirmar su
propia existencia; b) casos en que el cuadro neurótico se basa
principalmente en un conflicto libidinal (conflicto amoroso);
y c) casos mixtos en los que uno y otro factor se imbrican
íntimamente.
El conflicto histórico de Haitzman no sería con
una madre privadora sino, López Ballesteros fuerza
acertadamente el texto, con el “padre sustentador” (Freud dice
solamente “el padre”). Pasa del padre histórico al Diablo
“como sustituto del padre” (als Vaterersatz) y de éste
a los Patres de la Orden, pero queda siempre en la
órbita del complejo paterno y la madre nunca es mencionada ni
aludida, excepto por el importante papel que juega la Virgen
María como intercesora ante el Padre celestial.
Pequeña digresión sobre la
Lebensbehauptung
Vimos en el punto anterior que Freud no habla
solamente de conservación de la vida (Lebenserhaltung)
sino que agrega- y distingue-, además, lo que llama la
“afirmación de la vida” (Lebensbehauptung). ¿A qué se
refiere Freud con esto de la afirmación de la vida?
Distingámosla, ante todo, de la afirmación como Bejahung,
conocida ampliamente a través de Lacan y que remite a un decir
que sí a la incorporación o introyección de un objeto bueno, o
bien del significante. En este sentido, afirmación como
Bejahung se opone a la freudiana Ausstobung aus dem Ich
(expulsión fuera del yo) y a la lacaniana Verwerfung,
forclusión o rechazo de un significante fundamental (Nombre
del Padre). En años recientes, la forclusión de otros
significantes que no sean el Nombre del Padre es invocada para
explicar la denominada “patología del borde”.
La afirmación como Behauptung estaría
más ligada, en mi opinión, a conceptos como la “protesta
masculina” o, más lejanamente, a la nietzscheana “voluntad de
poder”, esto es, a nociones que apuntan a la actitud general
que un sujeto tiene ante la vida. Apuntamos más arriba que
Freud habla de la “lucha por la vida” (Lebenskampf),
engendro de indudable raigambre darwiniana y muy en boga en
las sociedades burguesas de la época, en las que valores como
el trabajo (Arbeit) y el esfuerzo (Bemühung)
eran considerados como los más preciados, especialmente en los
hombres. La Behauptung es la afirmación del yo frente a
un entorno hostil, que ha de ser dominado por el hombre y ello
se logra exclusivamente por medio de la identificación con los
desiderata de la cultura de la época. Ser empeñoso,
laborioso, tener fortaleza de ánimo para enfrentar las
inevitables adversidades que puedan presentarse, ser sufrido y
paciente y, sobre todo, creer en uno mismo: he ahí un
verdadero hombre.
Necesidad y desamparo
Haitzman está, pues, en las garras de la
necesidad y la palabra que usa Freud repetidas veces es Not,
que solemos traducir comúnmente como necesidad, escasez,
miseria, penuria, etc.. En otro sentido, Freud utiliza muchas
veces el término Not para designar al mundo exterior,
el Aussenwelt, aquello que está fuera del sujeto y a lo
cual debe necesariamente enfrentarse. Un término compuesto,
que también aparece en Freud, Notwendigkeit, es la
palabra que usa Kant para designar la necesidad como categoría
del entendimiento, que se opone a contingencia, noción próxima
a la de azar. Nötung es otro derivado que significa
coacción y es importante porque en él aparece con claridad ese
matiz de violencia y forzamiento que caracteriza a la Not.
Tres factores se anudan en Haitzman de modo
intrincado: la depresión (Depression), la inhibición
para trabajar (Arbeitshemmung) y la tristeza por el
padre (Trauer um den Vater).
La muerte del padre sume a Haitzman en la
melancolía y en el desamparo, término muy próximo al de Not
y que Freud denomina Hilflosigkeit, estado de desamparo
inicial del humano al nacer y que constituye una experiencia
universal de completo desvalimiento y angustia inenarrable (Winnicott).
La mítica experiencia de satisfacción (Befriedigungserlebnis)
clausura la no menos mítica Hilflosigkeit e introduce
al sujeto en la búsqueda del objeto perdido.
Desamparo y necesidad, ¿qué hacer?. Lo dijimos
más arriba: esforzarse y afirmar el propio yo por medio de la
lucha. Los perdedores y los fracasados descreen de sí mismos,
no perseveran en el empeño, “se entregan sin luchar” y, como
en un mal tango, quedan marginados de la vida social,
mascullando amargamente su decepción. Lo característico del
hombre moderno es no esperar demasiado de los dioses y apostar
todo a la propia iniciativa. El hombre tradicionalista, en
cambio, queda paralizado ante las catástrofes, a la espera de
lograr nuevamente el perdido favor de sus dioses. Las crónicas
indianas cuentan cómo los aztecas, aterrorizados ante el
avance de los españoles hacia su capital, no consideraron
inicialmente cómo enfrentarlos eficazmente por medio de las
armas, sino que optaron por redoblar sus sacrificios y
masacraron veinte mil hombres para ofrecer más sangre
revitalizadora a sus declinantes dioses.
El psicoanálisis mismo no es en su raíz sino
trabajo y perseverancia frente a la angustia. Implica un
cierto aprendizaje de cómo lidiar con las situaciones penosas
y no retroceder ni huir por vía de los síntomas. De lo que se
trata es de poder hablar y hacer discurso cuando la angustia
arrecia.
El síndrome y sus variantes
Un síndrome supone síntomas y/o signos que se
agrupen y se manifiesten solidariamente. No hay, obviamente,
un grupo de síntomas o signos que aparezca regularmente en
relación a cómo cada uno de nosotros resuelve el problema
universal de atender a la propia subsistencia,. Lo que
quisimos decir es que todos hacemos a ese respecto algún tipo
de transacción entre nuestros deseos y lo que la realidad nos
puede ofrecer o nos retacea. Todos terminamos poniéndonos bajo
el ala de algún Amo o, mejor dicho, de alguien que funcione
como tal. Un poco de obediencia a las jerarquías nos hace
merecedores de cierto grado de buenandanza y, haciendo un
esfuerzo más que considerable, aprendemos desde niños a
reverenciar y aún necesitar autoridades que nos guíen y
sostengan y, esencialmente, nos pongan a buen resguardo de la
angustia. Nadie está en condiciones de arrojar a Haitzman
piedra ni acusación alguna, acosados como estamos por la
Not y la Hilflosigkeit. Por más modernos que
logremos llegar a ser, siempre quedará en lo profundo esa
terrible experiencia de indefensión constantemente dispuesta a
emerger y a transformarnos en infantes desvalidos. Y el
desamparo con certeza volverá con toda su fuerza en el momento
supremo de morir, lindeza que nos espera a la vuelta de
cualquier esquina. Aun el Rufián melancólico de la novela de
Arlt, un sujeto capaz de los peores crímenes e iniquidades,
muere llamando a su madre en brazos de una ciega a la que él
mismo prostituyó.
En el historial de Freud, todo el tema del
desamparo y la necesidad gira alrededor de si la figura del
padre logra reemplazar a la de la madre en el rol fundamental
de apaciguador y sustentador. Si el pasaje de la madre al
padre se verifica con cierta felicidad, el sujeto quedará
razonablemente afirmado frente a la dureza de la
existencia. En la Sinopsis de las neurosis de transferencia-
“fantasía científica” que integraba los trabajos
metapsicológicos previos a Más allá...- Freud hace la
enigmática afirmación de que, con el advenimiento de la
cultura, el padre sustituye a la Not. Este aserto se
nos vuelve claro ahora en este historial de Haitzman. El
padre- si se quiere el Otro- pasa a ser aquello a lo cual
hemos de acomodarnos, a quien hemos de someternos de algún
modo para sobrevivir y prosperar. Esta acomodación al padre
admite ciertas variantes que debemos examinar.
Ante todo, es necesario hacer algunas
restricciones a nuestra afirmación de que todos hacemos
síntoma en relación a cómo resolvemos la cuestión del
sustento: ciertos sujetos no llevan a cabo ninguna transacción
ni con el padre ni con sus congéneres y obligan a éstos a
hacerse cargo de su manutención. Los psicóticos- de ellos se
trata- “no ceden en cuanto a su deseo”, según reza la fórmula
lacaniana. La mayoría de ellos ocupan un lugar marginal en la
sociedad, un capullo, en el que, en el mejor de los casos,
desenvuelven sus limitadas vidas, aunque, eso sí, acechados
sin tregua por el Otro, una especie de Genio maligno
cartesiano que aplica toda su industria a vigilarlos e
intentar influir sobre sus funciones mentales y corporales. Es
a causa de este rechazo radical que en ocasiones se los ve
como héroes que han resistido el apremio de socializarse y
limitar su goce, y vendrían a ser considerados como espíritus
libres que no tienen en cuenta la opinión de los demás. Una
visión muy norteamericana de la heroicidad es presentar a un
sujeto capaz de “romper las reglas” y crear sus propias reglas
en franca oposición a las de los demás. La novela del
american hero también tiene variantes: a veces la rebeldía
es exitosa y, otras, el sujeto incomprendido es envidiosamente
destrozado por los que sí se han sometido a los mandamientos
del Otro y han claudicado en su enfrentamiento con éste. A los
psicóticos no suele irles tan bien, debido principalmente a
que las reglas propias acorde con las cuales pretenden vivir
suelen ser tan bizarras que ningún acuerdo es posible con
aquellos que los rodean.
Otros que en apariencia no deponen sus
pretensiones son los perversos y sostienen la difícil tesis de
ser libres y no padecer de privaciones o frustraciones en el
campo del goce sexual. Pero ya es bastante conocida la idea de
que, mientras manifiestamente se presentan como grandes
gozadores, en realidad trabajan para el goce del Otro como
autómatas manejados por medio de invisibles pero muy efectivos
resortes y poleas. Cumplen, además, con la importante misión
social de ser execrables degenerados que escandalizan al común
de las gentes y pagan sufriendo discriminación, escarnio y aún
cárcel los pobres placeres que mecánicamente experimentan. El
Amo- el Otro y su miríada de encarnaciones- es, pues, una
fatalidad contra la que es inútil e ilusorio revolverse.
Vivimos condenados a que no nos sea concedido lo que más
ansiamos y únicamente nos queda la magra satisfacción de
llevar a cabo alguna pequeña heroicidad que satisfaga nuestra
Lebensbehauptung, que es ahora afirmación vital del
propio yo frente al Otro y sus mandamientos de “amorosa”
sumisión. Con otras palabras, ya señalamos más arriba que,
irónicamente, la Lebensbehauptung sólo es posible
merced a la identificación del sujeto con los mandamientos del
Otro, como sí justamente por medio de la sumisión se lograse
la consistencia narcisística del yo y una relativa
independencia de los demás. La paradoja de la “fortaleza yoica”,
como les gustaba decir a los psicólogos del yo, es que está
hecha toda ella de claudicación y sumisión a los ideales de la
cultura a la que forzosamente pertenecemos.
Nos quedan los neuróticos como aquellos que
efectivamente terminan sometiéndose a la exigencia de
socializarse y ceder parte importante de su goce (Genub),
pero que, a la postre son los que sostienen al Estado pagando
impuestos, tienen hijos, envejecen despotricando contra el
Estado y los hijos y conforman la legión de ciudadanos
consumidores de ilusiones y novelas sentimentales. Son los que
siempre concluyen diciendo resignadamente que “en algo hay que
creer”, aunque se trate de la revolución productiva, el
comunismo, el eje del mal o los consejos de los astrólogos por
televisión. Todos estos émulos de Haitzman tienen, por
supuesto, su costado mentiroso y ventajero y, como ellos
mismos suelen admitir, nunca “dan puntada sin hilo” y
constantemente tienen un ojo puesto en sus intereses. Esta
capacidad de cálculo y simulación es la que lo lleva a
Haitzman a servirse de las supercherías admitidas en su época,
montar las escenas de la “devolución” de los pactos firmados
con el demonio y finalmente ingresar en la orden, con lo cual
resuelve de alguna manera el problema de su sustento. La a la
vez engañosa y sincera sumisión de los neuróticos a los
mandamientos sociales los convierten en los sujetos que mejor
se adaptan a las durezas de la vida, al menos en las
sociedades burguesas. Freud vivió en las postrimerías de la
belle époque, en la cual todavía las duquesas conservaban
prestigio y dinero suficientes como para arbitrar la moda y
dar el tono en la sociedad, según lo atestigua Proust. Y como
todo burgués, Freud también tiene un costado
pseudoaristocrático que juzga indecorosa y despreciable esa
habilidad para sobrevivir a los reyezuelos de turno que tiene
la clase media, aunque, lo dijimos, reserva su mejor desprecio
para los perdedores y desgraciados.
Así pues, con esta breve historia del
inexistente síndrome de Haitzman hemos querido mostrar este
aspecto darwiniano- burgués, moderno y competitivo- del
freudismo y reivindicar de paso al bravo Cristóbal por su
ingenio y desparpajo, puesto que la inevitable fatalidad de
ser un neurótico no es achacable por entero a su humano
albedrío, aunque sí es mérito suyo el haber resuelto como lo
hizo su lacaniano status de destituido (destitutus),
alcanzando la ansiada tranquilitas.