CURSO SOBRE DEPRESIÓN
Director Hugo Marietan
marietanweb@gmail.com
Obsesión,
perfeccionismo y ordenalidad
Hugo Marietán
.
Introducción
En nuestro trabajo clínico muchas veces nos encontramos
con una persona que manifiesta un exagerado, para
nosotros, gusto por el orden, o que es meticuloso,
detallista. Surge entonces la duda si se trata de un
obsesivo, un perfeccionista o, como Tellenbach lo ha
señalado, es un rasgo de ordenalidad, propio del Typus
melancólico. Este trabajo intenta diferenciar estos tres
tipos de conductas donde el afán de orden, de detalle, de
meticulosidad pueden ser compartidos, pero devienen de
cuadros patológicos y rasgos de personalidad disímiles,
según la opinión del autor. El poder distinguirlos
facilita el encuadre terapéutico específico.
El estilo de pensamiento obsesivo
En el estilo de pensamiento obsesivo se caracteriza por la
presencia de ideas que, reconocidas por la persona como
propias de su capital ideativo, pertenecientes a su yo,
son vivenciadas como impuestas en el campo de la
conciencia. Suele considerarlas como absurdas,
irracionales, pero fracasa en su intento de reemplazar
este tipo de pensamiento por otro y no encuentra
explicación al por qué de esa imposición.
Las tres claves a tener en cuenta para tipificar una idea
obsesiva son: primero el peso impositivo de la idea;
segundo el rechazo por considerarla absurda, no deseada; y
tercero el reconocimiento como propia. Genera angustia,
tensión, y el paciente utiliza el rito, un mecanismo
conductual repetitivo, para neutralizarla o aliviarla.
La idea obsesiva, como toda idea, tiene capacidad
ideopráxica, es decir puede traducirse en conducta, ese es
el sentido de la expresión clásica "condiciona la
conducta" ¿Por qué condiciona? Porque el individuo trata
de neutralizar la idea obsesiva ejerciendo su voluntad
pero no puede y debe llevar a cabo el rito, que es una
conducta igualmente considerada absurda, tonta, que se
realiza con displacer, pero que alivia la angustia. La
obsesión "quiebra" la voluntad y la autonomía del paciente
que se ve sometido a sí mismo y por sí mismo a realizar el
rito. Alivia la angustia, pero a su vez desagrada. Bajar
así la tensión tiene un precio también displacentero, pero
a otro nivel, a nivel del autoreproche. Mas si no lo hace
no puede seguir, porque la ideación obsesiva paraliza.
Contenido obsesivo: la duda y el presagio
Dice Ferrater Mora que "el término «duda» significa
primariamente «vacilación», «irresolución», «perplejidad».
Estas significaciones se encuentran ya en el vocablo
latino dubitatio. En la dubitatio hay siempre (por lo
menos) dos proposiciones o tesis entre las cuales la mente
se siente fluctuante; va, en efecto, de una a otra sin
detenerse. Por este motivo la duda no significa falta de
creencia, sino indecisión respecto de las creencias. En la
duda hay un estado de suspensión del juicio."
El estado de duda llevaría a la persona a la paralización,
al no poder optar. Sin embargo, este elemento, muy
importante por cierto, no es suficiente para explicar la
conducta obsesiva. Es preciso otro partícipe necesario que
impulse hacia una decisión por el estado de tensión que
genera, y éste es el presagio. El diccionario define
"presagio" como "señal que indica, previene y anuncia un
suceso favorable o contrario. Especie de adivinación o
conocimiento de las cosas futuras por las señales que se
han visto o por movimiento interior del ánimo que las
previene".
El presagio, producto del pensamiento mágico, y la duda,
lo más excelso del pensamiento lógico, coactúan para dar
esta resultante que llamamos "obsesión".
Preferimos utilizar el término "presagio" por su
connotación mágica en vez de los términos "anticipación" o
"planificación", que designan pensamientos que se orientan
a las posibilidades futuras pero analizando lógicamente
las variables presentes.
Lo que deviene de la magia se neutraliza mágicamente. Por
eso la tensión displacentera que genera el presagio se
neutraliza con el rito. En el rito no se pronuncia
cualquier palabra ni se realizan movimientos al azar, sino
que estos últimos responden a una ceremonia establecida.
"Antes de salir debo besar a todas las estampitas y
crucifijos. No por mí, sino para proteger a los que no
están en ese momento en casa. Si no lo hago les puede
pasar algo a mis parientes. Beso a un ángel, que está
vestido de celeste, para los varones, al vestido de rosa
para las mujeres y a la virgen grande para las personas
mayores. Me molesta hacer eso, es algo absurdo. A todo
esto lo veo como un ritual, pero no puedo dejar de
hacerlo. Es como si tuviera el cerebro divido en dos: uno
razona y el otro no. El que no razona lo domina. Me digo,
«no lo voy a hacer», pero al final lo hago".
Absurdo y parásito
El pensamiento obsesivo tiene la particularidad de que el
contenido le resulta absurdo al propio generador de este
pensamiento. Es la característica básica que lo distingue
de la idea delirante. Otra característica es que la
persona no cree que le sea impuesto ese pensamiento
absurdo. O sea que deviene de su propio Yo, lo reconoce
como parte de sí misma, para diferenciarlo del pensamiento
delirante de los esquizofrénicos que muchas veces lo ven
como un pensamiento impuesto desde afuera.
El obsesivo hace la autocrítica, dice: "Es una tontería,
yo lucho pero no puedo dejar de hacer tal rito".
Para Jaspers en la obsesión "el Yo se sitúa frente a un
contenido que quiere expulsar, pero no puede expulsar en
pie de lucha. Los límites de la obsesión posible están
allí donde están los límites de mi voluntad. El individuo
está convencido de lo infundado de la angustia, de lo
absurdo del impulso, de la imposibilidad de la idea".
Para J. Vallejo "la obsesión es un tipo de cognición
intrusa, parásita, repetitiva, pasiva y egodistónica que
genera rechazo por parte del sujeto que la padece,
mientras que la compulsión es un fenómeno activo, ya que
supone una pugna entre la tendencia a la acción (motora o
verbal), y la resistencia a ésta (hacer-no hacer, decir-no
decir, etcétera), de forma que no siempre el acto llega a
realizarse." La resistencia es la lucha interna del
paciente contra el impulso o el pensamiento intruso.
"Las ideas obsesivas constituyen el núcleo de la patología
obsesiva. Su carácter intruso y repetitivo, la vivencia
angustiosa que el paciente experimenta y que emana de sí
mismo (a diferencia de lo que ocurre con el delirante) y
la imposibilidad de controlarlas eficazmente, si no es de
forma transitoria a través de rituales, constituyen las
características básicas de estas ideas".
Para Pujol y Savy (1983), las características esenciales
de las obsesiones son:
1) Carácter insólito y parásito. El sujeto las reconoce
como patológicas procedentes de sí mismo, aunque se oponga
a ellas. El origen endógeno de las obsesiones configura su
carácter fatalista, que el paciente experimenta con
profunda desazón, ya que escapan al control voluntario e
invaden progresivamente su actividad cognitiva de forma
agobiante.
2) Carácter repetitivo y punzante.
3) Lucha ansiosa del psiquismo. El agobio psíquico que
crean las obsesiones origina una intensa ansiedad, que el
paciente intenta conjurar a través de defensas de diversa
índole (rituales), que configuran y complican la
sintomatología inicial.
4) Atmósfera de duda.
El DSM IV
Criterios para
el diagnóstico de F42.8 Trastorno obsesivo-compulsivo
[300.3]
A. Se cumple para
las obsesiones y las compulsiones:
Las obsesiones se
definen por (1), (2), (3) y (4): (1) pensamientos,
impulsos o imágenes recurrentes y persistentes que se
experimentan en algún momento del trastorno como intrusos
e inapropiados, y causan ansiedad o malestar
significativos (2) los pensamientos, impulsos o imágenes
no se reducen a simples preocupaciones excesivas sobre
problemas de la vida real (3) la persona intenta ignorar o
suprimir estos pensamientos, impulsos o imágenes, o bien
intenta neutralizarlos mediante otros pensamientos o actos
(4) la persona reconoce que estos pensamientos, impulsos o
imágenes obsesivos son el producto de su mente (y no
vienen impuestos como en la inserción del pensamiento)
Las compulsiones
se definen por (1) y (2): (1) comportamientos (p. ej.,
lavado de manos, puesta en orden de objetos,
comprobaciones) o actos mentales (p. ej., rezar, contar o
repetir palabras en silencio) de carácter repetitivo, que
el individuo se ve obligado a realizar en respuesta a una
obsesión o con arreglo a ciertas reglas que debe seguir
estrictamente
(2) el objetivo de
estos comportamientos u operaciones mentales es la
prevención o reducción del malestar o la prevención de
algún acontecimiento o situación negativos; sin embargo,
estos comportamientos u operaciones mentales o bien no
están conectados de forma realista con aquello que
pretenden neutralizar o prevenir o bien resultan
claramente excesivos
B. En algún
momento del curso del trastorno la persona ha reconocido
que estas obsesiones o compulsiones resultan excesivas o
irracionales. Nota: Este punto no es aplicable en los
niños.
C. Las obsesiones
o compulsiones provocan un malestar clínico significativo,
representan una pérdida de tiempo (suponen más de 1 hora
al día) o interfieren marcadamente con la rutina diaria
del individuo, sus relaciones laborales (o académicas) o
su vida social.
D. Si hay otro
trastorno del Eje I, el contenido de las obsesiones o
compulsiones no se limita a él (p. ej., preocupaciones por
la comida en un trastorno alimentario, arranque de
cabellos en la tricotilomanía, inquietud por la propia
apariencia en el trastorno dismórfico corporal,
preocupación por las drogas en un trastorno por consumo de
sustancias, preocupación por estar padeciendo una grave
enfermedad en la hipocondría, preocupación por las
necesidades o fantasías sexuales en una parafilia o
sentimientos repetitivos de culpabilidad en el trastorno
depresivo mayor).
E. El trastorno no
se debe a los efectos fisiológicos directos de una
sustancia (p. ej., drogas, fármacos) o de una enfermedad
médica.
Especificar si:
Con poca conciencia de enfermedad: si, durante la mayor
parte del tiempo del episodio actual, el individuo no
reconoce que las obsesiones o compulsiones son excesivas o
irracionales respecto de una enfermedad del sistema
nervioso central. También se debe distinguir de los
síntomas que se pueden presentar en asociación con el
consumo crónico de sustancias (p. ej., el trastorno
relacionado con la cocaína no especificado). Los rasgos
obsesivo-compulsivos de la personalidad en un grado
moderado pueden ser especialmente adaptativos, en
particular en las situaciones que recompensan el
rendimiento elevado. Estos rasgos sólo constituyen un
trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad cuando
son inflexibles, desadaptativos y persistentes, y
ocasionan deterioro funcional significativo o malestar
subjetivo.
Relación con los
Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10Los
Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10 y los
criterios del DSM-IV son diferentes, pero definen en
líneas generales el mismo trastorno. En la CIE-10, esta
entidad está recogida con el nombre de trastorno
anancástico de la personalidad.
Criterios para
el diagnóstico de F60.5 Trastorno obsesivo-compulsivo de
la personalidad [301.4]
Un patrón general
de preocupación por el orden, el perfeccionismo y el
control mental e interpersonal, a expensas de la
flexibilidad, la espontaneidad y la eficiencia, que
empieza al principio de la edad adulta y se da en diversos
contextos, como lo indican cuatro (o más) de los
siguientes ítems:
(1) preocupación
por los detalles, las normas, las listas, el orden, la
organización o los horarios, hasta el punto de perder de
vista el objeto principal de la actividad (2)
perfeccionismo que interfiere con la finalización de las
tareas (p. ej., es incapaz de acabar un proyecto porque no
cumple sus propias exigencias, que son demasiado
estrictas) (3) dedicación excesiva al trabajo y a la
productividad con exclusión de las actividades de ocio y
las amistades (no atribuible a necesidades económicas
evidentes) (4) excesiva terquedad, escrupulosidad e
inflexibilidad en temas de moral, ética o valores (no
atribuible a la identificación con la cultura o la
religión) (5) incapacidad para tirar los objetos gastados
o inútiles, incluso cuando no tienen un valor sentimental
(6) es reacio a delegar tareas o trabajo en otros, a no
ser que éstos se sometan exactamente a su manera de hacer
las cosas (7) adopta un estilo avaro en los gastos para él
y para los demás; el dinero se considera algo que hay que
acumular con vistas a catástrofes futuras (8) muestra
rigidez y obstinación
La duda
En la base de la duda está la inseguridad. El mecanismo
obsesivo deviene de dos elementos: la duda y el presagio.
La duda que es lo más excelso del pensamiento analítico. Y
el presagio, el pre sentir que algo va a ocurrir, que es
uno de los elementos del pensamiento mágico. Hay una
amalgama de estos dos elementos.
Elegir implica perder algo: lo opción no elegida. La duda
es la oscilación entre las posibilidades de pérdida. Es
una inacción reflexiva en el intento de cuantificar la
opción menos "perdidosa". Nadie quiere perder nada, pero
la capacidad de adaptarse a las pérdidas es lo que
diferencia a un ejecutivo de un dubitativo.
La duda, como toda incertidumbre, siempre va acompañada de
un grado de tensión, vivenciado como displacer. Eso se
observa en la conducta que va desde la simple
visualización muscular de la tensión, pasa por lo gestual
(tocarse la barbilla, rascarse la cabeza, mover lo pies,
refregarse las manos, etcétera), por los movimientos
simples de vaivén (caminar sin finalidad de un lado al
otro, etcétera), por los movimientos más complejos de la
repetición, de la verificación incesante, hasta llegar a
conjuntos de conductas fijadas que determinan rasgos
pusilánimes
El rígido, mantiene lo ganado, su patrimonio, tanto de
ideas como material. Porque sabe que dar entrada a una
opción (la posibilidad de cambio) genera la duda y su
cortejo de malestares. Cuando se adaptó, trabajosamente, a
una pérdida, se mantiene férreamente en lo optado y es muy
difícil sacarlo de ese esquema
Siempre acompaña a la duda, en el obsesivo, el presentir,
el pensamiento mágico de que algo malo o dañoso para sí
mismo o para otros puede ocurrir si no realiza tal acto,
tal acción.
Idea obsesiva vs. idea impuesta de la esquizofrenia
¿Cuándo decir que una idea es obsesiva y cuándo
diferenciarla de otro tipo de ideas, por ejemplo de las
ideas impuestas de la esquizofrenia?
En las ideas vivenciadas como impuestas de la
esquizofrenia el paciente no considera que esa idea
proviene de su propio yo y a veces no la considera
absurda, porque no es de él, es de otro y sí condiciona la
conducta, como en la idea obsesiva.
Obsesión vs. perfeccionismo
Se debe denominar ideación obsesiva cuando se reunen los
criterios anteriores y evitar el concepto vulgar del
término que designa obsesivo a aquella persona que sólo es
excesivamente meticulosa y pulcra. Tenemos que diferenciar
lo que es una ideación obsesiva de lo que es el
perfeccionismo. ¿Cuál es el concepto diferencial?
El perfeccionista no considera absurdo lo que está
realizando, inclusive no le produce angustia, al
contrario, en ocasiones le es placentero, lo considera
absolutamente propio de su yo, integrado a su
personalidad.
Por ejemplo un pintor, que en unos centímetros cuadrados
de tela, con un pincel está buscando el detalle, la luz,
que el color sea exacto. Pero lo hace con placer, con
ganas, es esforzado, es detallista, es constante, pero no
lo considera absurdo el accionar, al contrario, cree que
está haciendo una cosa de perfección, algo bueno, siente
placer al hacerlo y corresponde a su personalidad. Su
accionar va tras un resultado, una finalidad que él
considera provechosa.
El deportista, que pasa ocho horas ejercitándose, es un
perfeccionista. O la mujer ama de casa que limpia muy
pulcramente porque le da placer tener una casa limpia. Es
cierto que también hay mujeres que utilizan la sobretarea
en el hogar para no pensar alguna problemática
emocionalmente costosa, esta forma de negación o de
bloqueo por la acción, ya es otra cosa. Y hay personas que
consideran realmente absurdo y tonto volver a limpiar una
y otra vez lo mismo, y aquí sí vemos el rasgo obsesivo.
Si lo diferenciamos así, en la práctica del consultorio
nos vamos a encontrar con algo interesante: los obsesivos
que consultan son pocos. Son complejos de tratar; carga al
terapeuta de angustia porque se encuentran con un paciente
que le resulta muy difícil sacarlo de su ideación
obsesiva.
En realidad encontramos con más frecuencia al
perfeccionista descompensado. Cuando el perfeccionista se
descompensa, se deprime, porque se frustra si no le salen
bien las cosas, entonces si rápidamente lo consideramos
como obsesivo y le damos medicación, instrumentamos una
técnica, armonizamos un poco el esquema de vida del
paciente, es posible que tengamos éxito y mejore. Y nos
ponemos contentos pensando que tratamos acertadamente a un
obsesivo y no, simplemente volvimos a equilibrar a un
perfeccionista.
Un caso de obsesión
Me contaba una paciente que el marido llegaba a la casa, y
que todo debía estar cronometrado. Él venía a las seis de
la tarde y ella a las seis menos tres ya estaba mirando la
ventana para abrir la puerta porque él venía “contaminado”
de la calle, entonces, toda la casa se predisponía para el
rito. Los hijos tenían que permanecer a un costado en la
sala de estar y no saludar al padre, había un camino
prefijado, cubierto con papeles de diario; cuando llegaba,
la mujer abría la puerta para que no tocase el picaporte,
pasaba siempre exactamente por el mismo lugar e iba al
baño, que estaba abierto, la ducha emanando agua a la
temperatura adecuada y una bolsa grande de residuos, donde
colocaba toda su ropa "contaminada", y se duchaba. En otro
lugar estaba la ropa limpia, mientras la mujer limpiaba
las pisadas del hombre hasta el baño. Una vez que estaba
"descontaminado" recién ahí los chicos podían saludarlo.
Condicionaba así, no sólo la conducta de él, sino también
la de toda la familia.
Un caso de perfeccionismo
Juan estaba preparado, como todos los días a las seis de
la mañana para correr 10 kilómetros por el camino anexo a
las vías. La noche anterior había preparado su atuendo
deportivo perfectamente ordenado cerca de su cama: las
medias de algodón, las zapatillas especialmente diseñadas
para el tipo de carrera en que él se ejercitaba, los
pantalones, el buzo, la camiseta, el reloj cronómetro,
etcétera. Seguía una dieta estricta y tres veces por
semana se sometía a los rigores de su entrenador. Su meta
inmediata: estar rankeado entre los diez más veloces en
los 100 metros llanos de Argentina. Sus posibilidades de
lograrlo eran factibles, por su estado físico, su
velocidad, y la evaluación de su entrenador. El esfuerzo,
el rescindir ciertos placeres, eran soportados por la
ilusión del triunfo. Había días de alegría, cuando se
conseguían las metas, y de revisión de errores y sobre
exigencia, cuando no. Una distensión ligamentosa le
impidió presentarse en una prueba decisiva. Eso lo
derrumbó. Cuando lo trajeron a consulta presentaba todos
los criterios de un síndrome depresivo. Tres meses
después, tratamiento y psicoterapia de apoyo mediante,
volvía a entrenar.
La consulta del perfeccionista y del obsesivo
¿Cómo se diferencia la forma del discurso de consulta del
perfeccionista y del obsesivo? El perfeccionista suele
consultar por un síndrome depresivo derivado de
frustraciones o vicisitudes de la vida. Su estructura
rígida le impide la plasticidad necesaria para adaptarse a
estas modificaciones, Pero su discurso versa sobre el
problema circunstancial y no sobre su rasgo de
personalidad, el cual es egosintónico. El obsesivo
consulta por la angustia que le genera su estado obsesivo
y su discurso se centra en lo obsesivo, y con cierto
displacer, vergüenza, suele narrar sus ritos y
compulsiones. Este epifenómeno le resulta egodistónico. En
ambos es muy útil la consulta complementaria de los
familiares quienes aportan detalles esclarecedores, que es
omitido por el perfeccionista por no considerarlos de
importancia para su caso, y por el obsesivo por valorarlos
como vergonzosos. Así pueden narrar que el desorden puede
provocar en el perfeccionista un estado de reproche y
protestas de variado grado de agresividad, pero es una
tormenta de verano, ya conocida por los familiares. En el
obsesivo, centrado en el orden, esto provoca un crisis de
angustia y la descompensación es tal que el familiar
aprende que eso "no se puede" hacer y colabora para que no
se repita.
La diferencia entre la ordenalidad de Tellenbach y el
perfeccionista
H. Tellenbach (2) describió que en las interfaces de los
depresivos podía existir una forma de comportamiento donde
se priorizaba el afán de orden. Pero Tellenbach se
apresura a declarar que dicho afán de orden no debe ser
considerado anormal. Reconoce que en esta ordenalidad
subyace lo angustioso, lo culpable, el sentido del deber y
la formalidad, la voluntad de servicio y la disposición a
ayudar. Hay respeto por la jerarquía, la autoridad, la
fidelidad y lo moral. Es decir hay mucho esfuerzo del
individuo hacia los otros. El perfeccionista se
caracteriza por trabajar, esforzarse, por sí mismo, para
sí mismo y por su obra. Y muchas veces trabaja en contra
marea de las opiniones de los demás, incluso con una
actitud de rebeldía. Priorizando sus concepciones por
sobre sus pares como la historia del arte lo ejemplifica
en muchos casos. El perfeccionista quiere ser ordenado,
meticuloso, detallista. El melancólico, en la ordenalidad,
"debe" ser ordenado, puntilloso, rendidor.
El sentido del deber
Otro de los rasgos acompañante de la ordenalidad, según
Tellenbach, lo constituye el "ser-para-otros",
entendiendo por ello como el establecimiento de relaciones
interpersonales en las que predomina el deseo de ayudar,
de servir y sacrificarse por los demás: "En las relaciones
con respecto a los superiores y los colegas prevalece la
fidelidad, la voluntad de servicio y la disposición a
ayudar. Se respetan la autoridad y la jerarquía. La
familia está ordenada con arreglo a un modelo patriarcal.
El ser-para-otros tiene aquí el carácter de apego, de afán
de sacrificarse y cuidar, de firme vinculación al cónyuge
y especialmente a los hijos".
Esta disminución de su magnitud con relación a la de los
otros, la vemos repetirse en muchos tipos de depresivos,
manifiestos o encubiertos, y es uno de los componentes del
rasgo de personalidad “rigidez”. La persona vivencia que
su valor está en la utilidad que presta a los otros. Se
siente responsable si su accionar no se ajusta a esquemas
prefijados y jerarquizados como “socialmente correctos”.
Se apegan a un dogma. El propio disfrute queda relegado en
función de la ejecución del deber. Son personas que están
“siempre ocupadas”, que desdeñan una actividad placentera
y si la ejecutan, deben hacerla dentro de un marco que no
interfiera con sus obligaciones. Este tema y el de
ordenalidad lo ampliaremos cuando tratemos en la siguiente
entrega: Depresión y personalidad
Un caso de ordenalidad
Cristina había pasado por dos fases, con un intervalo de 3
años, de depresión mayor a pesar de sus 36 años, cada una
de ellas había durado 7 penosos meses. Tenía como
antecedente que su padre se había suicidado a los 45 años.
Reconocía que el único tratamiento efectivo, luego de
probar toda la gama de antidepresivos, había sido el
electroshock. Venía a consulta por la provisión y control
del antidepresivo de mantenimiento que se le administraba
en el período interfases. Vestía con elegante sobriedad,
era de trato respetuoso pero mantenía con firmeza sus
ideas cuando las consideraba correctas. Odiaba los
imprevistos y verse obligada a cambiar de planes: me
cuesta mucho, tengo que planificar todo de nuevo, se
quejaba. Mantenía un orden impecable en su casa y en su
trabajo, donde era muy querida y respetada como
profesional. Pero todos sabían que era muy tolerante y
comprensiva en muchos aspectos, menos en el desorden, la
impuntualidad y la desidia. En esas ocasiones se mostraba
inflexible y francamente desagradable. Verificaba los
mínimos detalles en su afán de que su trabajo, y el de los
que estaban bajo su responsabilidad, sea eficiente. Para
lograrlo solía quedarse horas extras, no remunerables. En
su casa, la lucha era con su hija adolescente, con un
criterio muy distinto respecto al orden y en cuyo
dormitorio "era imposible entrar". Vivía ocupada, cansada
y planificando tareas. Era difícil hacerla reír con ganas.
Pero ese era el tipo de vida que ella consideraba normal.
El entrecejo a veces denunciaba la omega melancólica. La
mirada, ciertos gestos y algunas frases, hacían entrever
el temor de que la depresión se repitiera, a pesar de su
esfuerzo por disimularlo.
Diferencias en el tratamiento
El tratamiento del obsesivo es complejo, azaroso, de
resultado incierto. Se instrumentan variadas técnicas
psicoterapéuticas, farmacológicas, incluso quirúrgicas,
como recurso extremo, cuando falló todo: los fármacos, el
psicoanálisis. Y a veces se consiguen remisiones
parciales, alivios temporarios. Otras, el cuadro permanece
inmodificable.
El perfeccionista no se trata, ya que no es patológico,
sino una forma de ser, un rasgo de personalidad. Puede
sufrir descompensaciones como cualquier otro humano por
fracasos, frustraciones o aconteceres negativos de la
vida, que lo llevan a manifestar un síndrome depresivo.
Éste puede ser compensado por psicoterapia y
antidepresivos. Entonces el terapeuta, desprevenido, puede
ilusionar que alivió a un "obsesivo".
El melancólico, en ocasiones, suele oscilar entre la fase
depresiva y la ordenalidad. La ordenalidad para él es
"estar sano", displacenteramente sano, ya que es el estado
interfase entre una crisis y otra. No suele consultar en
este periodo, de algún modo paradisíaco comparado con el
infierno de la melancólía.
Bibliografía:
1. Marietán, Hugo, Semiología psiquiátrica. Editorial
Ananké, Buenos Aires, 1998
2. Tellenbach, H. La melancolía, Ediciones Morata, Madrid,
1976
3. DSM IV, APA, Masson, Barcelona, 1995.
4. Marietán, Hugo, Alcmeón, Revista Argentina de Clínica
Neuropsiquiátrica, vol. 8, Nº 1, junio de 1999, págs. 59 a
65 En www.alcmeon.com.ar