Conversando con Ana
3) Retrato
Él era hombre de
a caballo, había nacido en el campo. Y yo lo admiraba.
Porque en ese ambiente tomar gaseosa… Y él había sido
alcohólico.
Mi hija ahora
tiene 18 años, y un bebé. Y la oncóloga me dijo que es muy
común que en estas circunstancias, con un padre con
cáncer, las nenas tengan esa necesidad de aferrarse a la
vida y se embaracen.
Y cuando la
llamé para decirle que su papá había muerto me dijo:
- Los ojos de
papá están en mi hijo, mírense en él.
Es complicado lo
de ella, porque es chica y hay muchos sueños que no se
cumplieron. Pero ella dice que los va a cumplir con él. Mi
hija dice que su bebé le devolvió las ganas de vivir. En
la iglesia dijo
- Quién me va a
proteger ahora. Ya no está quién me protegía.
Entonces el cura
le dijo que no, que tenía un ángel en la tierra… Y ella lo
miró y le dijo
- Sabe qué pasa?
Usted no me entiende. Porque a mí mi viejo no se me murió.
A mí se me acaba de morir el más grande de los ídolos.
Ella dijo eso y
me emocioné profundamente porque hoy por hoy para los
chicos los padres no tienen buena imagen.
- ¿Qué le quedó
de su esposo?
- Todo. Me quedó
lo más importante que puede pasar a esta altura de la
vida: haber compartido con un tipo esta amistad, a pesar
de que yo soy difícil y él era re difícil. Éramos muy
amigos. Era mi consultor. Era el que me decía
- Estuviste mal
- Y a mi que me
importa como vos pienses, yo soy independiente de vos
- Por supuesto,
por eso mismo te lo puedo decir: Estuviste mal
Era un tipo
bueno. Eso se vio en el velorio. La cantidad de gente y
cómo lo recordaban. Era como un ejemplo.
De chiquitito
andaba a caballo. Era muy austero y a su vez muy ordenado.
Una amiga mía, que era escritora y falleció de cáncer,
decía que era un álamo. Erguido y derecho como un álamo, y
se veía a lo lejos. Siempre mantenía el perfil más bajo
que se pueda imaginar. Era lo opuesto a mí. Hombre de
campo. Nunca el árbol le tapó el bosque. A mí sí, soy
vehemente y le decía:
- Es fácil ser
bueno como sos vos. Es re fácil. Sos un falso hijo de
puta.
- Y por qué le
tengo que demostrar a los demás lo que yo soy? Problema de
ellos. Yo no tengo que andar diciendo lo que pienso o lo
que siento. Esas son cosas mías.
Dejó todo
ordenado y sabía qué trámites tenía hacer después de que
se fuera.
Tenía una gran
memoria. Él tenía un tumor en la base del cerebro por
metástasis. Y yo nunca se lo dije. Pero recordaba todo.
Lo velamos muy
poquito porque a él no le gustaba. Jamás entró a una
capilla ardiente. Se enteró hasta el juez de la Suprema
Corte, y todos tenías cosas buenas que decir sobre él.
Y yo tengo cosas
buenas de él, pero no fue fácil la vida a su lado. El
tenía la fuerza del débil. Él era el que dejaba hacer:
mentira, toda la vida hizo lo que quiso. Pero también me
avalada en las cosas que yo quería. A mí me agarraba el
entusiasmo por el evangelio e iba a la iglesia y era
catequista, en plena dictadura militar, cuando hice las
primeras consultas con usted. Y el me acompañaba en todo.
Iba conmigo, aunque no era muy creyente. Y me ayudaba a
trasladar la figura de Jesús ¡Con un respeto…! Y yo lo
miraba y pensaba: ¡Qué reverendo turro! Seguro que Dios te
quiere más a vos que a mí. Yo que le hago toda esta
fiesta, estas ceremonias, conozco el evangelio. Él no lo
conocía tanto, pero lo hacía igual.
Era un gran
tipo, fuera de serie.
Amaba la vida,
el quería vivir un poquito más, y lo decía:
- Ya tengo
cáncer y no me quiero morir
Ahora, con los
amigos, nos enteramos de algunas cosas de su juventud. Por
ejemplo que lo echaron de la escuela. Era porque se
agarraba a trompadas con cuanto pibe había. Y un día le
dijeron a su madre que lo sacara de la escuela.
Estoy rara,
doctor.
- El duelo tiene
sus etapas. Hay una etapa que es la de lucha y reproche:
¿habré hecho bien las cosas?, creo que, por suerte, esa
etapa va a ser muy corta.
- Hay una,
doctor, el murió a la una y cinco y lo cremaron a las
cinco de la tarde y me quedó esta duda: ¿es verdad que el
cuerpo pudo haber sufrido?
- No, no es
posible.
- No, ¿para
nada?
- No
- Ah, bueno, eso
me alivia mucho.
Y la otra cosa.
El se murió
tomado de la mano de su hija. Yo le preguntaba a la
doctora si estaba dormido realmente. Porque él le agarraba
la mano a mi hija y ella le decía.
- Dale, pá, no
aflojes, dale pá,
Y él tenía,
cuando le hablábamos, como una agitación y mi pregunta era
si el nos escuchaba. La oncóloga dijo que no, que estaba
muy dormido y que tampoco sentía dolores. Pero le apretaba
la mano a mi hija.
- Hay que pensar
que en pleno desarrollo del cáncer él no sentía dolor,
usted misma estaba a su lado y el no manifestaba dolor
- No, no sintió
dolor
- Entonces
tampoco sintió dolor bajo el efecto de toda la medicación
que le daban en sus últimas horas.
- Dolor no,
pero ¿la audición?
- Es posible que
haya escuchado cosas, pero no lo sabremos nunca
- De todos
modos, si escuchó, fue bueno, porque eran palabras de
aliento ¿Por qué le apretaba la mano a la nena?
- Ese es un algo
que se produce en el proceso de agonía, se llama reflejo
de prensión frontal. Cuando la zona motora del cerebro
está alterada. Y cuando se estimula la mano, cierra en
forma refleja y parece que “está contestando” a la mano
que la toma, pero no es conciente, es refleja. Y da la
errónea impresión de que la persona se está aferrando a la
vida. Pero esto, a veces sirve de consuelo a los
familiares, por eso el médico no lo explica. No se lo diga
a su hija. Yo se lo explico a usted porque la dejó
inquieta. Pero tengo que decirle que veo algo positivo.
Usted es una persona que viene y dice: la peleamos juntos.
Y la ganamos. Y esas dos circunstancias son muy útiles
porque hay un reforzamiento que le servirá para soportar
mejor el duelo. Según los pronósticos médicos, debió morir
cuatro años atrás, pero murió ahora. Esta “yapa” de cuatro
años se la ganaron juntos. En parte a que usted es una
cabeza dura y no se resignó, ni él tampoco. Estos cuatro
años se lo ganaron a la muerte. Rescato también la lucha
contra el dolor, que también se ganó, porque ese hombre no
padeció dolor. Y la lucha por mantener la dignidad en un
hombre tan orgulloso y con tanta pregnancia entre los
demás. También esto contribuye a que el recuerdo de él sea
lindo. Todo se ha hecho con lo mejor.
- Si, doctor, a
tal punto que debo confesarle que hubo momentos en que me
he sacado, por la demanda que hacía.
- Eso era por
saturación
- Sí, yo estaba
absolutamente saturada. Y la otra cosa es que yo no pude
dejar de alimentar mis propias fantasías. En el primer año
de esta lucha yo me había desperzonalizado, no me
reconocía en mi propio cuerpo. Era como si un extraño
habitara mi cuerpo. No me miraba en el espejo, me daba
miedo esa devolución. Entonces yo viajaba con el Clarín de
los domingos: cuando se muera, yo sabía que se iba a
morir, me voy a Holanda. Y así, con mi imaginación, me fui
a Francia, Noruega, España… viajé durante un año. En el
segundo año me pasó una cosa completamente diferente.
Cambié, yo alimenté sus sueños, sin viajar yo. Y ahí me
entregué. No pensé más que él se iba a morir. Yo sabía que
se iba a morir, pero no lo pensaba. Y en el último año,
estaba agotada. Se me presentaba en la cabeza, a fuerza de
repetirlo en los trámites de la obra social, el número de
carné y el del documento de él. Es como que yo me había
fusionado en él.
Él me decía:
- Gracias,
gracias
- Gracias de
qué, yo estoy acá porque quiero, cuando no quiera me voy,
le decía.
- No, está bien,
está bien
Pero no era un
reproche. Aunque a veces protestaba ¿por qué no puedo
comprarme eso que me gusta? Porque tengo que gastar esta
barbaridad de plata en farmacia.
Estos dos
últimos días me pasó algo feo, a la noche, escuché que me
llamaba.
- Eso es
frecuente en esta etapa del duelo
Y me levanté y
estaba la cama vacía, y fue terrible. Y me acosté y me
dije: ¡ Que boluda, ya está, ahora tengo que dormir! Y me
dormí.
Yo duermo,
doctor, duermo en paz.
Yo sigo
tratándolo igual:
- Chau, hasta
mañana
Esas cosas
pequeñas me dan protección. No tengo esa cosa de la muerte
ahí. No. Es más ya tengo planeado unos viajes cortos. No
he parado de hacer cosas que tenía que hacer. Y el primer
día mis hijos querían quedarse para no dejarme sola y les
dije que no, que ellos tenían su vida, y yo la mía. Las
cenizas que se esparcieron fueron las de M, no las mías,
yo estoy viva y en pleno uso de tres facultades mentales,
pero funcionan, así que respétenme, y pregúntenme antes de
decidir por mí. ¿Estamos?
Hugo Marietan,
abril de 2006