CURSO SOBRE DEPRESIÓN
Director Hugo Marietan
marietanweb@gmail.com
Clínica de la
depresión
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Prof.
Dr. Carlos J.G. Sisto
Esta es una de las enfermedades
psíquicas que mayor relevancia adquiere en el mundo
moderno; si bien existió siempre, como peculiar
padecimiento del hombre, como característica de la "hombreidad"
(Lain Entralgo), todo hace suponer que en las últimas
décadas hay un acelerado crecimiento porcentual de casos.
Se ha imputado de ello a la complicación insólita del
actual vivir del hombre, a la anomia en que la sociedad
sume al individuo o al "sentirse solo en medio de la
multitud", a la competitividad conflictiva de la
comunidad, etc.
Se dirá que estas
características sociales, tan diferentes al mundo
"quieto", a la"serenidad" de otras épocas, están insitas
en la acelerada evolución a la nueva cosmovisión en que
estamos inmersos; al decir de algún autor, es éste un
"impuesto" que la sociedad paga, en neurosis, conflictos y
depresión, a su propio desarrollo. Parece ser, en cambio
que en grupos comunitarios de vida más sencilla, de tipo
rural o de pequeñas ciudades, este padecimiento es
porcentualmente menor.
Sea por una causa
u otra, la realidad incontrolable es, como dijimos, el
aumento de la depresión.
Diferenciemos,
antes que nada, la común tristeza de la depresión. Bien
dicen Vidal Alarcón (Ob. cit. pág. 341) que la primera
está dentro del ámbito normal y surge naturalmente frente
a "situaciones adversas de la vida cotidiana". Al
contrario sería insólito sentir, ante esas situaciones,
placer y alegría. Esa "tristeza" se confunde con tedio, la
neurastenia, el estar "pinchado", el antiguo "Spleen"; la
depresión en cambio es enfermedad y entra, entonces,
dentro del terreno de la patología. Altera la vida, el
comportamiento del individuo y su entorno, lo aprecia como
un verdadero cambio, negativo, del estado de ánimo, del
humor. Algunos individuos son, de por sí, y como
característica de su personalidad, más o menos
melancólicos. Pero aún en ellos, la depresión configura un
cambio visible. Mucho más en sujetos activos, alegres,
optimistas "llenos de vida" (aquellos cuya vida cursa
habitualmente en el otro polo, el hipomaníaco) en los
cuales el cuadro depresivo aparece como una verdadera
fractura de su acontecer vital.
Como vemos
(Vidal/Alarcón) la depresión constituye la mayor fuente
humana de infortunio y sufrimiento. Se habla de que su
incidencia se encuentra entre un 7 y un 15% de los seres
humanos, variando la proporción entre la apreciación
conceptual de la depresión y sus posibilidades de
detección a lo largo de la vida del sujeto y de la
apreciación de la envergadura de la misma. Pero semejante
morbilidad que conlleva el "fantasma" del suicidio
(alrededor del 15% de los deprimidos graves terminan
suicidándose) hace a este padecimiento uno de los más
graves problemas médicos de la actualidad.
Sintomatologia
Se aprecia en el
deprimido una apariencia general de abatimiento.
Arrinconado, abúlico.
El rostro serio, o
con una expresión que revela preocupación y sufrimiento,
la mirada perdida, con los ojos abiertos, como buscando
apoyo y mostrando a veces ansiedad. El ceño fruncido (el
signo de Omega), en ocasiones la boca entreabierta, otras
dibujando una triste, una desoladora y a veces trágica
sonrisa.
Son
característicos lo que Vallejos Nájera llama"gestos hacia
abajo": la cabeza caída, los hombros vencidos, los brazos
y las manos en el regazo, el torso encorvado.
La respiración
suele ser profunda, con los largos suspiros que desde
siempre se relacionaron con la desventura y el sufrimiento
(el puente de los suspiros, Venecia). Suele haber
tendencia a las posiciones estáticas. En los casos graves,
llantos convulsivos dominan el cuadro. Se toman la cabeza
con las manos, o se cruzan de brazos, con un rictus
doloroso que deforma la facie. Otros están impasibles, con
lágrimas que, silenciosamente, bajan de sus ojos.
Todo en él es
pobreza de movimientos. Si se mueve será despacio, como
cansadamente, penosamente y aún torpemente.
No tiene deseos de
vivir y su agobio surge de toda su apariencia.
La palabra es
bradilálica, apagada, fuertemente impregnada emotivamente
en sentido negativo. Contesta parcamente las preguntas con
un dejo de desinterés y de simple condescendencia al
médico.
A veces, el cuadro
es definidamente ansioso: hay agitación, inquietud
variable, desesperación. El paciente pide ayuda, aunque
está convencido que ésta es inútil. Su palabra es ahora
entrecortada, sus sollozos convulsivos y su angustia
intolerable La temática del dificultoso discurso es ese
sentir profundamente triste que nace de su propio hontanas,
de la misma profundidad del Yo. Siente una espesa niebla
de pesadumbre que lo agobia, un "dolor del alma", "un
sentimiento trágico de la vida" (Unamuno).
El pesimismo
campea en toda su prospección teleológica: el futuro es
siniestro, cargado de peligros, de amenazas. Un síntoma
cardinal del deprimido es su falta de esperanza. Esto
"amputa" su futuro.
La triste sonrisa,
con ribetes a veces trágico, que se dibuja en el rostro
del deprimido, es justamente porque descree de las
palabras del médico. Siente que esas frases son inútiles,
vacías, que él sabe la verdad de su destino. Es una
concesión amable a la preocupación del médico, pero la
evidencia de su total convicción ominosa.
Esta ausencia de
esperanza, ese "desespero" es quizás, la faceta más
doliente del deprimido. No en vano Dante pone en los
portales del infierno la frase fatídica "lacciate ogni
speranza". Sin una luz de esperanza, la vida se fractura,
el hombre pierde "futuridad" al decir de Ortega. Y sin
prospección, sin futuro, no queda nada. Y así siente el
deprimido grave su negro destino.
Sobreviene un
verdadero "aplastamiento" del Yo. La abulia invencible
domina el cuadro.
Está dubitativo,
irresoluto y todas las posibilidades son igualmente
inútiles. El abatimiento general de la personalidad se
traduce en una impotencia insuperable para abordar aún
sencillos y cotidianos problemas que, por el contrario,
aparecen como complejos e irremediables. Al perder su
esperanza, como dijimos, la vida carece de finalidad y de
sentido. Es una triste comedia o un drama, una tragedia.
Son casi
constantes los autorreproches, los conflictos de culpa por
imaginarias fallas, errores, medidas económicas, etc. El
es el culpable de todo, es un desalmado, incapacitado de
amar, merecedor del peor destino, que será en todo caso
justicia ante sus culpas. Aparece aquí lo que se ha dado
en llamar el "fantasma de la depresión", es decir, la
tendencia,las ideas suicidas. Dentro de la perturbada
lógica de la desesperación del deprimido, de su negro
destino, de su sufrimiento, el terminar con la vida,
aparece como una resolución, quizás la única, que tiene
sentido. Su desesperanza incluye a Dios y a los hombres. Y
por eso, sólo se desea y se ruega dejar de sufrir, es
decir, dejar de vivir. La idea se va "incubando" en
general progresivamente. Primero se fantasea con ese
refugio de la muerte, con los métodos que podrían
utilizarse. Pero al principio, son sólo un "juego" mental
que se rechaza, aunque cada vez menos. Si la tendencia se
acentúa lo cual ocurre en muchos casos, se va corporizando
la idea. Por fin se toma la resolución y el acto de
quitarse la vida se prepara, con cuidado, con prolija
premeditación; a veces comprando un arma o consiguiendo
fármacos, según el método elegido. En ocasiones se busca
la despedida de los seres queridos, un beso en la noche,
una caricia y después el acto.
Otras veces el
procedimiento no es tan elaborado: el tren, el salto al
vacío, son formas muy comunes.
Hay que desconfiar
del deprimido grave con ideas de suicidio que,
aparentemente se tranquiliza. Ha cesado la lucha interna
en él, ya no está indeciso y su pausada actitud denota la
resolución trágica.
También es de
hacer notar que, con el tratamiento, suele mejorar antes
la abulia que la depresión misma. Y el enfermo, menos
dubitativo, con más decisión, llega en ese momento más
fácilmente a adquirir valor para su acto.
La temática, el
contenido ideativo de la depresión es variable, así como
las formas clínicas.
Comunes son las
mencionadas ideas de ruina, de desastre inminente, de
cataclismo económico. De ello se deriva la vergüenza, la
pobreza, la pérdida de nivel de vida, la miseria de la
familia. Un mal negocio (a veces real, a veces imaginario)
puede ser su preocupación constante y el inicio del
derrumbe, del cual, naturalmente se culpa. Siendo el
responsable único del desastre, merece castigo, el cual se
aplica a sí mismo, incapaz de resolver el problema, o como
verdadera expiación a su falta, quizás como una prueba de
su propia censura, la cual redundaría en una cierta
recuperación de respeto de los suyos, y de la sociedad
("un bel morir, tutta una vita honora").
Otra temática
frecuente de especial interés médico legal es la
hipocondría. Aquí el paciente se siente aquejado de una
enfermedad, naturalmente siempre grave y de ominoso
destino. La presunción de cáncer suele ser de los
contenidos más frecuentes. Al comienzo recurre a los
médicos, pero en seguida elabora la idea de lo
irremediable, de la cual ninguna argumentación médica,
ninguna prueba diagnóstica, puede apartarlo. Se convierte
en un investigador, en un "detective" de su propio cuerpo.
Analiza
cuidadosamente su pulso, el latido cardíaco, el
funcionamiento de los órganos vitales.
Por fin, la
atención desmesurada que dirige a su propia fisiología,
baja el umbral de percepción de los signos vitales:
entonces se oyen y sienten los latidos, el movimiento
intestinal, etc. que naturalmente, no son percibidos
comunmente. Esto aumenta, confirma su preocupación, es una
prueba de sus sospechas, una certificación del mal
irremediable. Cada vez, en un verdadero círculo vicioso,
los síntomas psicosomáticos crecen agravando la depresión.
En ciertas
ocasiones, superado el territorio mental neurótico, el
paciente traspone el límite de la psicosis y hace un claro
delirio de contenido hipocondríaco. Entonces el cuerpo ya
no se siente como normal: está vacío, los intestinos
destruídos, el corazón helado (H.Ey). En conclusión, todo
conduce a lo trágico, a lo irreversible.
Las ideas de
culpa, ya han sido expuestas en la parte general. El
pecado, la indignidad, la responsabilidad ineludible, ante
el descrédito y ante sí mismo, dan lugar a un
remordimiento desolador, con su necesidad de expiación.
También en este caso, el tránsito al delirio, a la
psicosis, es una eventualidad común.
Las ideas de
influencia tienen componentes paranoides y casi siempre
ingresan al terreno de lo psicótico. Hay una amplia gama
de temáticas que van desde la persecución a la posesión
demoníaca.
Las ideas de
negación pueden ser la culminación de las temáticas
descriptas (H. Ey). El paciente se siente ajeno a sí
mismo, con su interior desierto, con una sensación de
irrealidad, casi sin percepción de la vida misma. Esa
"vacuidad" del Yo, niega aún su propia existencia personal
y la del mundo, donde todo es irreal, imaginario, pura
apariencia de los sentidos.
Es este ya el
antiguamente conocido síndrome de Cotard, en el cual, sin
duda, existe un cuadro claramente psicótico, con
alteración judicativa y sin conciencia de la realidad.
Formas Clínicas
Ya desde el siglo
pasado se intentó una diferenciación clínica, entre
distintas formas de la entonces "lipemanía melancólica"
(Esquirol, P. Mata, Orfila).
Aclarada ya la
diferencia entre la tristeza humana, propia de las
oscilaciones normales del estado de ánimo, de reacción
lógica y comprensible frente a los infortunios de la vida
(del "riesgo de vivir") tratemos de referirnos a la
depresión ya dentro del terreno de la patología.
En este aspecto,
muchas son las teorías interpretativas de la puesta en
marcha de estos procesos.
Pero, a fuerza de
ser pragmáticos, digamos que ya a fines del siglo pasado,
Kraepelin describió la psicosis circular, maníaco
depresiva, en la çual ambas fases serían posible
alternativa, aunque es más común la depresión. De todas
maneras, atinado es decir que el hipomaníaco, alguna (o
algunas) vez en su vida "paga el impuesto a la depresión".
Desde hace ya
largos años, se habló de una depresión endógena y de una
depresión reactiva (o exógena).
En el primer caso,
la enfermedad nacía sin motivación aparente, o con
insólita respuesta displacentera ante acontecimientos de
menguada importancia. Era algo que provenía de la hondura
misma del ser, como una trasformación inmotivada del Yo
hacia la visión depresiva de la vida.
Este era el
cuadro, aparentemente, que se identificaba con la conocida
melancolía.
Este acontecer no
era comprensible, no se asumía, no tenía coherencia
interna, no era presumible ni esperado.
Fenomenológicamente, era una ruptura, una quiebra, sin
causalidad en el acontecer vital del individuo.
En el caso de la
depresión reactiva (exógena) se identificaba un
acontecimiento negativo, doloroso, que provocaba una
respuesta penosa, pero lógica y comprensible, aunque
quizás exagerada. Esta circunstancia era la causa
objetiva, el "empujón" hacia la depresión.
Más tarde se
aceptó que la primera tenía raigambre en la fisiología del
paciente, y la segunda en causales psicógenas.
Pero pronto se
apreció que este esquema era incompleto: había también una
depresión consecutiva a otras enfermedades, la depresión
secundaria, que integraba otro síntoma más de una
enfermedad de base (depresión sintomática).
Y luego, toma
individualidad clínica otra forma: la depresión
involutiva, con su curso clínico progresivo, en general
desfavorable y que aparece en personas de mayor edad.
Por su claridad,
transcribimos un muy demostrativo y esquemático cuadro que
resume los aspectos básicos de la depresión, publicado por
M. Nachón (Depresión en la práctica médica, pág. 10).
La depresión
endógena es la que más se ajusta a la sintomatología que
hemos descripto al principio de este capítulo. La
profundidad del cuadro es variable y va desde una neurosis
depresiva atenuada a una psicosis delirante y llega a
veces al suicidio. Es la más común en la enfermedad
cíclica bipolar. Podríamos decir que la "distimia vital"
da lugar a la profunda sintomatología que ha sido
descripta.
Constituye una
enfermedad por demás común y todo psiquiatra tiene una
buena cantidad de enfermos con este cuadro.
La prosopopeya ya
antes descripta se aplica, en mayor o menor grado a esta
forma clínica.
Su comienzo es
insidioso (ya dijimos que no existía motivación aparente)
y en algunos casos, mínimos problemas "disparan la
enfermedad". Al comienzo, los prodromos desorientan al
paciente y a la familia, que la consideran un simple
decaimiento del humor. Por otra parte, es habitual
responsabilizar a cualquier hecho nimio del sentimiento
vital negativo. Generalmente en forma paulatina, el
desánimo, la tristeza y la angustia, se incrementan. La
temática como dijimos, es variable, pero la abulia, el
pesimismo, la falta de prospección teleológica y la
mencionada "amputación de futuro" y los síntomas somáticos
propios de la angustia, son practicamente la regla.
Cuadro
El enfermo expone
su desolación con una sensación de miedo, de incapacidad
de salir de ese círculo oprimente y penoso, que le bloquea
el deseo de vivir, de amar, de sentir lo positivo de la
existencia.
Todo esto es para
él inexplicable, pero por fin lo refiere a su reproche y
culpa. Es común que el enfermo de depresión endógena
duerma hasta tarde. Es que la mañana es su peor hora, y
por eso el sueño es su refugio para no sufrir. Al avanzar
el día y llegar la tarde, hay una cierta tranquilización.
Si bien no desaparece el displacer, la tristeza, se atenúa
la ansiedad y la vida parece no atractiva, pero
soportable.
Repetimos que, en
la depresión endógena el cuadro somático, tal como fue
descripto, es la regla y alcanza particular profundidad,
acorde con la evolución del cuadro. Estos episodios tienen
tendencia a la recidiva, lo cual, justamente, da la pauta
de su endogeneidad. También se observa que algunos
individuos los repiten en determinadas épocas del año.
Los ciclos
depresivos son, esencialmente, una perturbación del ámbito
afectivo.
Está en el
"sentir" y no en el "pensar" del hombre. Por tanto, al no
afectar (aunque sí "contaminar") el intelecto en el
período de estado no produce delirio psíquico definitivo,
sólo una cierta incapacidad durante el período de estado.
Por esto, podemos
insistir ante el enfermo, que saldrá de la enfermedad tan
inteligente y capaz como antes.
La depresión
endógena, tiene una tendencia natural a la curación, pero
se prolonga a lo largo de 6-7 meses (Freedman); quizás por
ello a los deprimidos de recursos, antiguamente, se les
recomendaba un largo viaje; no curaba precisamente el
viaje, sino que la enfermedad cumplía su ciclo.
Claro que estamos
hablando de un período de dolor, sufrimiento y angustia y
del muy cercano peligro del suicidio. Los tratamientos
modernos actúan dentro de un lapso de 1 semana a unos 45
días.
En esta forma
endógena, los factores heredogenéticos son importantes.
También el biotipo del enfermo, generalmente el hábito
pícnico.
La época de
elección son las edades medias de la vida, la madurez y la
menopausia es una época proclive al trastorno, por lo cual
se le asigna trascendencia a los cambios hormonales.
Asimismo se valoran en los últimos años, otros factores
metabólicos; en este aspecto, la acción indudable de los
modernos fármacos, hacen pensar decididamente en un
fundamento biológico de esta enfermedad; estos estudios
están ahora en plena vigencia, y sus datos son
particularmente confiables, ya que sus resultados están
basados, no en conjeturas, sino en el análisis de
distintas substancias cuyo desnivel en el cerebro está
presente en la aparición de los cuadros depresivos y
cambia de acuerdo a la evolución del trastorno,
reponiéndose dicho desnivel frente a la curación del
episodio. (Aspectos biológicos, Fernández Labriola).
Digamos también
que recientes investigaciones han descubierto elementos
genéticos como etiología de la depresión hechas en grupos
humanos cerrados donde se han encontrado alteraciones
cromosómicas más frecuentes en deprimidos.
Subformas Clínicas
La depresión
inhibida: donde el cuadro está dominado por un repliegue
general del Yo, el paciente está recluido, adinámico,
quieto, sentado o acostado largas horas, indiferente a lo
que lo rodea, lo cual no significa que haya carencia o
disminución de la atención, sino que está totalmente
dirigida hacia sí mismo, hacia su temática depresiva,
hacia su sufrimiento y a las meditaciones de su ominoso
destino, con la rumiación constante de su autorreproche y
culpa. Todo lo que le aparta de su profunda introspección
(palabras, incitaciones a distraerse, miedos) le molestan,
si bien reclaman compañía, como una necesidad intuída a su
autoperceptible minusvalía. En ocasiones, hay una
constante letanía, con palabra apagada impregnada de
angustia y tristeza, pero siempre dentro de la inhibición
general de la personalidad.
Hay un profundo
desinterés hacia lo que no sea su temática constante; el
apetito es muy reducido, la preocupación por apariencia es
escasa, la consideración a los problemas de la familia muy
pobres, o si no, incorporados a su verbigeración mental
como otro factor agravante. Todo en él señala el
agotamiento energético del Yo.
La depresión
ansiosa: donde la inquietud hasta el límite a veces de la
agitación, constituye la sintomatología típica. En este
caso, el deprimido no puede estar quieto; hay en él una
hiperdinamia, una hiperquinesis constante. Se levanta,
camina por la habitación, mueve el cuerpo, se mesa los
cabellos, retuerce las manos.
Pide a Dios y a
los hombres, un alivio a su padecimiento, con palabras
monótonas, en ocasiones entrecortada por suspiros o
sollozos. Por lo demás, el pensamiento profundamente
pesimista, como en el cuadro inhibido, es la temática
constante.
La depresión
reactiva o neurótica: En este caso, la sintomatología
permite identificar una causa exterior que motiva el
episodio y que es el punto de partida de la temática
depresiva. Digamos que es fenomenológicamente
comprensible, racionalmente analizable y se le reconoce
como una respuesta, a forma depresiva, (pero exagerada,
casi siempre) a una causal realmente negativa,
displacentera, oprimente, dolorosa. Es, en fin, una
respuesta "triste"a un real hecho "triste". Una catástrofe
económica, la pérdida de un ser querido, un desengaño
amoroso, el despido de un empleo, etc., son antecedentes
frecuentes.
Habitualmente la
enfermedad reconoce una clara historia de Stress y
agotamiento, de exigencias por encima de las posibilidades
del individuo, tales como plantea el diario y complejo
vivir en que estamos inmersos en el mundo de nuestros
días.
Primero, el que
después será ya enfermo, es un individuo que aumenta su
trabajo, sus horas de vigilia, su tensión y su alerta. Y
todo ello, muchas veces, dentro de la obligación social de
mantener una apariencia de estabilidad emocional y una
necesidad de continuar con su rutina de vida y cuidado de
su apariencia en el mundo.
Por fin, este
desgaste, ese "Síndrome de adaptación" (Selye) hace
crisis. Ya no puede superar las exigencias y sobreviene el
derrumbe depresivo, lleno, naturalmente de culpa y
reproche y de sensación desesperante de incapacidad y
pesimismo.
Freedman, Kaplan y
Sadock (Tratado de Psiquiatría, 1982, pág. 1130) reconocen
primeramente esta diferenciación, pero sostienen, con
razón, que hay un tránsito a veces imperceptible de una
forma a otras. Es decir, una depresión puede avanzar como
neurótica (y es la más frecuente) y adquirir luego
características de endogeneidad que puede llegar a la
categoría psicótica. Dicen los autores citados que se
registran depresiones psicóticas en alrededor del 10% de
pacientes, en general y un 25% en los hospitalizados. De
esto deducimos, claramente, que son más graves las
depresiones con elementos psicóticos que con un solo
cuadro neurótico.
Digamos que, en
nuestra experiencia, la mayoría de las depresiones no
ameritan internación y son tratables ambulatoriamente.
Decimos que tales depresiones están dentro del terreno de
lo neurótico.
No es tarea
sencilla, como queda dicho, señalar con precisión el
límite entre lo neurótico y lo psicótico. A veces se trata
de una apreciación clínica de la seriedad y gravedad del
cuadro. Otras veces, el delirio, las ideas de ruina y
catástrofe de gran magnitud, la temática hipocondríaca con
alucinaciones cenestésicas, incluyen, sin mayores dudas,
al paciente en el terreno psicótico. Esta diferencia tiene
consecuencias médicolegales importantes, ya que, en el
primer caso el paciente será jurídicamente hábil e incapaz
en el otro.
Como regla
general, podemos expresar que en el deprimido, la fractura
judicativa, constituye signo indudable de alienación.
Es un dato de
observación clínica que la endogeneidad es más común en
los individuos de cierta edad y, más aún en aquellos de
personalidad introvertida y melancólica. Asimismo, la
depresión endógena tiene mayor persistencia y
homogeneidad, y menores variantes frente a hechos
positivos e inestabilidad; la depresión reactiva, es capaz
de ser positivamente influible por acontecimientos
placenteros, por la solución de los problemas externos, y
por la evidencia ostensible de una mejoría en el entorno.
La depresión
endógena está encerrada, abroquelada en sí misma, inmune
al exterior. La depresión reactiva, permite filtraciones e
influencias del mundo. Expresemos, por fin, que en las
depresiones neuróticas suelen existir importantes
ingredientes de índole paranoide e histéricos, sobre todo
estos últimos. En ocasiones, inconscientemente el enfermo
"sobre-actúa" en relación a los síntomas, detrás de los
cuales se detectan frivolidades utilitarias en relación al
entorno. Siempre, en estos casos, hay "auditorio"
destinatario de la sobre-actuación del deprimido. Es esto
comprensible, ya que, como dijimos antes, la motivación
exterior es identificable en la depresión reactiva, hay
vinculación con el acontecer familiar o social de la vida.
Y, por lo tanto, la tendencia histeriforme a actuar sobre
esa aludida modificación, aparece como explicable.
No es así, en
cambio, en la ya descripta depresión endógena, nacida,
como se puntualizó, de la hondura misma del ser, en la
cual, por lo tanto no se da la vinculación exterior. Los
síntomas, entonces, son más "puros", en el sentido del
manejo histeriforme.
La depresión
secundaria: En este caso, el cuadro está asociado, o es
resultante de otras enfermedades de origen orgánicas o
psíquicas. La depresión sería, entonces, un síntoma más de
la enfermedad "de base".
Ey, sin
concederles diferenciación nosológica, habla de ellas en
su tratado (ob. cit. pág. 216-217).
Freedman, Kaplan y
Sadock, hacen también referencia a estas depresiones como
síntomas (ob. cit. pág. 1127). También están incluidas en
el cuadro transcripto (M. Nachón) anteriormente.
En realidad esos
cuadros depresivos, son conocidos, diríamos, desde
siempre, aunque ahora se incluyen dentro de la
clasificación de las depresiones.
Son innumerables
las descripciones clínicas, ya muy antiguas, y es un dato
de observación común hablar de enfermedades orgánicas
graves en las cuales el síntoma depresivo está presente.
Para ello existen
causales psíquicas y orgánicas como hemos dicho y tiene al
igual que la depresión reactiva, "comprensibilidad".
La mayor parte de
los individuos con la percepción íntima de un padecimiento
grave tienen una resultante de hipocondría y depresión.
Pensar que ocurra
de otra manera, por otra parte, estaría fuera de lógica.
En este punto,
como reacción vivencial depresiva, la percepción íntima de
una enfermedad orgánica seria, tendría un límite
imperceptible con la depresión reactiva antes descripta.
Enfermedades tales
como anemias, afecciones infecciosas de cierta duración,
enfermedad de P. Marie, trastornos vasculares cerebrales,
afecciones endocrinas, esclerosis en placas, tumores
malignos, arteriooesclerosis cerebral, etc., se asocian
frecuentemente con los cuadros depresivos.
No puede dejar de
relacionarse la aparición de la menopausia, con su
transformación humoral, con la edad más frecuente de
depresión.
También se ha
señalado el efecto depresivo de determinados fármacos. A
este respecto, la reserpina ha servido casi como "modelo".
Fue un dato de observación clínica, que después se apreció
también con otros antidepresivos (¥metildopa). Asimismo,
se menciona el "bajón" depresivo después de la larga
ingestión de anfetaminas y es también conocido el que
sobreviene ante la suspensión de otras drogas
euforizantes, experiencia bien conocida por los
drogadictos.
Son observables
las fluctuaciones del ánimo asociadas a la administración
de fármacos muy comunes, los corticoides.
Es fundamental el
diagnóstico diferencial en los casos del comienzo. Debe
intentarse, desde el inicio, la diferencia entre una
enfermedad orgánica de base, aún solapada o no
individualizada todavía, y una depresión como padecimiento
inicial, con trastornos psicosomáticos asociados a la
misma.
Las implicancias
del diagnóstico son fundamentales, ya que hacen a la
estrategia del tratamiento.
La depresión
secundaria simula, en algunas entidades nosológicas, los
signos del deterioro cerebral; la abulia, el desinterés,
el "apagamiento" general de la personalidad, la tristeza,
la fatigabilidad hacen creer en ese cuadro; el cual remite
ante el retroceso de la enfermedad de base.
Merece destacarse,
como ya hemos señalado, la llamada depresión por
agotamiento, que guarda íntima relación a la que surge
frente a los factores stressantes de la vida.
Kielholz (Acta
Psicosomática, Geygy- 1961 ) habla de la "enfermedad de
los dirigentes". En estos casos, trastornos orgánicos de
poca relevancia, producen, como resultado, síndromes
depresivos de diferente magnitud, aún graves.
Es decir, que
padecimientos orgánicos no graves, que producen de todas
maneras un menoscabo de las fuerzas vitales, convierten al
individuo en más sensible y proclive a los síndromes
depresivos.
Merece especial
interés, al decir de Freedman, la tendencia a diagnosticar
arterioesclerosis cerebral, en personas de 60-65 años, con
disminución energética, con descenso para la actividad
intelectual y desinterés por la vida. En muchos casos, se
trata de una depresión sin base de lesión cerebral. Como
antes dijimos, respecto a ciertos fármacos, especial
cuidado debe tenerse en el caso de los hipertensos, en los
cuales tiende a admitirse un padecimiento cerebral
orgánico. Los síntomas depresivos, muchas veces, son
resultantes de una medicación, sin vinculación con
trastornos cerebrales, y que remiten ante la suspensión o
cambio de fármaco.
La depresión
involutiva: Se trata de un cuadro depresivo cercano a las
etapas preseniles de la vida.
Ante todo, cabe la
discusión de si la enfermedad que tratamos constituye o no
una entidad nosológica diferenciada.
Autores hay que
incluyen a este trastorno en el grupo ciclotímico de las
enfermedades maníaco depresivas: (Krapelin, al comienzo de
su obra), otros lo entienden como una sintomatología más
de los trastornos preseniles y seniles; otros por fin (Krapelin,
más tarde) le conceden una entidad clínica que le dan
individualidad propia. Creemos, por nuestra parte, que
tiene perfiles distintivos, en su evolución,
sintomatología y, sobre todo pronóstico, que justifican su
descripción como forma clínica con características
propias.
La melancolía
involutiva es, como dijimos, enfermedad de la edad
avanzada. Pueden registrarse o no antecedentes
psiquiátricos, pero la personalidad del paciente,
generalmente retraída, dependiente, suele ser, sino
obligatoria, bastante común.
El comienzo puede
ser insidioso, casi desapercibido. Pero es más frecuente
que sobrevenga ante infortunios o acontecimientos
insolubles (muerte de un ser querido, partida de los
hijos, casamientos no deseados, etc.). Es común observar
en solteronas con acentuada fijación edípica que durante
muchos años han convivido con su madre que, ante la muerte
de ésta, se sumergen en la melancolía involutiva. Hasta
aquí, podríamos pensar en una forma reactiva; pero la
edad, su concomitancia con reales signos involutivos de
índole orgánica, con el estrechamiento de las
oportunidades vitales restantes, y una prospección
teleológica, sin mayores atractivos y la evolución y el
pronóstico, establecen la diferencia.
Como en las formas
clínicas depresivas antes descriptas, se observan también
las temáticas desalentadoras, pesimistas, hasta el límite
de la visión trágica de la vida.
También aparecen
frecuentemente ideas hipocondríacas; pero aquí apreciamos
que se edifican sobre padecimientos reales (descenso
energético, padecimientos propios de la edad, trastornos
cardíacos, reumáticos, etc.) que son, desde ya, originados
psicológicamente por el paciente.
Además, se reviste
a esas enfermedades orgánicas de un pronóstico sombrío,
irreversible, claros anuncios del derrumbe total.
Están también
presentes los autorreproches, la sensación penosa que,
historiando la vida, mirando hacia atrás, todo fue
equivocado, que no se aprovecharon oportunidades y que, en
este aquí y ahora, ya no hay tiempo para rectificaciones,
para nuevos intentos vitales; ya es tarde, el destino está
signado por un pasado lleno de errores, que condiciona,
irremediablemente, un final sombrío.
Es decir, la
temática depresiva, semejante a otras formas clínicas en
sus planteos, tiene en la melancolía involutiva, incluído
el "tiempo" ya muy escaso, como elemento decisivo en la
visión de futuro.
Existen, algunas
veces, formas psicóticas, con clara alteración judicativa,
elementos alucinatorios, ideas delirantes, casi siempre de
perjuicio e hipocondríacas.
En ocasiones,
estos cuadros se complican configurando una verdadera
confusión mental.
Hemos dicho, en
las descripciones anteriores de las depresiones, que
éstas, en cuanto padecimiento de la esfera afectiva, no
deterioran el nivel intelectual. Pero en la depresión
involutiva, es posible observar que elementos
deteriorantes propios de la presenilidad, se integran en
el cuadro, originados además por una sensación íntima de
incapacidad del paciente.
Podríamos decir,
al igual que lo que hemos dicho de la depresión en
general, que existen formas ansiosas,con la clásica
hiperkinesia, hiperdinamia agotadora, angustia desbordante
que puede llevar a una forma agitada.
Y también, la
forma inhibida. En ésta, el sujeto se aparta de sus
relaciones, de su entorno; hace pesimistas proyecciones
sobre su futuro, incluyendo siempre la edad como una
sombra desalentadora.
Se va hundiendo
lentamente en una total retracción del yo, sin ánimo para
nada. A veces, se adhieren psicológicamente a algunos, un
hermano, un pariente a quien transfieren
responsabilidades.
Su estado de
impedimento, les inhibe todo sentimiento por los demás, en
este aspecto aparecen como egoístas. Tratan de conservar
todo, y se angustian ante pérdidas mínimas. Se rodean de
cosas inútiles, pero que para ellos son símbolos de
seguridad y solidez frente al futuro. Como antes dijimos,
hay una sensación de incapacidad y sólo llegan a hacer un
manejo rutinario de sus bienes, sin alteración o novedad
alguna, que, por el contrario, los llena de zozobra.
El suicidio sigue
apareciendo en esta forma clínica, como en las anteriores,
como el gran fantasma. Gran cantidad de suicidas de edad
avanzada han sufrido este trastorno. Son válidas aquí, las
mismas consideraciones que hemos hecho en la descripción
anterior, pero agregándose que la edad, el corto tiempo
restante de vida, no justifican la lucha que es, al mismo
tiempo, imposible e inútil.
El pronóstico es
severo. La capacidad de reacción del individuo es pobre y
la declinación general del Yo tiene aspectos verdaderos en
la salud general, la potencia sexual, la jubilación, la
muerte de amigos, en fin, la real y lenta desaparición de
"su mundo", que va perdiendo los actores contemporáneos de
él. Todo cambia a su alrededor, y el ritmo del cambio no
puede ser seguido como antes. El futuro no es, entonces
atractivo: lo margina, no lo incluye en su dinámica, lo
hace a un lado. "Su " mundo muere ¿qué sentido tiene
continuar viviendo?
La depresión
involutiva suele ser de aparición más temprana en las
mujeres (50-60 años) por lo cual no puede dejar de tenerse
en cuenta el climaterio y el post-climaterio, con sus
secuelas de desvalorización estética, sexual, etc.
En los hombres, la
edad de elección ronda los 60 y 65 años, tiempo también de
profundos cambios hormonales, sexuales, de forma de vida
(jubilación). Las preocupaciones hipocondríacas suelen ser
muy frecuentes. Al decir de Ipar, "ya no está el cuerpo a
mi servicio, sino Yo al servicio del cuerpo".
Es prácticamente
una constante el abrupto envejecimiento de estos enfermos.
De pronto, parece descargarse sobre ellos la catarata de
los años.
Con respecto a la
edad de aparición de la depresión involutiva,
transcribimos el ilustrativo y conocido cuadro de Paul
Kielholz (1981).
Cuadro
Si bien es posible
observar remisiones temporarias (pocas veces curación) lo
más común es el lento declinar del enfermo (a veces más
acelerado) hacia su profundo hundimiento del Yo en la
pesada y oscura "niebla" depresiva.
Hay entonces, un
tránsito imperceptible hacia la psicosis y el deterioro
senil francos con características melancólicas.
Summary
The author describes the symptoms and
clasification of the depressive illness. The endogenous,
reactive, sintomatic and involutive depression are
differentiated.
Key Words: Depression
Symptom
Clasification
Resumen
El autor describe los síntomas y
clasificaciones de la enfermedad depresiva.
Así son diferenciados los tipos de
depresión endógeno, reactivo, sintomático e involutivo.
Palabras Claves: Depresión
Síntoma
Clasificación
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