CURSO SOBRE DEPRESIÓN
Director Hugo Marietan
marietanweb@gmail.com
Historia del concepto
Hugo Marietán
Es propio del humano padecer los
excesos de sus pasiones. A lo largo de la historia
constatamos, a través de los escritos, de las obras de
arte, las manifestaciones excesivas del odio, de los
celos, del miedo, del amor...y de ese displacer interno
que llamamos melancolía, pena, tristeza, depresión. La
búsqueda del término que nombrara a ese estado del alma
tiene su historia y, por puro vicio occidental,
comenzaremos con los griegos.
Un aforismo de Hipócrates sintetiza
la postura griega y que hoy podemos traducir como: “Si el
miedo y la tristeza se prolongan, es melancolía”. Lo
negro, lo agrio, lo pesado, lo triste, encerrado en un
término, “melancolía”.
El modelo imperante del pensamiento
médico griego, que influyó por más de dos mil años, estaba
aferrado a las variaciones hereditarias que afrontaban a
las diferentes noxas. Así los individuos estaban
“constituidos” por el equilibrio entre cuatro “humores”:
sangre, bilis amarilla, bilis negra, flema; el fuerte
desequilibrio de alguno de ellos era la génesis de la
aparición de distintas enfermedades, el leve predominio de
un “humor” sobre los otros determinaba un temperamento,
una manera de ser. Para los griegos cuatro eran las
esencias: tierra, aire, fuego, agua; cuatro los puntos
cardinales; cuatro las estaciones, cuatro eran las edades
del hombre, infancia, juventud, madurez, vejez; a qué
escapar de esa armonía, cuatro eran los temperamentos:
sanguíneo, colérico, melancólico, flemático. El
temperamento es una predisposición que se manifiesta ante
la impresión producida por una idea, un recuerdo, un
acontecimiento exterior; es una manera repetitiva de
reaccionar. Así el colérico (de col: bilis) se excita
fácil e intensamente, reacciona de inmediato, son
rencorosos y apasionados; hombres de acción. El
melancólico, si bien sensible, es poco reactivo, pero de
guardar por mucho tiempo sus impresiones, pesimista,
pasivo.
Etimología:
Los griegos la escribían con estos
caracteres:
melagcolikoV : (
melancólicos)
melagcolia (melancolía)
melan
: (melán, negro)
colh
(jole, col, hiel,
bilis)
Los romanos tenían en latín su propia
manera de llamar a la bilis negra (atra bilis).
Pero prefirieron llamarla como les sonaba a ellos la
fonética de
melagcolia, es decir
melancholía.
Mariano Arnal rescata este concepto:
Hipócrates explicaba la salud y la enfermedad por la
acción equilibrada o desequilibrada de los humores en el
cuerpo. La crasis era el equilibrio entre los
cuatro humores básicos (sangre, flema, bilis y atrabilis
-humor negro o melancolía-); y se llamaba crisis a
la expulsión de los humores mediante el sudor, los
vómitos, la expectoración, la orina, las deyecciones. En
el proceso de la enfermedad los médicos tenían estudiado
cuál era el momento crítico, es decir aquel en el
que se debía producir la expulsión de los malos humores.
Quede constancia que las expresiones crisis y estado o
momento crítico están sacadas de la antigua "medicina
humorista".
Stanley Jackson anota que en el
Renacimiento, al rescatar los textos de Aristóteles
también reflotaron el criterio expresado en el legendario
“Problema XXX” por el cual el estagirita observa que la
gran mayoría de hombres de genio son melancólicos, lo cual
da un toque de distinción a este temperamento y lo separa
de la ‘enfermedad llamada melancolía’: “¿Por qué todos
aquellos que han sido eminentes en la filosofía, en la
política, la poseía o las artes son claramente
temperamentos melancólicos, y algunos de ellos hasta tal
punto que llegaron a padecer enfermedades producidas por
la bilis negra?”. Por ese entonces ya el término había
ampliado mucho su base y, así, se lo usaba para nombrar
cualquier estado de tristeza, aflicción, desesperación o
un carácter sombrío.
La palabra depresión deriva
del latín ‘de’ y ‘premere’ (apretar,
oprimir) y ‘deprimere’ (empujar hacia abajo), se
usó en Inglaterra en el siglo diecisiete. Así Richard
Blackmore, en 1725, habla de “estar deprimido en profunda
tristeza y melancolía”. Robert Whytt, 1764, relaciona
‘depresión mental’ con ‘espíritu bajo, hipocondría y
melancolía. En 1808 J. Haslam habla de aquellos que están
bajo la influencia de pasiones depresivas. Para ese
entonces el término depresión gana terreno y se usa junto
al de melancolía para designar a la enfermedad, mientras
melancolía siguió conservando su uso popular y literario.
Wilhem Griesinger introdujo el
término estados de depresión mental como sinónimo
de melancolía. Y Emil Kraepelin usa locura
depresiva en una de sus clasificaciones nosológicas,
sin desprenderse del término melancolía para signar la
enfermedad, y deja depresión para nominar un
estado de ánimo, y consideraba que las melancolías eran
formas de depresión mental, expresión que le
pertenece. Pero en 1899 usó como categoría diagnóstica a
locura maniaco depresiva. Adolf Meyer propuso
eliminar totalmente el término melancolía y reemplazarlo
por el de depresión. Así, en esta puja semántica se llegó
a la redundancia de nominar depresión con melancolía
cuando los síntomas eran suficientemente graves como para
nominarlos simplemente como depresión.
El término ciclotimia fue
usado por Kahlbaum en 1863 para designar las variaciones
de las fases depresiva y maníaca, remedando los ciclos.
Recorrido histórico
Las narraciones sobre la melancolía y
sus síntomas están en casi todos los registros literarios
y médicos de la humanidad.
La Biblia cuenta el fin del rey
Antioco Epifanes (Macabeos 1ª, 6), su tristeza y sus
palabras después de una derrota militar: “Huye el sueño de
mis ojos y mi corazón desfallece de ansiedad”.
Al parecer, según las narraciones de
los conquistadores españoles recopiladas por Elferink, la
depresión era la enfermedad mental más frecuente entre los
Incas, quienes tenían un afianzado conocimiento de las
plantas medicinales y de los minerales a usar contra la
enfermedad, así como los ritos mágicos y religiosos para
combatirla: El español Poma describe así a la esposa del
tercer gobernante Inca: “La tercera Coya fue miserable,
avarienta y mujer desdichada, y no comía casi nada y bebía
mucha chicha y de cosas insignificantes lloraba, y de puro
mísera no estaba bien con sus vasallos; era triste de
corazón”
Areteo de Capadocia, siglo I d.C.,
escribe: “La melancolía es una alteración apirética del
ánimo que está siempre frío y adherido a un mismo
pensamiento, inclinado a la tristeza y a la pesadumbre”
Galeno, siglo II d. C., anota:
“Normalmente se ven acosados por el miedo aunque no
siempre se presentan el mismo tipo de imágenes sensoriales
anormales. Aunque cada paciente melancólico actúa bastante
diferente que los demás, todos ellos muestran miedo o
desesperación. Creen que la vida es mala y odian a los
demás, aunque no todos quieren morirse. Para algunos, el
miedo a la muerte es la preocupación fundamental durante
la melancolía. Otros, bastante extrañamente, temen la
muerte a la vez que la desean. También Hipócrates parece
tener razón al haber relacionado los síntomas propios de
los melancólicos con los dos principales: el temor y la
tristeza. Es como consecuencia de esta tristeza que los
melancólicos odian todo lo que ven y parecen continuamente
apenados y llenos de miedo, como los niños y los hombres
ignorantes que tiemblan en una oscuridad profunda”.
El árabe Isaq ibn Imran, siglo X,
Bagdad describe: En la melancolía hay “ un cierto
sentimiento de aflicción y aislamiento que se forma en el
alma debido a algo que el paciente cree que es real pero
que es irreal. Además de todos estos síntomas psíquicos,
hay otros somáticos como la pérdida de peso y sueño... La
melancolía puede tener causas puramente psíquicas, miedo,
aburrimiento o ira, de manera que la pérdida de un ser
querido o de una biblioteca insustituible pueden producir
tristeza y aflicción tales que tengan como resultado a la
melancolía.”
Constantino, el africano, siglo XI,
planteaba: “La melancolía perturba el espíritu más que
otras enfermedades del cuerpo. Una de sus clases llamada
hipocondríaca, está ubicada en la boca del estómago; la
otra está en lo íntimo del cerebro. Los accidentes que a
partir de ella suceden al alma, parecer ser el temor y la
tristeza. Ambos son pésimos porque confunden al alma. En
efecto, la definición de la tristeza es la perdida de lo
muy intensamente amado… Cuando los efluvios de la bilis
negra suben al cerebro y al lugar de la mente, oscurecen
su luz, la perturban y sumergen, impidiéndole que
comprenda lo que solía comprender, y que es menester que
comprenda. A partir de lo cual la desconfianza se vuelve
tan mala que se imagina lo que no debe ser imaginado y
hace temer al corazón cosas temibles. Todo el cuerpo es
afectado por estas pasiones, pues necesariamente el cuerpo
sigue al alma (‘El cuerpo sigue al alma en sus acciones y
el alma sigue al cuerpo en sus accidentes’). Por
consiguiente se padece vigilia, malicia, demacración,
alteración de las virtudes naturales, que no se comportan
según lo que solían, mientras estaban sanas”.
La acedia
Aldous Huxley, entre literario y
descriptivo bordea el tema de esta manera:
“Los cenobitas de la Tebaida se
hallaban sometidos a los asaltos de muchos demonios. La
mayor parte de esos espíritus malignos aparecía
furtivamente a la llegada de la noche. Pero había uno, un
enemigo de mortal sutileza, que se paseaba sin temor a la
luz del día. Los santos del desierto lo llamaban daemon
meridianus, pues su hora favorita de visita era bajo el
sol ardiente. Yacía a la espera de que aquellos monjes que
se hastiaran de trabajar bajo el calor opresivo,
aprovechando un momento de flaqueza para forzar la entrada
a sus corazones. Y una vez instalado dentro, ¡qué estragos
cometía!, pues de repente a la pobre víctima el día le
resultaba intolerablemente largo y la vida desoladoramente
vacía. Iba a la puerta de su celda, miraba el sol en lo
alto y se preguntaba si un nuevo Josué había detenido el
astro a la mitad de su curso celeste. Regresaba entonces a
la sombra y se preguntaba por qué razón él estaba metido
en una celda y si la existencia tenía algún sentido.
Volvía entonces a mirar el sol, hallándolo
indiscutiblemente estacionario, mientras que la hora de la
merienda común se le antojaba más remota que nunca. Volvía
entonces a sus meditaciones para hundirse, entre el
disgusto y la fatiga, en las negras profundidades de la
desesperación y el consternado descreimiento. Cuando tal
cosa ocurría el demonio sonreía y podía marcharse ya, a
sabiendas de que había logrado una buena faena mañanera.
A lo largo de la Edad Media este
demonio fue conocido con el nombre de acedia. Aunque los
monjes seguían siendo sus víctimas predilectas, realizaba
también buen número de conquistas entre los laicos. Junto
con la gastrimargia, la fornicatio, la philargyria, la
tristitia, la cenodoxia, la ira y la superbia, la acedia o
taedium cordis era considerada como uno de los ocho vicios
capitales que subyugan al hombre. Algunos desacertados
psicólogos del mal suelen hablar de la acedia como si
fuera la llana pereza. Mas la pereza es tan sólo una de
las numerosas manifestaciones del vicio sutil y complicado
que es la acedia. Al hablar de ella en el «Cuento del
clérigo», Chaucer hace una descripción muy precisa de este
catastrófico vicio del espíritu. «La acedia», nos dice,
«hace al hombre aletargado, pensativo y grave». Paraliza
la voluntad humana, «retarda y pone inerte» al hombre
cuando intenta actuar. De la acedia proceden el horror a
comenzar cualquier acción de utilidad, y finalmente el
desaliento o la desesperación. En su ruta hacia la
desesperanza extrema, la acedia genera toda una cosecha de
pecados menores, como la ociosidad, la morosidad, la
lâchesse, la frialdad, la falta de devoción y «el
pecado de la aflicción mundana, llamado tristitia, que
mata al hombre, como dice San Pablo». Los que han pecado
por acedia encuentran su morada eterna en el quinto
círculo del Infierno. Allí se les sumerge en la misma
ciénaga negra con los coléricos, y sus lamentos y voces
burbujean en la superficie”.
San Isidoro de Sevilla indica cuatro
derivadas de la tristeza: el rencor, la pusilanimidad, la
amargura, la desesperación; y seis de la acidia
propiamente dicha: la ociosidad, la somnolencia, la
indiscreción de la mente, el desasosiego del cuerpo, la
inestabilidad, la verbosidad, la curiosidad.
Evagrio Póntico, según M. Fuentes,
describía al acedioso diciendo “El monje acedioso es
rápido en terminar su oficio y considera un precepto su
propia satisfacción; la planta débil es doblada por una
leve brisa e imaginar la salida distrae al acedioso. Un
árbol bien plantado no es sacudido por la violencia de los
vientos y la acedia no doblega al alma bien apuntalada. El
monje giróvago, como seca brizna de la soledad, está poco
tranquilo, y sin quererlo, es suspendido acá y allá cada
cierto tiempo. Un árbol transplantado no fructifica y el
monje vagabundo no da fruto de virtud. El enfermo no se
satisface con un solo alimento y el monje acedioso no lo
es de una sola ocupación. No basta una sola mujer para
satisfacer al voluptuoso y no basta una sola celda para el
acedioso. El ojo del acedioso se fija en las ventanas
continuamente y su mente imagina que llegan visitas: la
puerta gira y éste salta fuera, escucha una voz y se asoma
por la ventana y no se aleja de allí hasta que, sentado,
se entumece. Cuando lee, el acedioso bosteza mucho, se
deja llevar fácilmente por el sueño, se refriega los ojos,
se estira y, quitando la mirada del libro, la fija en la
pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el
final de la palabra se fatiga inútilmente, cuenta las
páginas, calcula los párrafos, desprecia las letras y los
ornamentos y finalmente, cerrando el libro, lo pone debajo
de la cabeza y cae en un sueño no muy profundo, y luego,
poco después, el hambre le despierta el alma con sus
preocupaciones. El monje acedioso es flojo para la oración
y ciertamente jamás pronunciará las palabras de la
oración; como efectivamente el enfermo jamás llega a
cargar un peso excesivo así también el acedioso
seguramente no se ocupará con diligencia de los deberes
hacia Dios: a uno le falta, efectivamente, la fuerza
física, el otro extraña el vigor del alma. La paciencia,
el hacer todo con mucha constancia y el temor de Dios
curan la acedia. Dispón para ti mismo una justa medida en
cada actividad y no desistas antes de haberla concluido, y
reza prudentemente y con fuerza y el espíritu de la acedia
huirá de ti”.
Química y electricidad
Thomas Willis (1621 – 1675) desdeña
la teoría de los humores como etiología de la melancolía
y, siguiendo los conocimientos de su época, atribuye a las
alteraciones químicas producidas en el cerebro y el
corazón las causas de esta enfermedad. Menciona cuatro
tipos de melancolías, de acuerdo a su origen: a) por
desorden inicial del cerebro, b) derivada de los
hipocondrios (bazo), c) la que comprende todo el cuerpo,
d) originada en el útero.
No debemos ignorar la importancia del
la confirmación hecha por William Harvey (1578,1657) de
las ideas adelantadas de Miguel Servet, acerca de la
circulación de la sangre. Esto introdujo una revolución en
el pensamiento médico, junto a las teorías corpusculares y
los principios hidrodinámicos, generando una serie de
teorías mecanicistas y bioquímicas sobre la génesis de las
enfermedades y, como suele ocurrir, cada vez que se
realiza un descubrimiento particular, se lo extrapola
expandiéndolo a la generalidad. A. Pitcairn al inicio del
siglo XVIII explicaba que el desorden de la hidrodinámica
de la sangre afectaba el flujo de los espíritus animales
(Descartes) de los nervios produciendo pensamientos
desordenados y delirios en la melancolía. Hacía la mitad
del mismo siglo, los experimentos con la electricidad,
generaron otras ideas sobre la fisiología desplazando las
tendencias mecanicistas, para dar lugar a los conceptos de
sensibilidad e irritabilidad, atracción, repulsión y
transmisión. Así Newton en su Pricipia (1713)decía: “... y
los miembros de los cuerpos animales se mueven por orden
de la voluntad, es decir, por las vibraciones de este
fluido [el éter], propagado a lo lardo de los filamentos
sólidos de los nervios, desde los órganos exteriores de
los sentidos al cerebro, y del cerebro a los músculos”.
William Cullen (1710, 1790), asoció
el concepto de carga y descarga en los cuerpos sometidos a
electricidad y lo aplicó al cerebro en el sentido de mayor
o menor energía (excitación y agotamiento) cerebral. Y se
relacionó a la melancolía con un estado de menor energía
cerebral. Lo que hoy llamamos hipoergia o, más
radicalmente, anergia.
Si bien las teorías etiopatogénicas
sobre la depresión continúan girando en espiral a lo largo
de la historia pasando de la magia a lo religioso, de la
química a la mecánica, del animismo a lo orgánico, del
humor a la electricidad, de lo ambiental a lo genético, de
lo espiritual a lo vital, de los espíritu animal a
los neurotransmisores, el cuadro clínico, lo descriptivo,
permanece estable: “Si el miedo y la tristeza se
prolongan, es melancolía”
Bibliografía:
Jackson, Stanley W.,
“Historia de la Melancolía y la Depresión”, Turner,
Madrid, 1986
Ayus Gutiérrez, J- L.,
Trastornos Afectivos, en Manual de Psiquiatría de Rivera,
J. L. y otros, Editorial Karpos, Madrid, 1980
Elferink, J.:
“Desordenes mentales entre los incas del antiguo Perú”,
Revista Neuro-Psiquiatria - T. LXIII Nº 1-2 Marzo-Junio
2000.
http://herreros.com.ar/melanco/elferink.htm
Cabaleiro, A., Fernandez
Mugetti, G., Saenz M.: “Depresión y Subjetividad. Tesis”,
en http://herreros.com.ar
Constantino el Africano,
“De melancolía”, Pagés Larraya, F. Acta, suplemento 1,
Buenos Aires, 1992.
Huxley, Aldous: “ On the Margin”, 1948, en
http://www.web2mil.com/marcha
Fuentes, M. A., “La
pereza y la acedia”, Ediciones del verbo encarnado, en
http://www.iveargentina.org/ediciones/dialogo/dial27/04perezaacidia.htm