CURSO SOBRE DEPRESIÓN
Director Hugo Marietan
marietanweb@gmail.com
Depresiones puras
Clasificación
Leonhard
clasifica a las psicosis fásicas en:
Enfermedad
maniáco depresiva
Melancolía
pura y manía pura
Depresiones
puras que incluyen a
Depresión
agitada (acuciante)
Depresión
hipocondríaca
Depresión
autotorturante
Depresión
Paranoide
Depresión
Fría
Depresión hipocondríaca
El estado de
ánimo de desagrado en la depresión agitada tiene algo de
vital en sí. La segunda depresión pura, que denomino
“hipocondríaca”, llega mucho más allá en el cuerpo, pero
de una manera totalmente diferente. Allí el ser impulsado,
imposible de ser influido por lo anímico, tiene efecto en
lo corporal; aquí hay pseudosensaciones peculiares que
tienen un efecto directo sobre los órganos corporales. El
concepto de “hipocondríaco” es utilizado en forma algo
equívoca: unas veces señala temores por el bienestar
físico, otras señala pseudosensaciones corporales por las
cuales no se puede hacer responsable a ninguna enfermedad
orgánica. Sólo estas últimas se refieren a la depresión
hipocondríaca; las primeras se presentan también en otros
estados depresivos.
Las
pseudosensaciones de la depresión hipocondríaca pueden
referirse a todo el cuerpo, tanto a su superficie como a
su interior. Pero la localización tiene siempre algo de
indeterminado en sí: por lo general se señalan
modificaciones en regiones mayores, no en lugares
delimitados. Igualmente indeterminadas son las
pseudosensaciones según su tipo. Los enfermos pueden
quejarse de que sienten dolor, quemazón, pinchazos,
perforaciones, presiones, desgarramientos, etcétera, pero
no utilizan una sola de esas expresiones para la misma
sensación, sino más bien todas al mismo tiempo. La
sensación tampoco suele ser de cualidad inequívoca. A
menudo los enfermos rechazan todas las descripciones
exactas que les proponen los médicos y explican que no
pueden describir exactamente las sensaciones porque no se
parecen a los malestares que sienten en una enfermedad
física. Por lo general buscan luego comparaciones de las
que surge que las pseudosensaciones poseen un carácter
realmente particular; explican por ejemplo que tienen la
piel como si fuera de goma, como si la sangre fuera
eléctrica, como si los nervios se secaran, como si el
intestino se hubiera deformado, etcétera. Aun cuando
hablan de quemaduras, pinchazos, etcétera, agregan
frecuentemente que se trata de pinchazos y quemaduras
diferentes de las que se suele tener: más bien se trata de
un pinchazo interior. Gracias a las descripciones de los
enfermos nos convencemos de que se trata de
pseudosensaciones que el hombre normal no conoce. Así como
en las esquizofrenias hipocondríacas surgen sensaciones
desde el interior del cuerpo que el hombre sano no puede
sentir, así ocurre también en esta forma de depresión.
Desde ya que la causa es en ambos casos completamente
diferente. En la depresión se puede suponer una forma
particular de perturbación del sentimiento detrás de esas
sensaciones.
Ocasionalmente se localizan pseudosensaciones en la zona
del corazón; puede surgir entonces la pregunta de si no se
trata de una sensación de opresión angustiosa, que hemos
encontrado en la depresión agitada. Pero en la depresión
hipocondríaca las sensaciones del corazón nunca son
aisladas, sino que siempre están acompañadas por otras
pseudosensaciones en el cuerpo. La mayoría de las veces
los enfermos responden negativamente cuando se les
pregunta si están angustiados, pero también pueden
responder positivamente y referirse a las
pseudosensaciones en la zona del corazón. Los depresivos
hipocondríacos parecen también angustiados por su
agitación, cuando hablan quejándose y lamentándose de sus
padecimientos. Pero nunca se trata de la agitación
apremiante y torturadora que encontramos en la depresión
agitada. La inclinación a lamentarse es también muy
cambiante; cuando el afecto va más hacia lo profundo, los
enfermos pierden fácilmente las esperanzas y se quejan
menos. Por lo tanto su agitación es mucho más comprensible
desde el punto de vista psicológico que en la depresión
agitada.
También se
comprende desde el punto de vista psicológico cuando a las
sensaciones engañosas se agregan temores hipocondríacos.
Tal como hemos dicho ya, los temores por el bienestar
físico no demuestran nada por sí mismos, pero se los
encuentra con frecuencia como agregados. Entonces los
padecimientos no son manifestados como tales, sino que al
mismo tiempo los enfermos expresan la sospecha de que la
causa es una grave enfermedad física: cáncer,
tuberculosis, etcétera. Algunos enfermos se inclinan a
agregar semejantes conclusiones, mientras que otros toman
las pseudosensaciones como tales y se quejan de ellas sin
pensar en su origen. Otras formaciones de ideas faltan
casi por completo en la depresión hipocondríaca. Puede
ocurrir que aparezcan ciertas ideas de desvalorización,
también leves ideas de referencia, pero nunca alcanzan un
valor afectivo esencial. Frente a las pseudosensaciones y
a los temores relacionados con ellas, carecen de peso.
También pueden presentarse engaños de los sentidos, cuando
los temores hipocondríacos toman la forma alucinatoria de
voces, pero esto supone una predisposición individual. Las
experiencias hipocondríacas nunca son evaluadas como
sensaciones engañosas, sino siempre como manifestaciones
patológicas, nunca como influencia externa. Esto es
esencial para la delimitación respecto de las
esquizofrénicos hipocondríacos, que no se sienten
enfermos, sino asediados desde afuera.
Junto a las
pseudosensaciones desempeñan en la depresión hipocondríaca
un rol los fenómenos de extrañamiento. Conoceremos al
estudiar la depresión fría un tipo de extrañamiento donde
los enfermos afirman un enfriamiento del sentimiento,
sobre todo el sentimeinto respecto de otros hombres. Esta
forma de extrañamiento no se produce en la depresión
hipocondríaca; más bien se trata de una forma que no puede
negar la relación con los padecimientos hipocondríacos.
Cuando los enfermos se quejan por ejemplo de que su cuerpo
se ha modificado interiormente, podríamos pensar incluso
que sólo quieren señalar sus pseudosensaciones. Pero con
un examen más preciso resulta a menudo que el enfermo no
cree que su cuerpo se ha modificado en razón de las
sensaciones de nuevo tipo, sino por el contrario, por la
falta de sensaciones. Concretamente afirman que han dejado
de sentir el cuerpo, los brazos, las piernas, que carecen
de sensación allí, es como si todo estuviera muerto. Por
lo tanto la sensación física parece haber cambiado con las
sensaciones y extrañamientos en parte en más y en parte en
menos. A menudo la queja va más allá e incluye el mundo de
las percepciones. Entonces los enfermos afirman que no son
tocados normalmente por las impresiones, carecen del
sentido del gusto y del tacto, no pueden sentir
normalmente el frío, el calor y el dolor. Si el
extrañamiento avanza, también se modifican las ideas: los
enfermos afirman que no pueden imaginar normalmente ni
siquiera la disposición de su habitación, ni siquiera el
rostro de una persona que acaban de ver. En cuanto a la
totalidad del cuerpo, por lo general concluyen que está
muerto, que no puede morir en el verdadero sentido del
término porque ya está muerto. En cuanto a sí mismos como
personalidad, concluyen que se han convertido en otra
persona, que no son ellos mismos, los que eran antes.
Surge por lo tanto el síntoma de la despersonalización.
Encontramos los fenómenos de extrañamiento en la mayoría
de las depresiones hipocondríacas como alusiones, en
cuanto las depresiones alcanzan una cierta profundidad.
De todas
maneras, en términos generales el afecto no alcanza en la
depresión hipocondríaca las profundidades de la
melancolía, de la depresión agitada o autotorturada, a
pesar de que, como lo muestran las pseudosensaciones, son
atacados sin duda alguna estratos vitales de la
personalidad. A menudo los pacientes aparecen más
quejándose y lamentándose que estando profundamente
deprimidos. La inclinación al suicidio es esencialmente
menor que en las otras formas nombradas. A pesar de eso,
una depresión hipocondríaca, incluso de características
leves, perjudica considerablemente el estado general. En
las formas graves la condición es muy dolorosa. El que los
enfermos se lamenten mucho o poco depende de su
personalidad, pero siempre falta un freno.
Caso 21.
Karl Web, nacido en 1908, a los 12 años debió dejar la
escuela por medio año porque era muy nervioso. Enfermó
seriamente en 1938; manifestaba numerosos malestares
físicos y fue internado en la Clínica de Frankfurt. Aquí
se quejaba de opresión cardíaca, opresión en el estómago,
debilidad y pesadez en las piernas. Era como si tuviera
algo en el cuerpo que lo arrastraba. Tenía una sensación
de agitación interior, además una sensación sorda en los
brazos y debilidad en las piernas. Sentía los miembros
“inusualmente livianos”, como si pudiera levantarlos en el
aire con toda facilidad, y luego todo se volvía otra vez
pesado. Estallidos y estiramientos le recorrían todo el
cuerpo, como si la piel fuera a romperse. Web se lamentaba
mucho, sufría mucho a causa de sus pseudosensaciones y
además sufría un estado depresivo. Cuatro semanas después
mejoró, se lamentaba menos y fue llevado a su casa. Allí,
en el transcurso de las semanas siguientes, recuperó por
completo la salud.
Caso 22.
Willi Rem, nacido en 1893, enfermó en 1942; afirmaba que
había tomado Lysol por equivocación. Decía que tenía
quemado el esófago y que en el cuerpo tenía abscesos. Se
quejaba y lloraba mucho; había dejado de trabajar, hizo
intentos de suicidio y fue internado en la Clínica de
Frankfurt. Aquí se quejaba constantemente. Decía que tenía
dolores ardientes en el pecho y el vientre, que en la
faringe había una inflamación, que sentía pinchazos en los
dientes, que no podía seguir soportando su estado y pedía
que terminaran con su vida, pues sin duda había enfermado
de cáncer. Rem fue trasladado tres semanas después a la
Clínica E. y allí siguió quejándose. Decía que tenía
temblores en el cuerpo, que la comida le fermentaba en el
estómago, que se moría lentamente. A menudo rechazaba la
comida, pues le producía más dolores aun. Tampoco a la
noche se tranquilizaba. Sólo con un tratamiento para las
contracciones pareció mejorar algo, luego volvieron las
viejas quejas. Decía que sentía hormigueos en el brazo, en
los dedos, en la espalda y en el esófago. Decía que se le
formaba demasiada saliva en el esófago y por eso tenía que
tragar constantemente. Ocho meses después de su
internación en la Clínica y un año después de haber
enfermado mejoró rápidamente y pudo ser dado de alta
sanado.
Los dos casos
expuestos muestran el cuadro característico de la
depresión hipocondríaca con el estado de ánimo depresivo y
los notables malestares físicos. En el primer caso (Caso
21) la depresión tiene poca profundidad, pero las
molestias son abundantes. Son tomadas como tal, se sienten
como una tortura, pero no son trabajadas intelectualmente.
En el Caso 22 en cambio junto al malestar están siempre
los temores. El enfermo supone que las causas de sus
molestias son un sufrimiento interior, una quemadura con
Lysol, cáncer, una producción anormal de saliva. El
enfermo expresa también el temor de morirse lentamente por
los fenómenos corporales. El diagnóstico de una depresión
hipocondríaca no se apoya en estos temores, sino en las
pseudosensaciones sobre las que se construyen. La
depresión más profunda en el segundo caso lleva a quejas
más fuertes. En algunos momentos hay aquí un serio peligro
de suicidio. En el Caso 21 hay signos de extrañamiento
porque a veces el enfermo siente una inusual liviandad en
las piernas. El extrañamiento aparece con mucha mayor
claridad en los dos casos siguientes:
Caso 23.
Elise Günt, nacida en 1889, sufrió en 1933 por primera vez
un estado depresivo con insomnio y malestar intestinal. En
1941 volvió a enfermar en el climaterio, se volvió
angustiada, llorosa y se quejaba de malestar intestinal.
Unos meses después se sintió otra vez mejor. Pero 1942
volvió a producirse una depresión, que hizo que la enferma
fuera internada en la Clínica de Frankfurt. Aquí se
quejaba de que no tenía voluntad para trabajar y sufría
malestares corporales. Tenía la sensación de que algo se
le movía en el cuerpo, sobre todo entre los hombros.
Sentía presión en el estómago, tensiones y quemaduras en
la cabeza. El estado empeoró, las quejas se hicieron más
penetrantes. Sentía una terrible quemazón en el cuerpo;
era como si le tironearan el estómago y los intestinos, la
sangre ardía, la piel era como de goma. Había perdido en
cambio las sensaciones normales; era como si los nervios
del cuerpo se hubieran secado completamente, como si nada
trabajara en ella, como si tuviera el cuerpo totalmente
muerto. En el cuerpo y en las piernas tenía una sensación
de vacío. Tampoco podía sentir el dolor, el calor y el
frío. Si la exponían al frío del invierno, no se
congelaría. Incluso tampoco podía morir, porque en ella
todo estaba ya seco y muerto. Tampoco sentía correctamente
los olores y los sabores; en cambio tenía poco perturbadas
la vista y el oído. Pero no podía representarse nada, ni a
su marido ni a sus conocidos, prácticamente nada del mundo
exterior. “No tengo imágenes de nada, no puedo imaginar
nada en la cabeza”. A veces la enferma se quejaba
esencialmente más de esas experiencias de extrañamiento
que de las pseudosensaciones. La condición torturante para
ella desapareció a los siete meses; entonces Günt quedó
libre de malestares, recuperó el humor normal y fue dada
de alta.
Caso 24.
Mildred Marsch, nacida en 1914, se volvió depresiva en
1937; su condición empeoró en marzo de 1938; esta vez era
como si todas las cosas hubieran cambiado para la enferma:
el pensamiento, el propio cuerpo, el medio. Al parecer, ya
no había nada que le interesara: para ella todo se
encontraba en una remota lejanía. El cuerpo le parecía tan
carente de vida como si no le perteneciera. A ello se
agregaban numerosas pseudosensaciones corporales,
quemaduras en el cuerpo, hormigueos en la cabeza,
sensación de angustia en el corazón, dolores en la
espalda. En agosto de 1938 Marsch fue admitida en la
Clínica de Frankfurt y confirmó todos los malestares, y
agregó que cuando hablaba era como si se escuchara desde
muy lejos, como si no fuera ella. Se quejaba mucho, a
menudo estaba más intranquila. Dos meses después fue
llevada de vuelta a su casa. El estado depresivo
desapareció sólo un año después, cuando su padre ya estaba
en tratamiento aquí. El padre (también paciente) se volvió
depresivo por primera vez en 1917, cuando estuvo internado
en Inglaterra; lloraba, se quejaba de dolores y quemaduras
bajo el pecho y en la espalda. En 1937 volvió a enfermar,
perdió la energía y se quejó de dolores en la espalda, en
la zona del estómago y del corazón. En la Sanatorio H. su
estado no mejoró. Por eso, Marsch fue llevado en abril de
1939 a la Clínica de Frankfurt. Aquí gemía mucho y rogaba
que le ayudaran. Sentía quemaduras en todo el cuerpo, en
el cuello, en la cabeza, en el pecho. Sentía puntazos y
quemaduras, como si lo atravesaran con miles de cuchillos.
Además sentía como que los miembros carecían de fuerza y
estaban paralizados; tenía la sensación de que su cuerpo
no era alimentado correctamente por el estómago y los
intestinos. Marsch fue trasladado en mayo a su casa, en
junio fue traído de vuelta a la Clínica. Se quejaba de
malestares en todo el cuerpo, sentía quemaduras, los
dolores venían de la espalda pasando por la cabeza;
también sentía dolor en los huesos. A menudo sentía
también como si le presionaran el pecho desde la espalda.
A ello se agregaban quejas de que no tenía sensaciones,
que todo estaba como ensordecido y que las piernas y
tendones carecían de fuerza. En agosto, algo mejorado, fue
trasladado a la Clínica H., y siguió quejándose de que
sentía desgarramientos en todo el cuerpo. El estado
hipocondríaco-depresivo se mantuvo también durante 1940;
Marsch se quejaba de que apenas podía soportar los
dolores. Pero poco a poco fue mejorando, se quejaba menos
y por último recuperó el equilibrio. En octubre de 1940
fue dado de alta, curado.
En el caso 23
los fenómenos de extrañamiento aparecen junto a las
pseudosensaciones de manera particularmente impresionante;
se extienden hasta el ámbito de las sensaciones físicas,
los órganos de los sentidos y la capacidad de imaginación.
En esta enferma se podía tener la sensación de que la
aparición de fenómenos de extrañamiento señalaba el grado
más alto de la enfermedad. En el caso de la paciente 24,
éstos fenómenos parecían existir antes que las
pseudosensaciones; de todos modos esta paciente se quejaba
también de ellos con una depresión leve. Es impresionante
también aquí la carga de parte del padre. En él las
pseudosensaciones están en primer plano, mientras que los
extrañamientos sólo se insinúan. Esto corresponde también
con mi observación de que son mucho más raros en el
hombre. Conozco todavía una segunda familia, que no
pertenece a la serie de investigaciones elaboradas aquí,
donde una mujer sufría de una depresión hipocondríaca con
fenómenos de extrañamiento muy impresionantes, mientras
que su hijo sufría una depresión hipocondríaca sin
fenómenos de extrañamiento. En este caso es de notar
todavía que el hijo tenía en su depresión rasgos
anancásticos; pues en los estados psicopáticos de
extrañamiento el fenómeno es favorecido por una
autoobservación exagerada que crece sobre el suelo de una
constitución compulsiva. Al parecer, éste no es el caso en
la depresión hipocondríaca. Uno de mis colaboradores
(Richter, 1968) pudo comprobar que los extrañamientos
hipocondríacos eran favorecidos por una excitación
afectiva y una introversión del pensamiento.
En algunos
casos se presentan junto a las ideas hipocondríacas y de
extrañamiento otros contenidos en forma fugaz. Una
paciente expresó repetidas veces autorreproches; sin
embargo, su contenido consistía en la afirmación de la
enferma de que ella misma era culpable de sus
sufrimientos, pues tendría que haberse hecho tratar de
otra manera. Aquí se puede hablar más bien de una idea de
explicación del malestar hipocondríaco. En otra paciente
se informa acerca de voces y relaciones personales
(Eigenbeziehungen), pero también aquí se reconoce la
depresión hipocondríaca como punto de partida, pues las
voces de la enferma decían que iba a perder todos sus
órganos, pero a pesar de eso seguiría viviendo. Por otro
lado, las relaciones personales consistían en que la
enferma creía que los otros pacientes la evitaban en razón
de su aspecto terrible. En consecuencia, tanto las voces
como las relaciones personales tienen los malestares
físicos como contenido y a decir verdad en parte
extrañamientos, en parte pseudosensaciones. Cuando las
experiencias hipocondríacas se visten con voces, se trata
de algo que depende de la disposición individual, tal como
lo encontramos en la depresión agitada y en la melancolía
pura. La forma característica de la depresión
hipocondríaca no es perjudicada por estas
particularidades, que por otra parte son raras. El cuadro
inequívoco se da también en el caso siguiente, que se
destaca por un curso crónico:
Caso 25.
Francisca Still, nacida en 1878, enfermó en 1928, cuando
estaba en el climaterio; estaba melancólica, se quejaba de
dolores de cabeza y estómago. Mejoró después de una breve
internación en la Clínica K. En 1937 fue internada en la
Clínica de Frankfurt, pero al parecer hacía ya mucho
tiempo que estaba enferma. Se quejaba y exteriorizaba
numerosos malestares hipocondríacos. Trece días después
fue dada de alta. El año siguiente estuvo internada en una
institución asistencial. En 1939 volvió a la Clínica,
después de un intento de suicidio. Estaba depresiva, con
frecuencia más insatisfecha y se quejaba constantemente.
Decía que tenía dolores en todo el cuerpo, que no podía
estar sentada y tampoco acostada, que tenía los brazos
hinchados, la espalda ensanchada, que sentía picazón en
los genitales, que el dolor le venía de la coronilla, que
era como si la pincharan con agujas. Fue dada de alta
cuatro meses después, volvió dos meses más tarde y se
quejó de que no podía soportar los dolores en los hombros,
brazos, piernas. Luego estuvo durante algún tiempo en una
asilo de ancianos, pero tampoco allí pudo mantenerse. En
1942 volvió a la Clínica y se quejaba ahora de que tenía
terribles dolores en la espalda, de que le dolía la cabeza
entera, que sentía como una llovizna en las piernas, como
si adentro tuviera hielo, mientras que en los brazos un
ardor como si tuviera fuego, que le temblaba todo el
cuerpo, tironeos en el esófago. Decía que el estómago y
los intestinos habían dejado de funcionar, que los
alimentos permanecían durante días en el estómago. Estaba
muy llorosa y quejumbrosa. Siete semanas después fue
trasladada a la Clínica E. y allí siguió quejándose; en
parte estaba claramente depresiva, en parte más criticona.
Un tratamiento antiespasmódico no cambió nada en su
estado. Un año después de su internación pareció
tranquilizarse más, las quejas hipocondríacas
desaparecieron, aunque no del todo, y también después del
alta, dos años y medio más tarde, estaban presentes.
Otra paciente
hacía ya cinco años que estaba enferma cuando fue
internada en la Clínica de Frankfurt y cuando fue
externada seguía manifestando el cuadro típico de una
depresión hipocondríaca. En ambos casos la depresión duró
largos años y es posible que no haya desaparecido nunca.
En el caso de la segunda enferma, el diagnóstico decía
“psicopatía hipocondríaca”, sin duda incorrectamente, pues
hasta los 28 años la enferma no manifestó nada
hipocondríaco. Sólo entonces se produjo el cambio. Al
parecer, esos casos que se diagnostican como psicopatías
hipocondríacas, pero en realidad son depresiones
hipocondríacas crónicas, no son raros. Cuando hace años
que existe la hipocondría, resulta difícil establecer si
existió desde siempre, o sea es de naturaleza
constitutiva, o si se presentó en algún punto del tiempo
de manera inesperada. Vi en mi consulta una enferma que
ofrecía una depresión hipocondríaca con todos los
síntomas, con una depresión moderada y muchas
pseudosensaciones corporales. Tenía 53 años y hacía 20 que
tenía la depresión. Antes en cambio, o sea hasta los 33
años, era una personalidad vivaz y fresca sin ninguna
inclinación hipocondríaca. Ya en la depresión agitada nos
encontramos con cursos crónicos; en la depresión
hipocondríaca parecen ser más frecuentes aun. El
diagnóstico no cambia por ello, ya que la enfermedad en el
transcurso de los años no modifica de ninguna manera su
carácter: los fenómenos son progresivamente un poco más
moderados. Nunca se observa un progreso; la personalidad
se mantiene por completo. Sin embargo, a pesar del curso
crónico no es posible confundirla con una esquizofrenia
hipocondríaca, porque por un lado siempre se puede
reconocer la depresión detrás de todas las quejas y porque
por otro las pseudosensaciones nunca se entienden como
influencia externa. En cambio en las neurosis
hipocondríacas falta la depresión. Hay que estar muy
atento a esto, a fin de no confundir una “neurosis
senso-hipocondríaca”, con una depresión hipocondríaca.
La carga con
psicosis es en la depresión hipocondríaca, como veremos
más adelante, particularmente pequeña. En ninguna de mis
enfermas hipocondríacas se encontró elementos para una
psicosis genotípica bipolar, tampoco en base al
temperamento. No se encontró un elemento maníaco ni en las
pacientes ni en sus familiares. Mi colaboradora E. Schulze
(1968) pudo comprobar en 12 de 15 casos de depresión
hipocondríaca una disposición prepsicótica a
pseudosensaciones corporales.
Resumen
La depresión
hipocondríaca se destaca por pseudosensaciones corporales,
que por su descripción son de una naturaleza muy
particular. Con frecuencia se agregan temores por la salud
corporal, pero no son esenciales para el diagnóstico, sino
sólo las pseudosensaciones. La mayoría de las veces en
forma de alusiones y no raramente en forma considerable
están ligadas a experiencias de extrañamiento que afectan
las sensaciones corporales, las percepciones de los
sentidos y la imaginación. El extrañamiento por falta de
sentimientos, como lo encontraremos en la depresión fría,
no aparece en la depresión hipocondríaca. También faltan o
cuanto más sólo son aludidos los contenidos depresivos.
Por lo general, los enfermos se quejan sobre su malestar
corporal, pero sin mostrar verdadera excitación. El estado
puede ser realmente doloroso, aunque la personalidad es
afectada menos profundamente que en la melancolía o en la
depresión agitada. Por lo tanto, la inclinación al
suicidio es poca. No raras veces se llega a un curso
crónico; en ocasiones al parecer el estado
depresivo-hipocondríaco no desaparece más, sin que se
produzca una modificación esencial en el cuadro. En cuanto
a la constitución física, los depresivos hipocondríacos
son preferentemente pícnicos; sin embargo, no he podido
realizar comprobaciones más exactas.
Nota:
El
material que presentamos se corresponde a una traducción
realizada por el Prof. Cristóbal Piechocki con revisión
técnica de Hugo Marietán del libro de Leonhard
Aufteilung der endogen Psychosen und ihre defferenzierte
Ätiologie, 7º edición, 1995, Stuttgar, Nueva York,
1995 y publicados en la revista Alcmeon, números 16, 17,
18 y 19 (www.alcmeon.com.ar).
Existe una traducción de los doctores Outes, Tabaso y
Florían: Clasificación de las psicosis endógenas y su
etiología diferenciada, Editorial Polemos, Buenos
Aries, 1999.